Pablo Martínez Sarracina-El Correo

  • Ni con el Papa presente nos sale Sorrentino: siempre es Azcona y Berlanga

Terminó León XIV su discurso ante las Cortes y los diputados y senadores se pusieron en pie y rompieron a aplaudir de un modo impresionante. «Gracias», dijo el Papa. Y los diputados y senadores aplaudieron entonces aún más, como detectando en el ambiente que aquello iba a ser histórico. Y eso que en un discurso repleto de ideas y muy bien escrito León XIV había tenido para todos: inmigración, aborto, eutanasia, polarización… Afortunadamente, a los destinatarios del discurso se les notó en las caras que no estaban entendiendo nada. Pero cómo aplaudieron después. No dejaban de hacerlo y el Papa levantaba un poco la mano. «Gracias», repetía. Pero nadie dejaba de aplaudir. Fue a partir de los cuatro o cinco minutos de aplausos cuando a Prevost comenzó a vérsele incómodo, como si empezase a pensar que toda aquella gente igual no estaba bien de la cabeza. ¿Qué pretendían? ¿Que hiciese un bis? ¿O le estaban pidiendo acaso que tomase el control del país e instaurase la teocracia papal?

Se giraba el pobre Papa hacia Francina Armengol en busca de ayuda, autoridad, protocolo, algo, pero chocaba contra el rostro de una mujer que estaba siendo muy feliz porque estaba aplaudiendo mucho. Porque estaba aplaudiendo mucho a alguien muy famoso. Entonces uno gritó «¡Viva el Papa!». Y retumbó en el Congreso la respuesta: «¡Viva!» Aquello ya era la plaza de Las Ventas en el quinto toro, cuando los gintonics y el sentimiento patriótico comienzan a hacer estragos. El patriotismo ya los había causado antes del discurso, cuando los diputados de Junts saludaron a León XIV con servilismo psicopático, pero para pedirle en inglés e italiano que en Barcelona él hable por su parte en catalán. Ni con el Pontífice presente nos sale Sorrentino, ya se ve: siempre es Azcona y Berlanga.

Buscaba uno después a los diputados de Junts y ahí estaban aplaudiendo. También Mertxe Aizpurua. Y José Bono y Federico Trillo, aplaudiendo en un palco como recién desembalados. El Papa seguía intentando sonreír pero ya debía de haberse puesto a rezar. Estaría preguntándole a Dios si no tendría por ahí una pizca de fuego y azufre para enviar sobre un edificio de Madrid del que él podría darle la localización. «¡Viva el Papa!», otra vez. «¡Viva!» A los ocho minutos, León XIV abandonó por propia iniciativa el Congreso. Los diputados y senadores dejaron entonces de aplaudir. Con la emoción de quien se sabe protagonista de la historia, cabe suponer que se distribuirían por los bares de la zona para meter las manos en hielo y revisar las fotos en el móvil.

País Vasco

Bingo y vidilla

Cuatro meses después de que la Ertzaintza entrase en un hogar del jubilado bilbaíno para advertir contra la práctica del bingo recreativo a razón de veinte céntimos por cartón, el Parlamento vasco estudia una modificación de la Ley de Juego para permitir el bingo de carácter social. Ayer, el Observatorio Vasco del Juego informó científicamente a la Cámara de que el bingo está muy extendido entre los jubilados. La mitad de los centros vascos de mayores siguen organizando partidas incluso sabiendo que en una de ellas el grito de «¡La Ertzaintza!» podría no corresponderse con la salida de un número en concreto, sino con la irrupción de la Brigada Antivicio. Lo hacen porque a los mayores quedar para jugar al bingo les sirve para salir de casa y relacionarse pasando un buen rato. También porque entienden de un modo natural que no hacen nada malo. El dinero que se mueve es escaso y no parece que los centros puedan utilizar lo recaudado para mucho más que para pagar el material que el propio juego requiere. Los mayores explican que jugar apostando unos céntimos les da «vidilla». Resulta inevitable pensar que la vidilla debería ser, junto al principio de mínima intervención, uno de los pilares de nuestra vida social. El problema es que la inercia regulatoria produce monstruos y comparaciones insostenibles. Tras la denuncia del bingo de jubilados aparecen locales de juego sometidos a mil y un reglamentos y controles. El desafío del legislador es no llegar a ese punto de no retorno en el que es el sentido común lo que incumple la normativa.