Fernando Navarro-El Español
  • Nogueras no entiende que el Papa defiende valores morales universales y (esto lo pidió explícitamente León XIV el sábado) huir del identitarismo.

Si nos dieran a elegir entre una Bizkaya poblada de maketos que sólo hablasen el Euskera, y una Bizkaya poblada de bizkainos que sólo hablasen el castellano, escogeríamos sin dubitar esta segunda, porque es preferible la sustancia bizkaina, con accidentes exóticos que pueden eliminarse y sustituirse por los naturales, a una sustancia exótica con propiedades bizkainas que nunca podrían cambiarla».

Esto dejó escrito Sabino Arana en la revista Bizkaitarra.

Con «sustancia» se refería a la raza, porque ahí residía para él la esencia vasca.

En cambio consideraba «accidentales» al idioma, las tradiciones o las leyes: estas últimas se pueden aprender o cambiar, pero la raza no se puede adquirir, ni recuperar cuando se contamina al contacto con lo maqueto.

Y, para que no hubiera dudas, definió su nacionalismo mediante la escala de Richter: «Si se diera una Bizkaya (…) constituida por la raza española (…) valiera más le hundiera un terremoto para que así desapareciese también el nombre».

Después vino otro racista furibundo, Hitler, y desencadenó tal pesadilla que volatilizó de Europa cualquier mención a la raza. Lo que no desapareció, claro, fueron el tribalismo, la xenofobia y el odio que se ocultaban detrás de ella.

En el caso del nacionalismo vasco, el encargado de cambiar algo para que todo siguiera igual fue Federico Krutwig, que diluyó la raza en un cóctel nacionalista-marxista-anarquista, cuyos ingredientes eran la etnia, la lengua y la revolución. Su libro Vasconia tiene un capítulo llamado Bellica que ya prefigura a ETA.

Entonces podemos corregir a Sabino y decir que la «sustancia» del nacionalismo es la xenofobia, y que tanto la raza como la lengua son accidentales.

Y, por accidentes históricos, hoy la lengua tiene reservado en el nacionalismo un papel mucho más importante que el que le asignaba el fundador del PNV. Hoy es el marcador identitario principal y realmente único: es difícil hablar de «etnia» cuando el fenotipo de un nacionalista vasco como Aitor Esteban es indistinguible al de un tío de Soria (en realidad, su madre era de Soria).

La lengua, además de posibilitar la exclusión y subordinación del que no la habla, sirve para crear una red clientelar con todos los que sí, a los que el poder político puede pastorear con la zanahoria de las subvenciones y el empleo público (el palo, que no se ve tan fácilmente, es, precisamente, la estabulación de ciudadanos en adeptos tribales).

Por eso ahora, cuando la cloaca sanchista ha rebosado, Aitor Esteban dice que no puede defender una moción de censura porque el Partido Popular «no defiende el euskera en Europa».

La idea de reconstruir la torre de Babel en mitad del proyecto europeo es, sin duda, pintoresca. Pero, al igual que Sabino prefería una Vizcaya arrasada por un terremoto que poblada por maquetos, Aitor acepta vivir en un pozo negro siempre que se hable en euskera; la kaka también es accidental, debe de pensar.

La lengua es prioritaria, también, para el nacionalismo catalán. Este lunes, Miriam Nogueras aprovechó la visita del Papa para endosarle su propia versión de la prioridad nacional: «Su Santidad, como Gaudí, soy catalana. Hablar la lengua de la tierra que te acoge es un maravilloso acto de amor y respeto. Espero que disfrute de su visita a Cataluña, mi nación».

Lo dijo rápidamente, como quien avisa «este anuncio es de un medicamento», y otro fulano de Junts repitió la misma letanía, lo que demuestra que el asunto no era exactamente espontáneo.

También demuestran, Nogueras y el fulano, que no acaban de entender que el Papa pretende defender valores morales universales y (esto lo pidió explícitamente el sábado) huir del identitarismo.

También demuestra el nacionalismo catalán que la lengua de los catalanes castellanohablantes no existe en su visión de Cataluña, aunque ellos no los llaman maquetos, sino charnegos.

En resumen, Aitor comparte con Sabino, con Nogueras, y con el resto de socios del gobierno, una profunda aversión a lo español. Allá cada cual con sus manías, pero no es muy normal que el gobierno de España se apoye en quienes odian a España.

Este es el pecado original, pero no sólo de Sánchez, sino de nuestra propia Constitución, y la oposición haría bien en formular propuestas de reforma para evitar que los nacionalistas dispongan permanentemente de la llave de la gobernabilidad.

Mientras tanto, nosotros seguimos atrapados en esta trampa de truhanes, que habría provocado el deleite de Sabino.