Jesús Cacho-Vozpópuli

  • Tras la dura travesía del desierto de una legislatura fallida y plagada de escándalos, para el líder del PP llega la hora de la verdad, y lo tiene todo para ser un buen presidente

Por encima de la realidad abrasada de un Pedro Sánchez que, tras la nueva semana de pasión que ha vivido, parece inevitablemente abocado a terminar en manos del Tribunal Supremo, otro hombre ha tenido esta semana protagonismo especial en los medios y en la vida política española, su némesis Alberto Núñez Feijóo. Noticia ha sido a cuenta de su presunto peregrinar ante la derecha nacionalista catalana y vasca en busca de una imposible moción de censura, y por su viaje a Barcelona para pasar el siempre exigente examen anual que para los líderes del Partido Popular (PP) ha supuesto presentarse ante la llamada burguesía catalana, hoy diezmada y jibarizada, en sus fortines del Cercle d’Economía y del Círculo Ecuestre. A un año de las elecciones generales y con un presidente políticamente muerto, más cerca del infierno que de la gloria, todas las miradas se centran en la alternativa, en la capacidad, voluntad y liderazgo de un político llamado a presidir la legislatura más importante de la historia reciente de España, la que irá de 2027 a 2031, en la que nos jugaremos la posibilidad de enmendar el rumbo de colisión que actualmente lleva el país para hacer realidad una España capaz de asegurar paz, libertad y progreso para todos.

Conozco poco al líder del PP. Tres o cuatro conversaciones largas a solas en los últimos años, un par de almuerzos con más gente y alguna ocasional llamada telefónica, pocas porque uno comprende que no se puede marear a quien seguramente se ve exigido en exceso por tirios y troyanos. Y siempre me ha parecido un tipo sensato, un hombre que escucha, un profesional de la política perfectamente al tanto de lo que ocurre en el país, profundamente informado de todo, con criterio sobre las cosas, cauteloso como buen gallego a la hora de manifestar opinión, muy trabajador y dispuesto a meterle horas hasta aburrir al decir de sus colaboradores. Un ciudadano honrado (como millones de españoles, por cierto), poco amigo de las componendas. ¿Es un genio? No, no es un genio, pero los genios hace tiempo que dejaron de existir. Es el tipo que cualquier español podría tener por vecino, un hombre corriente, un español del montón sobrado de sentido común, a menudo reservón, incluso desconfiado, que gana mucho en las distancias cortas. Un político muy consciente de las dificultades del momento, que carece de la soberbia de un Aznar y del indolente laissez faire de un Rajoy. Desde luego, Núñez Feijóo es un demócrata, que no es poca cosa en los tiempos que corren, más cerca seguramente de los planteamientos de un Keynes que de un Hayek para desgracia de los pocos liberales que van quedando por estos pagos.

Y aquí, en esta descripción un tanto somera a la par que arriesgada, empiezan los problemas del Feijóo candidato a la presidencia del Gobierno de España. Porque la situación por la que atraviesa el país es tan delicada, los riesgos para nuestra democracia tan evidentes, las humillaciones a las que la mafia que tenemos por Gobierno somete al ciudadano tan escandalosas, está Juan Español tan cabreado, tan a menudo fuera de sí, que un buen número le está pidiendo cosas que no puede hacer porque si las hiciera se acabaría de plano la alternativa. Le están exigiendo poco menos que coja la metralleta y se eche al monte. Un imposible. Mucha gente le está pidiendo, y a menudo con toda la razón, que se mueva, que presente iniciativas, que salga de ese marasmo de silencio que periódicamente se apodera de la sede de Génova como por ensalmo. A veces lo hace, como ha ocurrido esta semana con el manido tema de la moción de censura, pero entonces caen sobre él rayos y centellas y admoniciones mil y consejos vendo que para mí no tengo, sobre todo por parte de esos artistas de la pluma y el micrófono que todo lo saben, porque ellos son los más listos de la creación, dispuestos a exigirle que se quede quieto, que no meta la pata, que calle y deje que Sánchez se cueza en su salsa como un buen bacalao al pil pil. En este endemoniado tira y afloja se ve obligado a moverse un Núñez Feijóo a quien se podría aplicar el viejo chiste de la gata Flora: si se la meten, grita; si se la sacan, llora.

Lo cierto es que tras el amago de ruptura de PNV y Junts con el Gobierno a cuenta del rosario de escándalos que le cercan (Sánchez les avergüenza, pero poquito), Alberto estaba obligado a mover ficha y comprobar si había agua en esa piscina. Ustedes aseguran, vino a decir, que la legislatura está acabada y que Sánchez debe convocar elecciones, pero no dan el paso al frente que sería lógico tras veredicto; podían apoyar una moción y no lo hacen, ergo siguen ustedes enfeudados con el sátrapa. De modo que el gallego ha hecho bien una cosa: ha desenmascarado a unos y a otros, poniéndolos en evidencia. Sabemos que la lehendakaritza del PNV depende del apoyo del PSE, una razón de peso para no poner en peligro el control del estanque dorado vasco. La gente más sensata de esa grey, tipos como Urkullu u Ortuzar, con quienes sería posible algún tipo de aproximación a Génova,  son conscientes de que la brutal contradicción que atenaza a un partido de derechas que apoya soluciones de extrema izquierda terminará por explotar y no para bien del PNV, pero Aitor, ese Luis Aitor Esteban Bravo de padres burgaleses que es el amo del prao vasco, odia a muerte al PP y se morirá con ese sentimiento. Y en el otro bando hay poco que rascar: la pregunta del loco de Waterloo a Feijóo previa a cualquier acercamiento es siempre la misma: si vuelvo, ¿cuándo me concederás la amnistía?,  algo que la derecha española nunca podría aceptar.

Con esto claro, el gallego se acercó a Cataluña para participar en la reunión anual de Cercle d’Economia «en un momento en el que el líder de los populares intenta convencer a Junts y a PNV de que apoyen una moción censura contra Pedro Sánchez» (leído en La Vanguardia, antaño Española). La verdad es que ese momento ya había pasado y se notó. «Ha sido su mejor año aquí sin duda, con ideas claras y un discurso bien estructurado, seguramente porque no vino a buscar complicidades ni a hacerse el simpático, sino a vender su libro», asegura un ilustre apellido catalán. «No estuvo nada mal, porque no le vi dispuesto a regalar nada ni a arrastrarse por la famosa moción. Me gustó lo de no buscar atajos. También la idea de que Cataluña debe acostumbrarse a conseguir las cosas no mediante la coacción, sino a través de la negociación y el pacto», señala por su parte un miembro de Junts del sector no oficialista. «A aquel Feijóo moderado que debutó en las jornadas hace cuatro años, que rechazaba el insulto y que entendía la pluralidad de España, nos lo han cambiado», escribe Màrius Carol, ex director de La Vanguardia. «No perdió el tiempo hablando de programas, riñó a los catalanes sin acritud y pronunció la frase que ha hecho correr más ríos de tinta: `He venido para hablar del elefante que hay en la habitación´». Se entiende el desconcierto de una buena parte de los asistentes, casi todos filo socialistas (como el propio Cercle), casi todos encantados con el largo reinado que los astros auguran a ese segundo Pujol, sin el talento de Pujol, que ha surgido en Cataluña, de nombre Salvador Illa.

Un catalán rico, acostumbrado a moverse entre Barcelona, Madrid y Londres, lo vio desde otra perspectiva: «Yo creo que Feijóo vino a decirnos que está hasta las pelotas de los catalanes, de la burguesía barcelonesa, de Junts y del pan tumaca, y que como va a ser presidente del Gobierno con o sin nosotros, iba a hablarnos de cosas serias y a dejarse de chorradas porque hará lo que tenga que hacer. Sospecho que nos despreció un poco a todos. La dura realidad es que Cataluña se ha quedado en una cosa muy pequeñita. Grandes propietarios quedaban cinco; uno ha muerto y otro acaba de vender, y de los tres restantes ninguno se asoma por el Cercle. Lo llenan ejecutivos de empresas que son las que pagan los mil euros que vale la cosa. Y los socios de toda la vida vamos porque tampoco hay tantos motivos para distraerse aquí. En Cataluña hay una cosa importante en la Diagonal que es la Torre Negra, que no tiene dueño, y tres o cuatro buenas empresas. La famosa burguesía catalana hace tiempo que no existe, ha desaparecido. Hay 10 ejecutivos de talla y poco más. Eso es todo. Lo que sí hay, para nuestra desgracia, es un quilombo impositivo y de sucesiones insoportable, que hace muy difícil la vida aquí, eso por no mencionar la creciente inseguridad».

Uno de esos ejecutivos importantes me manifestaba su decepción por el hecho de que Feijóo hubiera desaprovechado la oportunidad de encandilar al auditorio con un mensaje ilusionante, con un relato de lo que proyecta hacer en materia económica, por ejemplo, lo cual enlaza directamente con una de las críticas más serias que desde territorios de la derecha liberal se vienen haciendo al líder del PP: la ausencia de un programa de Gobierno («los 10 mandamientos del PP») a un año vista de las próximas generales, la falta de un proyecto de país, asunto seguramente relacionado con ese proyecto ideológico que brilla por su ausencia. Preguntas como qué va a hacer con el gasto público, con la política fiscal, con la Justicia, con los organismos de control (los famosos checks & balances de la democracia); qué piensa usted hacer para abordar en serio el tema de la corrupción y tantas otras cosas. «Es cierto que corres muchos riesgos anticipando tu programa y que seguramente los spin doctors de Génova le dirán que ni se le ocurra con tanta antelación, pero podría al menos trasladar la sensación de que hay grupos de trabajo ocupados en ello, que tiene la cocina llena de gente empeñada en el diseño de un programa para España a la que no va a conocer ni la madre que la parió, en expresión de Alfonso Guerra en su día, la reforma del Estado, la bajada de impuestos, el tamaño del sector público, tantas cosas». En lugar de ello, el líder del PP ha fichado a un tipo como futuro ministro de Economía «que no pone cachonda ni a su mujer», en palabras de alguien con mando en plaza en el partido.

Vuelve la burra al trigo de dos de los problemas estructurales que afectan al liderazgo de Núñez Feijóo desde su aterrizaje en Madrid: la supuesta debilidad de su equipo y la imperiosa necesidad de fichar talento, de abrir las puertas del partido al talento, con o sin carné. La tarea por delante para un eventual Gobierno Feijóo se antoja hercúlea. Tiene razón José María Aznar cuando dice que las próximas elecciones serán las más importantes, trascendentales incluso, desde el comienzo de la Transición. Tras la dura travesía del desierto de una legislatura fallida y plagada de escándalos que tanto recuerda a la última de Felipe González (1993-1996), enfrentado a un psicópata narcisista, un enemigo formidable al que es muy difícil hacer oposición, un genio del mal regido por los principios morales de las saunas de su suegro que estos días se esconde tras los faldones del Papa de Roma, para Alberto Núñez Feijóo llega la hora de la verdad. Lo tiene todo para ser un buen presidente, incluso para pasar a la historia como un gran presidente. Tampoco se necesita mucho, la verdad, a la vista de lo que hemos tenido. Basta con ser un padre de familia sensato y un español honrado, dispuesto a velar por el bien común y a ser el presidente de todos los españoles, no solo de los de su cuerda. Basta con unos gramos de valor cívico. Basta con no ser un sinvergüenza.