Editorial-El Español

La asistencia de Pedro Sánchez a su primera misa desde que es presidente del Gobierno, este miércoles en la basílica de la Sagrada Familia, transparenta una maniobra de cálculo político destinada a redimir su figura al abrigo de la autoridad de León XIV.

Hasta la fecha, las contadas incursiones de Sánchez en templos católicos se habían limitado estrictamente a funerales oficiales.

El rigorismo laicista del presidente, de hecho, había llegado hasta el punto de ausentarse en las misas funerales de las tres mayores tragedias que han conmocionado al país durante su mandato: la de las víctimas de la Covid-19, la de los fallecidos por la dana y la de las víctimas del accidente de Adamuz.

En las tres ocasiones, el Gobierno impuso en lugar de la liturgia convencional la fórmula del homenaje de Estado de carácter estrictamente civil. Un celo por la aconfesionalidad que recabó críticas ante la frialdad improvisada de las ceremonias sustitutivas diseñadas para los funerales.

En el caso de Adamuz, el rechazo de las propias familias de las víctimas a ser privados del rito tradicional fue tan rotundo que obligó a la Moncloa a cancelar el homenaje oficial previsto y a ceder el protagonismo a una misa diocesana a la que el presidente prefirió no acudir.

En cambio, el político que se autodefinió públicamente como un «ateo a secas» no ha tenido inconveniente en ocupar un banco de honor en la Sagrada Familia. Porque esta vez el marco ofrecía el boato y la visibilidad que confiere la presencia del Papa.

Y la mejor prueba de la trascendencia que Moncloa ha otorgado al evento es que el presidente se ha hecho acompañar por catorce ministros de su gabinete.

Semejante despliegue resulta sintomático del valor propagandístico que el Gobierno concede a este encuentro, y que se inscribe en la estrategia de instrumentalización de la visita de León XIV que el Ejecutivo ha desplegado a lo largo de la última semana.

A fin de lavar una imagen arruinada por la multitud de escándalos que le cercan, Sánchez ha intentado recabar una suerte de aval moral del Vaticano, asociando su agenda política a la del Vaticano para obtener la bendición papal.

La sobreactuación institucional de este miércoles contrasta además con la mínima representación, estrictamente protocolaria, que el Gobierno envió a la misa en la Plaza de Cibeles del pasado domingo. La decisión del presidente de ausentarse en la celebración de Madrid y volcarse en la de Barcelona es elocuente sobre las prioridades que orientan la geografía electoral del presidente.

Madrid encarna simbólicamente para el relato de la Moncloa el epicentro de la oposición a su gestión. Barcelona, en cambio, es la capital del que se mantiene como el principal feudo institucional del socialismo, gobernado hoy por Salvador Illa y consolidado como uno de los escasos territorios donde Sánchez retiene un suelo electoral sólido.

La asistencia a la misa de la Sagrada Familia sólo puede ser leída desde el afán por asentar la imagen de un presidente que prodiga atenciones a Cataluña. La coherencia con las propias convicciones laicas ha cedido en este caso ante el fariseísmo del oportunismo político.

Y es que para Pedro Sánchez, emulando la célebre máxima que la historia atribuye a Enrique IV, Barcelona bien vale una misa.