Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • León XIV se apropió el lunes en el Congreso de la legitimidad derrochada por una clase política incapaz de reivindicar con educada firmeza su autonomía

No me imagino al Parlamento de Dinamarca aplaudiendo en bloque, durante siete minutos, el discurso que el Papa pronunció el lunes ante las Cortes españolas. Ni al danés ni a ninguno de los Estados donde la eutanasia y/o el aborto, con distintos grados y limitaciones, son derechos. El único Estado de la Unión Europea en el que ambas prácticas están taxativamente prohibidas es Malta. No veo yo a la socialdemócrata y primera ministra de aquel país, Mette Frederiksen, celebrando con el fervor del converso el patrocinio con fondos públicos de la educación religiosa en un Estado aconfesional.

León XIV no ha dicho en estos días nada que no supiéramos. Los ejes doctrinales de su discurso han sido los mismos que en lo esencial lleva décadas defendiendo la Iglesia Católica. No podía ser de otra manera, y así ha sido. Pero entonces, ¿qué es lo que explica el excepcional respaldo ciudadano a esta visita? Porque yo, lo reconozco, estoy sorprendido. Sin duda, la extraordinaria cobertura de los medios ha sido un factor determinante, en especial la desproporcionada atención prestada a la misma por la televisión (televisiones) pública, que a la espera del Mundial de Fútbol está manejando la agenda del Papa como un excelente sucedáneo del panem et circenses. Pero tiene que haber algo más profundo.

Una primera variable que puede ayudar a explicar el gran impacto del viaje es la vinculada a la sensación de deuda pendiente larvada en un sector de la sociedad española. La última visita de un pontífice fue la de Benedicto XVI en 2011, y seguimos sin entender las razones por las que el Papa Francisco nunca quiso pisar territorio español; o con la explicación que nos hemos quedado es la que apunta a causas que nada tenían que ver con la religión ni la misión pastoral, sino con el cálculo político. Quince años son muchos años sin que el obispo de Roma gire una visita la patria de los Reyes Católicos, y ha habido algo de resarcimiento balsámico en la excepcional respuesta ciudadana.

‘Perseverar en el error es diabólico’

Pero el multiplicador esencial del éxito quizá haya que buscarlo en la propia personalidad del Papa. Ni es Ratzinger ni es Bergoglio, teniendo algo de ambos. Es un Papa mestizo y a la vez ortodoxo, políticamente neutral y al tiempo comprometido. Ejerce su magisterio y habla claro, sin importar quién sea el receptor de sus palabras. Precisamente lo que le está distinguiendo no es tanto lo que dice sino a quién se lo dice. León XIV es ya un referente porque desde el primer momento ha sabido que la gran oportunidad que hoy tiene ante sí la Iglesia es intentar llenar el vacío de un mundo sin apenas referentes. Al menos sin referentes morales.

Cuando se publicó El nombre de la rosaUmberto Eco definió a la Iglesia Católica como una “máquina perfecta”, en alusión a la capacidad de supervivencia que ha demostrado la institución a lo largo de los siglos. Si aún viviera, el escritor piamontés seguro que hoy reafirmaría su opinión tras comprobar cómo 133 cardenales elegían Santo Padre al hombre que solo un año después de su designación ha reubicado en su justa dimensión la figura del Papa Francisco (algo que no era sencillo) y está ensanchando poco a poco el campo de influencia política de la Iglesia.

Lo que Robert Francis Prevost hizo el lunes en el Congreso, además de leerles a diputados y senadores la Cartilla del Padre Ripalda, fue ejercer esa influencia, utilizar esa contundente delegación de poder social para señalar las llagas abiertas por una devastadora polarización, convertida en práctica común y principal pecado de nuestra forma de gestionar la convivencia. De lo que León XIV se apropió en esa solemne sesión fue de las toneladas de legitimidad derrochadas por una clase política incapaz de reivindicar con educada firmeza su autonomía; una casta ignorante de la agustiniana advertencia que, en un generoso ejercicio de caridad cristiana, el Papa se abstuvo de restregarle a más de uno en la cara: “Errar es humano, pero perseverar en el error es diabólico”.

Siete minutos de aplausos.