Mikel Buesa-La Razón

  • El principal problema de la PAU no está en la cúspide sino en la base: en los estudiantes que apenas superan la puntuación mínima para aprobar

Un año más la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) inquieta a más de 300.000 alumnos de bachillerato que pretenden ingresar en la universidad y a sus familias. Lo lograrán en más de un 95 por ciento de los casos, aunque sólo los mejores obtendrán la plaza a la que aspiran, pues hay bastantes grados en los que el nivel de exigencia es alto. En este sentido, puede aceptarse que la PAU selecciona bien a los aspirantes a esos estudios, aunque arrastra el inconveniente de que no tiene en cuenta su aspecto vocacional. Sin embargo, el principal problema de la PAU no está en la cúspide sino en la base: en los estudiantes que apenas superan la puntuación mínima para aprobar. Son algo más de la mitad los calificados con menos de siete de los catorce puntos que ofrece la prueba; y casi el veinte por ciento los que lo hacen con entre un cinco y un seis. Estos últimos, de acuerdo con los estudios de evaluación de la gestión universitaria, alimentan con una probabilidad muy alta el fracaso escolar en los centros docentes. Así, el abandono de los estudios en el primer año es del orden del 13 por ciento de los matriculados; y los que lo hacen antes de acabar el grado llegan al 32 por ciento. Ello señala un grave problema, pues los recursos empleados en esos alumnos se malogran sin que haya posibilidad de recuperarlos, pues generalmente el revés experimentado por ellos se asocia a una importante ausencia de conocimientos. En términos económicos, para el sector público, se puede estimar que las mencionadas tasas de abandono se traducen en unos 360 millones de euros anuales entre los frustrados en el primer año de carrera, y 2.200 millones entre los que lo dejan más adelante. Y sus familias habrán dilapidado 170 y 1.035 millones, respectivamente. Estas cantidades apenas suponen un poco más del tres por ciento del presupuesto universitario en el primer caso; pero en el segundo, se elevan hasta más del 19 por ciento. Es esta cifra la que hemos de considerar como el coste principal del bajo nivel selectivo de la PAU. Ello podría evitarse haciendo más rigurosa la prueba, aunque sea impopular.