Jineth Bedoya Lima
Subdirectora de ‘El Tiempo’. Primer premio de periodismo Santi Oleaga
- Dos lugares distantes pero la misma impotencia. Y el mismo deseo de que algo en nuestros países, y en este mundo, cambie
Todo es hermoso en San Sebastián. El mar Cantábrico se funde con el cielo, en la playa de La Concha, y los puentes que atraviesan el río Urumea parecen conectar dos mundos de fantasía. La catedral de Santa María huele a historia, y las callejuelas esconden pequeñísimas librerías que invitan a elevarse con textos venidos de lejos. Ni hablar de una de las mejores gastronomías del mundo: la cocina vasca es incomparable y tentadora a más no poder. Imposible resistirse a esta y al patio central del Museo de San Telmo, antiguo claustro convento que hoy aloja una exposición invaluable de Francisco de Goya. Lo más cercano a la fotografía sin cámara, que en 80 estampas plasma Los desastres de la guerra. Él la vio.
Un relato enamorado de una visitante ocasional, llegada del otro lado del Atlántico. Tal vez sea la misma mirada de los turistas y los jóvenes que se ve transitar por allí. Solo que pasamos algo por alto: hace solo 25 años el mismo lugar, el mismo paisaje estaba atado al terror.
El que la mañana del 24 de mayo de 2001 segó la vida de Santiago Oleaga, el director financiero de ‘El Diario Vasco’. Los terroristas de ETA lo acribillaron. A él y a decenas más, con sus armas y explosivos.
El perdón y el dolor son dos estados íntimos, personales y están latentes en cada ser humano, no son negociables
ETA nació como un movimiento estudiantil que le hacía resistencia, en 1959, a la dictadura militar del general Francisco Franco. Poco duró la oposición de la palabra y los argumentos. Los centenares de víctimas, tres décadas después, siguen con el dolor a flor de piel, igual que en Colombia y en todos los lugares del mundo donde la violencia se ha enquistado.
Es por eso por lo que los aniversarios deben convocar más allá de la conmemoración. Reflexionar acerca del pasado no es un sentimentalismo nostálgico sobre la agresión, la impunidad y el dolor. Es la obligación civil de no permitir recorrer los mismo caminos de irracionalidad.
Verme reflejada en las lágrimas de Amaia Guridi, la viuda de Santi Oleaga, me llevó al mismo abrazo y al mismo sentir con otras decenas de mujeres a las que les arrebataron trozos de vida por el asesinato de sus hijos, la desaparición de sus esposos y hermanos o la tortura de sus madres. Seres humanos desarraigados física y emocionalmente por la guerra y el terrorismo.
Por eso son inconcebibles los discursos ajenos al pasado, que borran de tajo la raíz de lo que somos y de donde venimos. No conocer nuestro ayer o no querer recordarlo es negarnos la posibilidad de tener un presente distinto. Y no se circunscribe simplemente a negarse a ‘pasar la página’. Es más que eso.
Son inconcebibles los discursos ajenos al pasado, que borran la raíz de lo que somos y de donde venimos
Rechazar tomar de la mano al pasado es permitir que quienes fueron victimarios pasen a la historia como víctimas. O que quienes alimentaron el odio se transformen en adalides de la justicia y los derechos de la sociedad.
El perdón y el dolor son dos estados íntimos, personales y están latentes en cada ser humano, por eso mismo no son negociables. Pero la memoria sí es un derecho y una obligación colectiva. El periodismo y los periodistas no se pueden sustraer a eso.
Recabar en la memoria es hacerle frente al olvido, un ejercicio necesario cuando el bucle de la violencia no deja espacio para concienciar. Narrar una y otra vez quizá logre romper ese patrón interminable.
Recordar el asesinato de Santi Oleaga debe servir para no recorrer los mismos caminos de irracionalidad
Así, también es la única forma de no olvidar el sacrificio de quienes ya no están. Han pasado 25 años desde ese 24 de mayo de 2001, cuando la redacción de ‘El Diario Vasco’ quedó quebrada, al igual que el alma de Amaia. Han pasado 25 años desde los secuestros masivos en Colombia, perpetrados por el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las víctimas en su mayoría no regresaron a casa. Hoy, un cuarto de siglo después, la misma organización criminal vuelve a tener decenas de secuestrados en sus manos. La importancia de no olvidar.
Dos lugares del planeta distantes, en Sudamérica y en la península Ibérica, pero la misma impotencia. Y también el mismo deseo de que algo en nuestros países, y en este mundo, cambie.