Juan Luis Rodríguez-Vigil Rubio-LA NUEVA ESPAÑA
31 MAY 2026 4:00
Juan Luis Rodríguez-Vigil Rubio fue presidente del Principado de Asturias
- La grave situación actual aboca al PSOE a dejar de ser una alternativa válida de futuro
Tratando de ganar el relato, politólogos y comunicadores nos obsequian diariamente por tierra, mar y aire con un algarabía de ruido, frases y palabras vanas; en realidad con mera palabrería, con consignas y argumentarios que corresponden a cada delito descubierto, acontecimiento político, catástrofe u ocurrencia institucional. A pesar de todo eso, es fácil percibir un sentimiento generalizado de desasosiego, acompañado frecuentemente por la desesperanza más profunda, en los ambientes de la izquierda socialdemócrata, ya sean respetables responsables municipales y autonómicos, votantes del PSOE o, en fin, gentes honradas, socialistas de buena fe, con o sin carné.
Muchos consideran que ahora, ante las inmoralidades y tropelías conocidas e intuidas de Koldo, Ábalos, Cerdán y cía. y, tambien, de las presuntas de Zapatero, asi como las de la Leire y sus amigos, tienen que justificarse ante las gentes como si fueran ellos los presuntos delincuentes, con el agravante de que, en muchos casos, son conscientes de que, por fas o por nefas, con su incondicional apoyo han contribuido a la desnaturalización del viejo partido socialista, el cual, con sus sombras, que son muchas, pero tambien con sus luces, que también son bastantes, tanto ha aportado a la ordenación democrática de España, sobre todo desde el fin del franquismo.
Visto lo que hemos visto y, aún peor, lo que estamos viendo ahora, y lo que todo indica que veremos en los próximos meses, la realidad es que resulta casi milagroso el resultado del PSOE en las elecciones andaluzas, o en las extremeñas. Que un partido que esta está como está, que ha hecho lo que ha hecho (y el balance es cuanto menos complicado), mantenga más o menos el 25 % de los votos de los ciudadanos que han concurrido en cada consulta, debería llevar a las personas que se consideran socialdemócratas a reflexionar sobre qué le puede pasar de verdad al PSOE el día después de este periplo, que sin duda llegará, por mucho que se trate de retrasarlo, porque 2027 está a la vuelta de la esquina.
La actual dirección se ha buscado unos socios inverosímiles: la derecha nacionalista de la periferia, o la izquierda reaccionaria que blasona de leyes viejas, derechos históricos, lenguas propias e impuestas contra viento y marea y singularidades imaginarias e insolidarias a la orden de lo que dispongan las élites de las comunidades más ricas. Son precisamente ellos los que están más satisfechos con los relatos y las posiciones de poder que han arrancado en estas legislaturas; algo que, por cierto, no siempre tiene que ver con mejoras para la vida de la gente pues, en buena medida, esa satisfacción se ha conseguido a costa del resto de los españoles, y la lista de desigualdades consolidadas, por limitarnos a un tema, sería larga de enumerar.
Probablemente, si las tornas se tuercen a partir de 2027, otra cosa será lo que puedan llegar a pensar y a sentir en el PSOE. Es lógico que muchos piensen que si bien los nacionalistas y sobre todo los de Bildu, han ganado en la operación, a lo peor no sería esa la suerte del PSOE.
Un 25% de los votos no permite gobernar, pero siempre seria relevante para la estabilidad y la gobernanza del país y, desde luego, otorgaría suficiente influencia para exigir la preservación de servicios públicos y derechos esenciales para la ciudadanía si se mantiene a partir de 2027, cuando todo indica que puede producirse lo que ya parece evidente, un cambio del ciclo político y, adicionalmente, permitiría la renovación y la reconstrucción del viejo PSOE en un marco libre ya de adherencias ideológicas del nacionalismo radical y del confuso, sedicente, comunismo residual.
Por eso la pregunta clave no puede ser otra que esta: ¿Se repetirá en España el proceso del PSI, o se mantendrá el PSOE como alternativa válida y autónoma? ¿Podría el PSOE mantener su suelo del al menos el 25 % para posteriormente poder crecer mediante una política de acercamiento serio a los ciudadanos y de defensa de los intereses objetivos de la mayoría de los españoles, o caería más bajo y hasta dónde? Esa es la cuestión.
Al margen de la palabrería politológica de los comunicadores de Corte, o aun de la de quienes por puro fanatismo propio de hooligans niegan lo evidente y se escudan en el riesgo de la extrema derecha para justificar todas las tropelías, la reflexión sobre el futuro es tanto más necesaria. El final cantado en 2027 llegará necesariamente en medio de un tenebroso horizonte judicial, cuando se encuentre en su máximo apogeo la erupción del pus que está asomando estos días en los medios y en los juzgados de instrucción, y cuando, con ello, estarán complemente gastados e inservibles los falsos ídolos del tipo del hombre de la ceja que nutrieron los espíritus primarios de esperanzas, dejando unicamente desengaños como sombras siniestras y sin horizonte.
En ese marco, hablar con rigor del día después para el PSOE seguramente no es plato de gusto para fans ni para fanáticos, tampoco para quienes aún sustentan la línea política diseñada a partir del absurdo concepto «somos más «. Pero a gusto, o con dolor, es algo que hay que plantearse, porque son muchas las cosas importantes que hay hacer en España y que el PSOE podría hacer o, al menos, ayudar a conseguir.
Muy poca gente dentro del PSOE se ha planteado la esencial pregunta: a partir de 2027 ¿ cuál es el plan? Y mucho menos ¿ cómo y con quién se va a implementar ese plan? Salvo notables excepciones, apenas existen hoy pensadores de entidad dentro del PSOE que puedan dar respuesta rigurosa a esa incógnita. Al menos no se conocen.
Personalmente, lo único que he visto que se intenta esbozar cara a ese futuro supuestamente progresista son tópicos gastados al modo de la búsqueda de la III República, que a ver cómo se concreta, o de la manida y tan traída y llevada plurinacionalidad, paradigma de la desigualdad y de las pretensiones de saqueo confederal de los nacionalismos vasco y catalán o producto de las extravagancias del sedicente comunismo mas o menos cubanoide, el cual, vistos sus estupendos resultados, ahora sustituye el paradigma de la dictadura del proletariado por el de las identidades nacionales y sus consecuentes líneas folclóricas. Lo demás es pura palabrería seudo progresista.
Afortunadamente la excepción intelectual existe. Pienso en Manuel Cruz Rodríguez, antiguo Presidente del Senado, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona, y creo que aun senador. Dos recientes y excelentes artículos del profesor Cruz, publicados en El País, titulados respectivamente «Pensar el día después» y «Otra política, por favor» , tratan con inteligencia y agudeza este crucial asunto.
Parte Cruz de la idea de que ha sido un grave error político considerar que cualquier iniciativa resulta aceptable si sirve para responder al amenazador populismo autoritario de derechas que parece avecinarse, pues –advierte – algo que puede parecer provechoso electoralmente no significa que sea bueno políticamente, tanto más cuanto que es posible que hayan sido justamente algunas de dichas iniciativas las que han contribuido a potenciar tal amenaza, como lo demuestra el hecho de que esta no ha cesado de aumentar de manera continuada en los últimos tiempos.
La clave de la gobernación imposible que se demuestra hoy tanto por la inanidad legislativa de las actuales Cortes, como por la terrible confrontación partidaria que sufre la ciudadanía sin ventaja para nadie, se encuentra en la famosa y quimérica proclama «¡Somos más!», dicha con la única misión de impedir algo que es esencial a la democracia: la alternancia en el poder.
La realidad es que entonces no éramos más, sino menos. Solo fuimos más en los años 80 del pasado siglo cuando la dirección socialista encabezada por Felipe González logró conectar estrechamente con el interés de la inmensa mayoría de los españoles mediante una politica autónoma y rigurosa que permitió realizar las profundas transformaciones sociales y de las administraciones públicas de las que aún vive la sociedad española. Pero en los últimos años, por lo que sea, no fuimos nunca los más.
Y siendo los menos, era imposible compatibilizar los valores de la socialdemocracia europea: el progreso, la modernidad, la tradición ilustrada y la redistribución en aras de conformar una sociedad de libres e iguales con lo que claramente representa el Antiguo Régimen: el carlismo, el foralismo, el privilegio del origen y las singularidades territoriales que representan y trompetean las formaciones soberanistas o cuasi soberanistas. Y tambien era imposible apelar al pluralismo ideológico, a la tolerancia, al respeto hacia las ideas con las políticas que abanderan algunas de formaciones políticas asociadas bajo el grito de somos más que han tratado, a veces sangrientamente, de liquidar las bases mismas de la democracia y el orden constitucional español , y que siguen teniendo ese objetivo político, mientras, al tiempo, no hay ni pan ni sal para lo que sin distinción posible denominan «la derecha» y la «extrema derecha». Siempre que sea española, claro, y no digamos españolista. La catalana, en cambio les vale.
Nunca ha sido del todo cierto el dicho de que «en tiempos de tribulación conviene no hacer mudanza». Depende de cómo sea la tribulación. La verdad es que cuando es muy grande y tiene difícil remedio, o haces tú la mudanza o te la hacen a la fuerza, lo que siempre suele ser peor.
Lo cierto es que para afrontar el 2027 haría falta ya una nueva política socialista que busque consensos básicos, que solo pueden establecerse con la fuerza política que puede llegar a gobernar, y que habiliten la reformas que este país necesita con urgencia, permitiéndole salir de la situación paralizante de tener que elegir entre Vox o una gobernación imposible apoyándose en socios que únicamente entienden la lógica de la confrontación, con la que solo se garantiza crispación, inestabilidad y esterilidad. Con esa nueva política se podría salir del agujero en el que han metido al PSOE Abalos, Zapatero, Leire y demás amigos, junto con las erráticas políticas divisionistas de sus actuales socios.
Pero para ello habría que convocar un congreso extraordinario ad hoc, previo a cualquier convocatoria electoral del que debería salir un nuevo programa adaptado ya a una política socialista autónoma y ceñida claramente a la resolución de los verdaderos problemas de la mayoría de los españoles y no de minorías aisladas y, sobre todo , una nueva dirección con experiencia previa adecuadamente contrastada de buen gobierno municipal o autonómico, y quizá ( no sería malo) encabezada por una mujer.
En todo caso, lo importante es que se ofrezca una nueva y renovada imagen del PSOE a todos aquellos socialdemócratas, o simpatizantes de la socialdemocracia, que hoy están sumidos en la estupefacción, el dolor y la desesperanza.
Lo que esta sucediendo es algo muy triste, una situación que me recuerda un lejano verso de Arquíloco de Paros , que hace tiempo leí en una traducción de Juan Ferraté:
Hierve ya el mar
con oleaje
profundo; y en la sierra una nube
se ha parado.
Señal de tempestad;
Amaga el pánico por todas partes