Manuel Cruz-El Correo

  • No siempre las palabras tienen los efectos prácticos que ellas mismas parecen anunciar

J. L. Austin fue un filósofo analítico seguidor de los planteamientos de Ludwig Wittgentein que, a pesar de su prematura muerte, tuvo tiempo de escribir algunos trabajos extremadamente influyentes, como los recogidos en su libro ‘Cómo hacer cosas con palabras’. En este en concreto desarrollaba la idea anunciada desde su mismo título a través de lo que se conoce como ‘teoría de los actos performativos’, que son aquellos en los que las palabras generan efectos prácticos (contribuyen a «hacer cosas»). A Javier Pradera le gustaba poner como ejemplo de este tipo de actos la orden «¡fuego!» que da el sargento al pelotón de soldados para que proceda a fusilar al condenado. Pero lo propio valdría para el acto de hacer testamento o para la fórmula del «sí, quiero» con la que se certifica un enlace matrimonial.

Probablemente uno de los mayores equívocos que se produce en la esfera de la política tenga que ver con el empeño de muchos profesionales de la misma en presentar sus palabras como actos performativos, o sea, como si constituyeran el anuncio de algún tipo de transformación en el mundo que por lo general nunca termina de llegar. Bajo este rubro podría incluirse la llamada política declarativa, que suele enmascarar su condición de falsamente performativa a base de revestirla con ropajes vistosos. Como cuando se afirma, pongamos por caso, que con determinadas declaraciones se pretende «abrir un debate», lo que equivale, no nos llamemos a engaño, a seguir hablando (a hacer más palabras con palabras, por seguir con Austin) pero sin la menor perspectiva de materialización.

A esta misma tipología parece pertenecer un recurso que en los últimos tiempos viene siendo utilizado mucho sobre todo por parte de quienes tienen responsabilidades de gobierno, que es precisamente la expresión «asumir la responsabilidad». La expresión parece tener, ciertamente, una rotunda apariencia performativa, en la medida en que parece anunciar algo práctico. Tanto es así que algunos incluso cargan la suerte y le añaden a la afirmación de que «asumen toda [sic] la responsabilidad» la especificación «en primera persona». ¿A qué efecto da lugar tan campanudo anuncio? A ninguno. Algunos asumen responsabilidades como otros cabalgan contradicciones, esto es, dando por descontado que, realizadas tales manifestaciones, se ha cumplido y ya no resta nada más que hacer.

Sin saberlo, tales políticos han contribuido a completar la propuesta de Austin con una categoría nueva, la de los performativos engañosos. Si nuestro autor tuviera que reescribir hoy su libro, probablemente le añadiría un capítulo que bien podría titularse «cómo aparentar que se hacen cosas con palabras». Sin descartar que pudiera optar por una formulación más contundente, estilo «cómo hacer trampas con palabras».