Víctor Núñez-El Español
  • La enfermedad de nuestro tiempo no radica en la falta de fe, sino en haberla depositado en falsos ídolos a cuyo servicio quedamos siempre insatisfechos y vacíos.

El aparente auge de la religiosidad entre las nuevas generaciones ha asentado en el estamento opinador una explicación al fenómeno tan socorrida como perezosa: el resurgir de la inquietud espiritual obedece a una reacción pendular al nihilismo de la sociedad posmoderna.

Es indiscutible que un desasosegante cinismo se ha establecido como el éter de esta época relativista, individualista y materialista, en la que nos hemos vuelto incapaces de seguir militando en los «grandes relatos». Pero eso no significa que las gentes hayan dejado de creer en nada.

Al contrario, la nuestra es una sociedad que cree en muchísimas cosas. Aunque hemos dejado en masa de profesar creencias estrictamente religiosas (o, más bien, precisamente a causa de ello), hemos llegado de hecho a creer en cualquier cosa.

Hoy la gente cree en la omnipotencia redentora de la «Ciencia». En la ordenación providencial del «Progreso». En la sanación a través de la «libre autodeterminación». En la beatificación a través del éxito profesional. En la búsqueda de la paz en la celebridad virtual.

Por creer, la gente cree hasta en la «soberanía nacional». «Los ateos se meten conmigo y me llaman atrasado (dijo Miguel Anxo Bastos) porque creo que, en la misa, el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo. En cambio ellos creen que por el mero hecho de poner un papel en una urna cualquier persona cogida en la calle al azar se transustancia en la voluntad de la nación».

De modo que el problema no es que hayamos perdido la fe, sino que la hemos depositado en entidades inapropiadas.

Nuestro tiempo es por tanto «nihilista» no a la manera que se entiende vulgarmente, sino en el sentido nietzscheano originario: las ideas modernas que pueblan nuestro universo conceptual son ideas falsas que niegan la vida. Los valores supremos que ha encumbrado la humanidad esconden un vacío mortal.

Por eso atinó de lleno León XIV al exhortar al pueblo, en su homilía de la Santa Misa en Cibeles, a «no olvidar quién es el Señor, para no caer en la tentación de confiar en otros ídolos».

Porque tal es el rasgo definitorio de nuestras sociedades. La nuestra es una cultura idolátrica que se postra ante ficciones. Que se sacrifica en aras de abstracciones. Que adora apariencias y busca glorias mundanas. Que encumbra modas pasajeras y eleva a los altares a cualquier mequetrefe.

Esto son los ídolos hoy en día: valores falsos que hemos constituido ciegamente en mandamientos. La idolatría es la adoración de los artificios que nosotros mismos hemos levantado, esas «ideologías prefabricadas» contra las que también ha alertado el Papa desde España.

Si el servicio al único Señor de la verdad nos libera, al reconciliarnos con la auténtica condición humana, al ordenar las mociones y anhelos del alma a su verdadero fin natural, el servicio a los múltiples señores de la mentira nos esclaviza.

Porque, según recordó León XIV, la confianza en los ídolos equivale a «alimentarse de un pan que no sacia».

Y ahí radica realmente la enfermedad de nuestro tiempo, que no viene de no creer, sino de creer en cosas falsas. Pues sólo aquella fe en lo que es siempre y en todo lugar verdadero puede saciar el hambre y sofocar la sed.

El sinsentido y la angustia de esta generación desesperanzada procede no tanto de la «muerte de Dios» como del crepúsculo de los ídolos. De la revelación de la inanidad de todos esos falsos dioses, tras haber constatado que los deseos que inspiran en nosotros son siempre incolmables, que nos dejan perpetuamente insatisfechos y vacíos.

Se da así la ironía de que, despojándonos de las supercherías de la religión católica, hemos acabado refugiándonos en credos mucho menos racionales que el cristianismo.