Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Al sanchismo le interesan las declaraciones que puedan abonar su maltrecha propaganda
Como este artículo se publica el mismo día en que el Papa León XIV interviene en el Congreso de los Diputados, no podemos saber lo que dirá el pontífice a los diputados, senadores y gobierno reunidos para escucharle, pero es de suponer que seguirá el guion de su primer discurso en España. Ciertamente es un hecho histórico, porque será la primera vez que un papa se dirija a las Cortes pese a las numerosas visitas de sus antecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI (por alguna razón misteriosa, el argentino Francisco no tuvo tiempo para visitar España). La novedad subraya el carácter de visita política de Estado de este viaje, pues el papa es tanto un líder religioso como jefe de un Estado, y con más influencia política global que muchos de países grandes.
Una visita política por partida doble
¿A quién le interesa más reforzar el carácter político de la visita del papa? Por distintas razones, tanto al Vaticano como a La Moncloa, sin olvidar a La Zarzuela, pues los viajes papales renuevan la visibilidad y relevancia de los reyes, tan desmejorada estos años porque el sanchismo no deja de actuar imponiendo una especie de monarquía dual, como la espartana.
Al papa León le interesa un viaje político por motivos evidentes: España sigue siendo uno de los grandes países católicos, mas, en estos tiempos de nuevo auge religioso, la confesión cristiana que realmente crece a caballo de la inmigración hispana es el evangelismo protestante. Precisamente la inmigración es la elegida como asunto protagonista del viaje, con la visita a Canarias donde, según se ha adelantado, una misa papal estará decorada -con escaso buen sentido- con varios cayucos africanos de los usados para la inmigración ilegal, el nuevo tráfico mafioso mundial de seres humanos.
León XIV se ha enfrentado a Trump por la represión de la inmigración ilegal, uno de los recursos populistas favoritos del presidente americano. En España se ha inclinado, en una especie de populismo católico que merece la pena examinar, por agradecer o reconocer al Gobierno Sánchez su actitud en este espinoso drama donde se mezclan crímenes de tráfico de personas, movimientos demográficos mundiales, necesidades económicas y horrendas tragedias.
Sin duda la Iglesia es fiel a sus raíces universalistas y exigencias morales cuando reclama a los Estados respeto y buen trato a los inmigrantes, sea cual sea su origen, religión y forma de entrada en el país, pero convertir el fenómeno en motivo de celebración roza el delirio. No puede ignorar que esa forma de inmigración se ha convertido en una gran mafia conectada al narcotráfico, que es completamente ilegal entrar en un país por las bravas, que la llegada de millones de inmigrantes de cultura ajena a la de acogida crea tremendas tensiones sociales y políticas, y que hay intereses políticos nada santos en la recepción masiva de tales inmigrantes. En España, los del Gobierno Sánchez y su nada disimulado plan de cambiar la base demográfica, social y económica de España reclutando un posible nuevo electorado fiel y agradecido, pero sobre todo dependiente y temeroso de la derecha.
Todos salen ganando
Resulta entre cómico y despreciable asistir a la presunta conversión de Sánchez y sus sicarios a los valores católicos y la política vaticana en aquellos puntos que creen aprovechables. Es cierto que docenas de gobiernos anteriores han hecho lo mismo en algún momento de la historia moderna: tomar del catolicismo lo que interesa, e ignorar el resto. También que la propia Iglesia ha hecho lo mismo desde los superados tiempos de enfrentamiento total de Pío IX y su anatema de lo moderno, a saber: tomar de la modernidad y la democracia liberal lo que le viene bien.
A largo plazo, ambos agentes salen ganando. Es una consecuencia de uno de los fenómenos históricos más importantes de la historia de occidente, clave de su evolución democrática: la separación de Iglesia y Estado, que data del bajo imperio romano de Constantino y sus sucesores. Es imposible encontrar nada parecido en el islam que, por mucho que el Papa celebre el mito del Toledo o la Córdoba de las tres religiones, nunca acepta un estatus de inferioridad política ni la separación del Estado. Y esa es la razón principal del antagonismo profundo entre democracia liberal e islamismo.
Al sanchismo le interesan las declaraciones que puedan abonar su maltrecha propaganda: la defensa del multiculturalismo, de la inmigración legal o ilegal, del derecho internacional y hasta la moderada problematización de la Inteligencia Artificial (que los más exaltados de la secta sanchista llaman “tecnofascismo”). Pero no le interesa nada que la Iglesia sea una referencia prestigiosa en política y moral.
La ventaja -y frustración- de los discursos cautelosamente prudentes o directamente ambiguos típicos de la Iglesia actual es que pueden ser reclamados por agentes enfrentados, incluso antagónicos. Por ejemplo, la llamada de León XIV a huir de la polarización y del lenguaje identitario puede verse como una crítica diplomática a la polarización izquierdista que divide España, pero también un ataque a la oposición radical al sanchismo porque “polariza” la sociedad.
El debate entre teología y política
La visita papal no ha terminado y su discurso de este lunes puede provocar novedades interesantes en el juego político doméstico, repartiendo y quitando juego; por eso le han invitado a visitar el Congreso, aunque podría ser otro mal cálculo del sanchismo. La separación de Iglesia o religiones y Estado parece irreversible en las democracias liberales occidentales; por otra parte, es en Occidente donde esa distinción de religión y política tomó carta de naturaleza antes de la democracia moderna, y como su condición de posibilidad.
En ese aspecto, es cierto que debemos tanto al cristianismo como a la Ilustración y a la cultura clásica. La obra de Erasmo, Maquiavelo, Vitoria, Hobbes, Spinoza, Locke y compañía descubre la enorme importancia del debate, a menudo sangriento, entre teología y política en nuestra historia. Los avances de las libertades han tenido lugar cuando la teología ha dejado de interferir en las decisiones políticas y, al contrario, cuando la religión ha dejado de sufrir la intromisión del poder político. La mejor política religiosa es la no existe y remite lo espiritual al gobierno de la libertad de conciencia. Qué quieren, soy un antiguo.