- Solo hay que unir los puntos para saber cuál es el plan suicida y antidemocrático de un político siniestro y sin límites
Que Pedro Sánchez miente hasta cuando da la hora es tan evidente como que una parte de su clientela se lo admite con gusto: a la falta de escrúpulos de uno se le suma la disposición de los otros a admitirlo, en ambos casos motivados por la convicción, profundamente antidemocrática, de que todo vale con tal de frenar a su alternativa, incluso profanar el santuario electoral con apaños, atajos y trampas de aroma siciliano.
Nada cabe esperar, pues, de un tipo capaz de decir en el Congreso que la Presidencia se logra con votos, a pesar de cosechar derrota tras derrota, o de incluir en el discurso en defensa de su socio Zapatero la mentira ignominiosa de que él acabó con ETA, para humillación del Estado de derecho que la derrotó con el coste en vidas de cientos de sus servidores.
A este respecto, insisto, es sugerirle a todo el mundo que repase la entrevista de hace unos años a David Plá, último jefe de la banda terrorista y ahora dirigente del partido de Otegi, para salir de dudas: se disolvieron porque Rajoy no aceptó las prebendas que les había prometido Zapatero, pagando un precio por una desaparición que ya estaba asumida, y pensaron que era mejor dejarlo ya ante la evidencia de su exterminio gracias a la resistencia del Estado de derecho.
Es decir, Zapatero quería pagar por algo que era gratis y que además ofrecía una resurrección política digna a quien iba a terminar sus días con el oprobio y la persecución merecidas. Estos son los personajes que han gobernado en España desde 2004, con la excepción de los años de Rajoy, hasta nuestros días: inmorales sin principios ni ideología que han hecho de todo un negocio sucio, sin temor al precio que su país paga por ello.
Lo siguiente, si Sánchez sobrevive al carrusel judicial que de haber justicia poética, le acabará atropellando a él mismo por cómplice o beneficiario incluso de las andanzas de sus subordinados, mentores o familiares, solo puede ser juguetear con el cambio de régimen. Solo hay que unir los puntos para adivinar que su apuesta por la «república plurinacional» es la consecuencia inevitable de todo lo perpetrado hasta ahora, tanto para sobrevivir como para eternizarse. Ya lo va diciendo en varios platós el bueno de Iván Redondo, un buen perfume para intentar adecentar, en vano, tanto vertedero.
Porque es la única manera de conservar el respaldo de sus aliados, a quienes una vez amnistiados e indultados solo puede ofrecerles ya un sucedáneo de independencia; y porque para llevar hasta el final su máxima de que un «Gobierno bueno» padece la conspiración de un «Estado profundo», franquista y predemocrático, al que hay que sustituir por otro diverso y democrático de verdad que solo puede encarnar el recurso republicano, integrador además de las «distintas naciones» que en realidad conforman la idea actual, obsoleta, de esta España reaccionaria.
El golpe de efecto se agrava además por las necesidades judiciales del personaje, que intuye un final cruel de sus espurios mandatos: si para conservar el poder necesita alimentar a la fiera nacionalista y lo último que puede ya darle en su independencia sentimental y operativa; para salvarse a él, a sus socios y a su familia no le queda otra que enterrar la separación de poderes y refundar el Estado a su medida.
Y como quiera que la actual Constitución hace inviable esa pretensión, pues su reforma necesita de un apoyo que jamás tendrá en el Congreso y de un respaldo en referéndum nacional abocado al fracaso más abrumador, tendrá que seguir aplicando la misma fórmula ya conocida: triturar poco a poco las barreras morales y legales, desvencijar el Estado tacita a tacita, colonizar todas sus instituciones o saltárselas sin pudor alguno y, finalmente, ponerle nombre a una criatura que en realidad ya nació, pero estaba a falta de bautizar.
Ese es el peligro de Sánchez: solo puede sobrevivir si hace algo horrible y, con total seguridad, lo intentará. Le va el pellejo en ello. Y también al nacionalismo, que por eso le mantiene, con respiración asistida, aprovechando su extrema debilidad para chuparle hasta la última gota de sangre.