Se quiera o no, duela o no, el paso de los años se hace notar. La edad nos sitúa a todos en sucesivas franjas generacionales, como son los marcos de la niñez, de la adolescencia, de la juventud, de la madurez, de la senectud. Todas estas etapas tienen su valor y su hora. No vale fingir ni rebelarse por su paso irrevocable, lo adecuado es mostrar naturalidad y no caer en la afectación.
De una forma u otra, todos vivimos relacionados; con mayor o menor intensidad. Como cualquiera, yo he tenido profesores lamentables que me han servido de modelos a evitar por un rechazo absoluto. Unos pocos me han inspirado para hacer brotar mi personalidad; en una adhesión que no me llevaba a intentar imitarlos en sus detalles característicos, sino a admirarlos con gratitud, incluso con cariño. Asimismo, los progenitores, ya sean madres o padres (y tanto si están presentes como si no), son referentes de cada ser humano; tanto para lo positivo como para lo negativo. Recíprocamente, y a partir de cierta edad, los hijos son espejos donde los padres pueden mirarse para recapacitar sobre la vida que llevan, no sólo la que llevaron, y afrontar nuevos ángulos de visión, tal vez incorporarlos.
En su novela ¿Dónde están los adultos? (Gatopardo), la escritora noruega Nina Lykke plantea, a partir de un personaje femenino, la soledad de unos padres y su desasosiego por no saber interpretar lo que les pasa en su relación familiar. La protagonista se llama Ida, es terapeuta de parejas, va por su segundo divorcio y es quien relata. Muerta su madre con 75 años de edad, cinco años atrás, Ida se pregunta cómo era ‘antes de que yo naciera’. Es un ejercicio de imaginación necesario para comprender la relación que ambas tuvieron. ¿Cuál era la razón de sus conflictos irresolubles y de sus gritos desquiciados?
¿Cómo veía Ida su propio mundo? Un simple párrafo da paso a una interesante reflexión sobre la cara oculta de quienes tenemos al lado y que no alcanzamos a captar, quizá por nuestra indiferencia. Basta una ojeada dentro de un transporte público para fijarse en: «todos los esqueletos que se apiñan en este autobús, todos los corazones que laten, todos los procesos vitales que ocurren continuamente, en plena vida cotidiana, y aquí estoy yo, pegada a estas vidas y universos ajenos, y que pregunta qué esconden, de qué se arrepienten y qué tres cosas cambiarían si pudieran».
Estas vivencias conducen a la madurez de incorporar a los ausentes de nuestra intimidad. Pero, al recapacitar sobre la relación problemática que guarda con sus hijos, Ida evoca a su madre que solía quedarse quieta como un tronco cuando intentaba darle un abrazo. Y, desde esa íntima referencia, se pregunta si, finalmente se había convertido en su madre. «¿Era eso lo que había pasado?».
Un hondo malestar tiñe todo cuanto experimenta con sus complicados hijos, «como si una especie de bacteria, una enfermedad contagiosa, se hubiese colado por todas partes». Y mostrándose irremediablemente inestable, si bien manteniendo cierta idea de lo que es ser ‘una persona adulta y responsable’, se pregunta si quizá se esté enfadando más de la cuenta.
Ida habla sola, pero imaginando a su hijo, con quien le resulta imposible tener una relación propia de adultos. Y buscando disculparse o salir de su confusión, musita: «¿Crees que no lo he pensado? Igual era demasiado mayor cuando lo tuve, igual es que no ha tenido padre, igual es que he estado enferma desde que nació y al parecer he tenido que compensar todo eso».
Un hijo que la rehúye cuando no se aprovecha de ella, o cuando no la regaña y le suelta continuos zascas. Llegamos a enterarnos que desde niño decidía «dónde irían de vacaciones y qué iban a comer y, a sus quince años, aún dormía con su padre en la cama que alguna vez había sido del matrimonio. La madre dormía en la habitación del hijo, a menos que él estuviese enfadado con su padre por algún motivo. En ese caso, la madre ocupaba el lugar de su marido en la cama grande. Los padres llevaban muchos años sin tener vida íntima».
Es un caso extremo, ciertamente, pero la terapeuta escandinava insiste en la idea de que cada vez hay más parejas que «tienen una relación amorosa con sus hijos en lugar de entre sí», lo que desordena la vida de todos los integrantes de la familia y genera monstruos. Una honda desubicación propulsada por un deseo pueril y primario de igualdad. Pretendiendo una democracia perfecta, sin jerarquía alguna y con normas estrictamente iguales para todos, se propició el abuso de dictadorzuelos que nunca aspiraron a serlo, pero a quienes se les puso en bandeja la oportunidad de hacerse déspotas, al menos en su casa.