- El Partido Popular no puede seguir viviendo de los desechos ideológicos de la izquierda. Tiene que entender que vivimos ya en un tiempo nuevo, que requiere de un proyecto nacional y de un nuevo programa político
Muy raramente analizo temas de política nacional desde esta columna, centrada habitualmente en la acción exterior española y la política internacional. La publicación ayer de la encuesta de Target Point, hábilmente comentada por Ana Martín, me anima a hacerlo, puesto que el caso español no es muy diferente a lo que podemos observar en otros estados occidentales, aunque no por ello resulta menos grave.
A nadie le puede sorprender que el PSOE, Podemos y Sumar pierdan votos después de años de pésima gestión, una corrupción galopante y unas maneras degradantes. Pero que los primeros retengan uno de cada cuatro votantes, después del grotesco espectáculo al que estamos condenados a asistir, es un dato relevante al que debemos prestar la atención que merece. Más aún cuando, como Ana Martín subraya con buen criterio, «… el más de medio millón de votantes que se deja el PSOE va fundamentalmente al limbo de los indecisos, que en el caso de los votantes socialistas asciende al 20,1 %, uno de cada cinco».
Uno puede estar tentado a pensar que la causa de tan extraño comportamiento es que la sociedad española está enferma, porque sólo así puede tolerar la lacra que padecemos. Siendo esto cierto, y tampoco aquí nos diferenciamos mucho del resto de las sociedades occidentales, conviene tener presente el esfuerzo que el conjunto de formaciones de izquierda viene haciendo para polarizar el debate público, alimentando la radicalización de posturas y la erección de muros que garanticen la compartimentación de los campos.
Nada nuevo bajo el Sol. Extra Ecclesiam nulla salus, fuera de la iglesia no hay salvación. La socialización de la política desde principios del siglo XX, resultado de la aparición de la «sociedad de masas» a la que Ortega dedicó tanta atención, dio paso a nuevas formas de acción política. Una de ellas es trasformar las ideologías en religiones sin dios, pero con los mismos efectos que los característicos de una iglesia. Si te sientes incómodo con la acción política de los tuyos te expones a chocar con tu entorno inmediato –familiares, amigos, compañeros de trabajo– y a tener que renunciar a tus hábitos cotidianos –lectura de un periódico, escucha de una emisora de radio, un ámbito determinado de autores…– y acabar en el ostracismo. Afrontarlo requiere valor y coherencia en el pensar, dos bienes escasos frente a la comodidad de pastar en el rebaño.
Con la que está cayendo, el PP apenas supera al PSOE en seis puntos porcentuales y su crecimiento es nulo. Mientras, asiste al ascenso de Vox, que se sitúa en torno al 19%, una cantidad que, de confirmarse en las urnas, resultaría tan significativa como determinante. En alguna ocasión he citado un comentario que escuché hace muchos años a uno de mis maestros en la universidad, en concreto al profesor Cacho Viú: «La derecha vive de los desechos intelectuales de la izquierda». En su momento la afirmación me sorprendió, al fin y al cabo don Vicente era un numerario del Opus Dei que, a pesar de sus esporádicas exaltaciones jacobinas, se movía en la ortodoxia liberal. Con el tiempo he entendido mejor aquella acertada sentencia. Tras dos guerras mundiales, en realidad dos guerras civiles proyectadas sobre el resto del planeta, las elites políticas europeas optaron por establecer un acuerdo básico que permitiera estabilizar el Viejo Continente y evitar una III Guerra Mundial. Siguiendo a León XIII la derecha abandonó el liberalismo y aceptó la intervención del Estado en dirección a lo que se dio en llamar «el Estado de bienestar». A cambio la izquierda renunció a la revolución. El resultado fue el consenso socialdemócrata. Ante la crisis del orden liberal, evidente desde la Gran Recesión de 2007-08, ese acuerdo se ha convertido en una pieza arqueológica. Las fuerzas políticas que no están siendo capaces de adaptarse al nuevo entorno van desapareciendo paulatinamente ¿Qué fue de los partidos conservadores y socialistas tradicionales en Francia o en Italia?
El Partido Popular no despega porque no ilusiona. Limitarse a proponer que va a combatir la corrupción, con su pasado, y que va a poner la casa en orden, cuando el principal problema no es el desorden, sino la quiebra del edificio, no es suficiente. O es capaz de dirigirse a la sociedad y proponer un proyecto nacional atractivo e ilusionante, a partir del reconocimiento de la crisis del sistema político de la Constitución de 1978 y de la unidad nacional, o tendrá que asumir que si no crece en expectativa de voto es por su culpa, por no estar a la altura de las circunstancias.
La historia española reciente ha tenido el efecto de vacunar a los sectores conservadores frente a las ideologías. El Partido Popular, con las excepciones que todos conocemos, es un buen ejemplo. Un partido sin un proyecto de país es un instrumento de usar y tirar, una empresa de corta duración. Un partido que no es capaz de adaptarse a un tiempo nuevo está condenado a desaparecer, como la democracia cristiana italiana, o a la irrelevancia, como los restos del gaullismo francés. Vox es muy criticable por muchas razones, pero envía un mensaje que llega con facilidad al votante de centro-derecha: el sistema está muerto y hay que construir una alternativa.
El Partido Popular no sólo tiene un problema de expectativa de voto, dadas las extremas circunstancias que padecemos. Muchos de sus votantes descuentan que no será capaz de hacer todo lo que debería si llega a formar gobierno. Hay una indisimulada resignación entre los afines. Una hipótesis que, por el contrario, no genera ninguna duda entre los que afirman que votarán a Vox. Muchos de los cuales reconocen que se decantarán por esta formación para forzar al Partido Popular a hacer lo que por iniciativa propia debería, pero que dan por sentado que no haría.
El Partido Popular no puede seguir viviendo de los desechos ideológicos de la izquierda. Tiene que entender que vivimos ya en un tiempo nuevo, que requiere de un proyecto nacional y de un nuevo programa político. La Revolución Tecnológica está provocando cambios muy importantes, que tensionarán el debate público y generarán desconcierto y ansiedad entre la ciudadanía. Los populares deben ejercer liderazgo en este tránsito o pasarán al desván de los trastos rotos, como buena parte de sus iguales europeos.