Rosa Martínez-Vozpópuli

  • La corrupción preocupa, siempre que combatirla no acabe beneficiando a la derecha

La izquierda española ha descubierto una solución revolucionaria para cuando todo se le llena de corrupción, hipotecas políticas, imputaciones y sospechas: fundar otra izquierda. Es una tradición muy nuestra. Cuando el invento anterior empieza a enseñar las costuras, se le cambia el nombre, se convoca un acto con muchas sillas, se habla de esperanza, ciudadanía, democracia, antifascismo… y a otra cosa. Aquí nadie fracasa, se transita hacia una nueva etapa.

IU, Comuns, Más Madrid y Movimiento Sumar andan ahora presentando un nuevo frente de izquierdas para las generales de 2027. Todavía no tienen líder, marca ni programa definitivo, pero eso casi es lo de menos. En la izquierda actual el programa suele llegar después del lema, de la foto de familia y de la rueda de prensa en la que todos dicen que han escuchado a la calle. Una calle que, por lo visto, tiene paciencia infinita.

Que parezcan gestos de dolor

El momento elegido tiene su gracia. El PSOE está cercado por investigaciones, registros, imputaciones y explicaciones cada vez más elásticas. La legislatura parece un mueble viejo que nadie se atreve a tirar porque sostiene el florero. Los socios hacen mohínes, suspiran en los pasillos del Congreso y luego siguen sujetando la mesa para que no se caiga el Gobierno. Eso sí, con gesto muy grave. Que parezca que duele.

La izquierda alternativa quiere ahora presentarse como salida al PSOE, como si no llevara años viviendo en su cocina y comiendo caliente gracias a sus pactos. Cobrar del Gobierno o sostenerlo parlamentariamente mientras se le regaña desde una superioridad moral que ya empieza a parecer una postura de yoga nivel experto.

Ione Belarra ha dado por agotada la legislatura. Bien. La legislatura está agotada, el Gobierno está agotado, el país está agotado y hasta Javier Ruiz pareció quedarse congelado cuando escuchó en directo a la secretaria general de Podemos abrir la puerta a apoyar una moción de censura contra Sánchez. Una moción de censura, que ya no es poner cara grave en un plató ni anunciar que se van a exigir responsabilidades con mucho compromiso democrático y pocas consecuencias prácticas. Es apretar el botón constitucional que puede tumbar al mismo Gobierno que Podemos ha sostenido durante años.

Claro que una cosa es decirlo en un plató, con Javier Ruiz intentando mantener la expresión dentro de los márgenes de seguridad, y otra muy distinta es llegar al Congreso y apretar el botón de verdad. Porque ahí es donde la izquierda española empieza siempre a sudar. La corrupción preocupa, siempre que combatirla no acabe beneficiando a la derecha. El incendio está fatal, pero la manguera la trae uno que me cae mal.

Rufián, presentador de masterchef plurinacional

Luego está Gabriel Rufián, convertido ya en ingeniero de líneas rojas extensibles. Primero la línea roja parece clara. Después se desplaza. Luego se matiza. Más tarde se somete a contexto y acaba convertida en una goma elástica. Ahora resulta que, para pedir elecciones por una posible financiación irregular del PSOE, haría falta una sentencia firme. Una sentencia firme en España. Con instrucción, recursos, Audiencia, Supremo, posibles nulidades y toda esa coreografía judicial que puede durar más que algunas civilizaciones antiguas. Para cuando llegue, si llega, igual Sánchez está escribiendo sus memorias en una mecedora y Rufián presentando un concurso de cocina plurinacional.

La jugada es brillante. Uno se indigna hoy, queda estupendamente ante los suyos, pronuncia palabras muy serias como “anomalía terrible” y después coloca la exigencia política en un horizonte tan lejano que ni el telescopio James Webb. Exigir una condena firme para retirar el apoyo político no es una muestra de prudencia democrática. Es una forma elegante de seguir sosteniendo al PSOE mientras se finge estar marcando límites.

Lo más divertido de este nuevo frente de izquierdas es que pretende venderse como renovación cuando buena parte del paisaje ya lo conocemos. Las mismas palabras, los mismos gestos, la misma apelación al miedo a la derecha y la misma operación de siempre: si el PSOE se hunde demasiado, habrá que ofrecer al votante progresista una barquita auxiliar para que no se ahogue o, peor aún, para que no piense por su cuenta.

Un espacio fresco que hiede

Por eso cada refundación viene envuelta en épica. Nunca dicen: “Vamos a intentar salvar los muebles porque el PSOE huele a juzgado y Sumar no levanta cabeza”. Dicen que hay que construir un espacio amplio, fresco, transformador y democrático. Fresco, sobre todo. Tan fresco que todavía conserva en la etiqueta el precio de la anterior coalición.

Mientras tanto, el ciudadano asiste al espectáculo de los mismos de siempre anunciando una nueva política cada cuatro años. Podemos iba a acabar con la casta. Sumar iba a coser la izquierda. Ahora llega otro frente para reagrupar lo que ellos mismos han ido rompiendo. Quizá el problema de la izquierda española no sea que le falten siglas, frentes, plataformas, confluencias, movimientos y actos. Quizá el problema es que lleva demasiado tiempo confundiendo la regeneración con cambiar el cartel de la puerta. Y claro, uno puede cambiarse de chaqueta todas las veces que quiera, pero si debajo sigue llevando la misma camisa sin lavar, el olor no solo sale igual: cada vez canta más.