Alison Posey-El Correo
Doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria en Estados Unidos
- Reconocer que no le importa la situación económica de sus conciudadanos, agravada por su guerra contra Irán, provoca un inédito rechazo entre los votantes del rey de los deslices
Según un famoso refrán estadounidense, ‘Loose lips sink ships’. Es decir, hablar de más puede salir caro -literalmente, puede hundir barcos-. El dicho se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando el Gobierno de Estados Unidos lo estampaba en los carteles de propaganda que decoraban todo el país. Su objetivo, oficialmente, era evitar que sus soldados hablaran sin cuidado y dejaran escapar algún secreto militar importante. El hecho de que el refrán siga siendo popular hoy en día subraya que la indiscreción al hablar puede tener consecuencias graves, y no solo para los barcos.
Hace unas semanas, los conservadores estadounidenses volvieron a aprender esa lección. El 12 de mayo, un periodista preguntó al presidente republicano, Donald Trump, si le preocupaba la situación económica de los estadounidenses lo suficiente como para impulsarlo a sellar un trato con Irán más rápidamente. Como es habitual en él, el presidente se expresó sin pelos en la lengua: «Ni la más mínima preocupación. No pienso en la situación económica de los americanos». Insistió en que lo único que le importaba era que Irán no tuviera acceso a las armas nucleares. Bueno, esa declaración nos lleva a otro refrán náutico: ‘That ship has sailed’. Ese tren -o barco- ya pasó, señor presidente. Si bien no existe ninguna prueba oficial de que el Gobierno iraní disponga actualmente de armas nucleares, ¿qué mejor justificación tendría Teherán para hacerse con una que una guerra?
Más allá de sus consecuencias severas para el pueblo iraní, la revelación del propio presidente ha caído como una bomba entre los americanos. Dejar claro a tus votantes lo poco que te importa su situación económica -una situación aún más precaria por la guerra no deseada que tú mismo empezaste-, bueno, cuesta pensar en deslices más graves. Los sondeos coincidieron en que esta última indiscreción del mandamás no fue una más. De hecho, una encuesta del periódico ‘Politico’ reveló que, a finales de mayo pasado, una mayoría de votantes -tanto de derechas como de izquierdas- se quejaba de que el presidente no los hubiera protegido de las consecuencias económicas de su guerra con Irán. También les resultó poco convincente el chivo expiatorio preferido de Trump, el expresidente Joe Biden: casi la mitad de los encuestados culpó al presidente actual de su precariedad.
¿Por qué se ha visto tanto rechazo a Trump, cuando en el pasado sus seguidores estaban dispuestos a aceptar e incluso defender rabiosamente las chorradas que salían de su boca? A fin de cuentas, es un presidente famoso por sus deslices verbales, aunque él no los llamaría así. ¿Quién puede olvidar el momento de 2018 en que describió varios países africanos como «países de mierda»? ¿Quién no recuerda otro episodio más reciente, en 2024, cuando el presidente sostuvo, en un debate con la candidata liberal Kamala Harris, que los inmigrantes haitianos que llegaban a Estados Unidos «se estaban comiendo las mascotas, los perros y los gatos»?
En otro momento quizá podría escabullirse, pero el país se prepara para las elecciones de noviembre en medio de subidas en alimentos y combustible
A esta lista de declaraciones racistas hay que añadir muchas otras. En una proclamación de 2016, el presidente aseguró que podría matar a alguien en pleno Nueva York y no perder el apoyo de sus seguidores. En otra conversación vergonzosa, filtrada a la prensa ese mismo año, alardeó de su capacidad para agredir sexualmente a las mujeres. El 6 de enero de 2021, sus acusaciones infundadas de fraude electoral alentaron el asalto al Capitolio. A estas se suman las muchas ocasiones en que insulta a países, a políticos y a quienes considera perdedores, como los deportistas olímpicos. En febrero de 2026, Trump tildó de pringado al joven esquiador olímpico Hunter Hess. Su crimen no fue haberse quedado sin la medalla de oro, sino haber criticado los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti, ambos ciudadanos estadounidenses, por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).
Dado el largo historial del presidente de arremeter verbalmente contra todo el mundo, ¿por qué le está costando tanto este último desliz? En otras palabras, ¿por qué sus seguidores no han vuelto a descartar el último disparate de Trump como una bobada más? La respuesta se encuentra en cualquier supermercado del país. Según el mismísimo Gobierno, el precio de las frutas y las verduras se ha disparado un 6% en comparación con 2025. El de las bebidas no alcohólicas, un 5,1%, y el de los cereales y el pan, un 2,6%. La carestía que se extiende por los pasillos del supermercado refleja un problema mucho más grave: en abril pasado se registró el mayor encarecimiento de bienes de los últimos tres años.
Trump también se ha visto señalado por el precio del combustible. En un país como Estados Unidos, donde los sistemas de transporte público se limitan a las grandes urbes, los ciudadanos se ven obligados a conducir a todas partes. Para muchos, el coche no es un lujo, sino una necesidad, la única manera de llegar al trabajo, al médico, al supermercado… Así, el incremento del 28,4% en comparación con el año pasado resulta inasumible para muchos votantes cuya vida, tanto profesional como personal, depende de poder llenar el depósito del coche. Como el Gobierno de Trump canceló a principios de 2025 las subvenciones nacionales para la compra de coches eléctricos, los conductores se encuentran ahora en un gran aprieto: sin combustible asequible y sin alternativas.
Quizá en otro momento el presidente podría escabullirse de las consecuencias negativas de su lengua suelta. Pero no estamos en otro momento: de hecho, todo el país se está preparando para las ‘midterms’, las elecciones de mitad de legislatura, que tendrán lugar en noviembre. Estas siempre han servido como barómetro de la confianza pública en el presidente. Y, con los altos precios desalentando a todos salvo a Trump y a su séquito de multimillonarios, parece que se avecina un gran cambio. Los 435 escaños de la Cámara de Representantes, la cámara baja del Congreso, se someterán a votación. En el Senado, la cámara alta, quedan 33 escaños por decidir. La creciente frustración de los votantes estadounidenses pone en grave peligro la mayoría de la que actualmente disfrutan los conservadores en ambas cámaras.
Cuando se les preguntó por las declaraciones del presidente, sus aliados políticos recurrieron a una táctica predilecta del propio Trump: negaron, sin más, que el mandamás hubiera dicho tal cosa. Pero lo que no son capaces de negar es la realidad de los altos precios que los ciudadanos sufren todos los días. Queda por ver si, al guardar silencio ante la creciente ira popular, los senadores y representantes conservadores lograrán salvarse en las elecciones de noviembre. Al final, aunque el propio presidente no se haya dado cuenta, «en boca cerrada no entran moscas».