Mikel Buesa-La Razón
- Este inició su mandato con unas finanzas públicas muy saneadas que le dejó en herencia Aznar
A Zapatero no le queda ni el «legado incuestionable» que proclaman sus partidarios. Pues si hay algo que objetar en el personaje no es sólo su imputación, sino precisamente su herencia política. Para muestra, aludiré a dos asuntos: el de ETA y el de la economía. En cuanto al primero, señalemos que, cuando asumió la presidencia tras el 11-M, la organización terrorista estaba en las últimas. Desde 2003 apenas pudo cometer atentados –de hecho, llevaba seis meses sin actuar– porque había sido desmantelada tras las 725 detenciones que había encajado desde el año 2000. La vida activa de sus comandos había descendido a siete meses y seis de cada diez de ellos habían caído bajo las redes policiales antes de poder realizar ninguna acción. Batasuna, ilegalizada, había perdido el control de cincuenta ayuntamientos, con sus 200 millones de presupuesto y un millar de empleos. Todo eso se desvaneció cuando Zapatero emprendió una negociación con ETA que, no sólo alargó su periplo por seis años más, sino que derivó finalmente en su reconocimiento político –plasmado, más adelante, en la legalización de Sortu– a cambio del cese de las armas.
Lo de la economía es alucinante, pues mostró la completa ausencia de ideas en el personaje. Este inició su mandato con unas finanzas públicas muy saneadas que le dejó en herencia Aznar. Hasta el punto que, cuando se hizo la cuenta que mostraba un saldo positivo entre ingresos y gastos, dijo aquello de que «el superávit también es socialista». Él, que en su ignorancia creía que «el único sector real es el dinero», se convirtió de repente a la economía de agua dulce –la de la derecha que elogia los mercados–; pero cuando en 2008 vio asomar la desaceleración, se cambió al bando de la economía de agua salada –la de los variados izquierdistas de raíz keynesiana– y se lanzó, tras haberse cargado la Ley de Estabilidad Presupuestaria, a un frenesí de gasto, principalmente destinado a recolectar votos, que acabó en un déficit monumental. Entonces, la crisis financiera le derrumbó y, asomándose a la quiebra, volvió al agua dulce con un enorme recorte del gasto e hizo mutis por el foro. Hicieron falta cinco años para superar aquel desastre.