Ignacio Camacho-ABC

  • En el tono constructivo del lenguaje vaticano, el Papa ha predicado en Cataluña contra la matraca del agravio identitario

En Málaga o en Salzburgo sus naturales presumen de la universalidad de Picasso y de Mozart; en Barcelona lo hacen de la catalanidad de Gaudí. Maneras de entender la posición de cada cuál en el mundo. En Australia, las tiendas de recuerdos venden un mapamundi donde el planeta está dibujado boca abajo para resaltar la pertenencia mental del país al norte desarrollado: la realidad del revés al servicio del orgullo identitario. En su célebre debate con Azaña, Ortega habló del vicio particularista como uno de los pecados civiles que condenaban la convivencia española al fracaso, y poco después Companys se rebelaba contra el Estado republicano. También dijo el filósofo que «Cataluña quiere ser lo que no puede ser», y casi un siglo después ahí continuamos, anclados en el debate estéril de un existencialismo colectivo que confunde la razón con el sentimiento abstracto de una personalidad diferencial fundamentada en un relato histórico imaginario. Es decir, sesgado, parcial, objetivamente falso.

Un catalán ilustre, Tarradellas, dijo que en la vida pública se puede volver de cualquier sitio menos del ridículo. El que fuera presidente de la Generalitat en el exilio se refería a las hipérboles reivindicativas del soberanismo, que conocía bien por haberlas compartido antes de reconvertirse al pragmatismo político. Salvador Illa, que tiene fama de moderado porque es hombre discreto y cortés acostumbrado a hablar bajito, ha tenido que pasar por el trance de verse corregido por el Papa, que también usa un tono respetuoso pero hila fino cuando se trata de sentar principios. La palabra ‘región’ incrustada en el discurso del Pontífice –en deliberado contraste con la ‘nación’ de la carta de bienvenida que el anfitrión le había escrito– iba directa al corazón del separatismo cuyos postulados se ha subrogado Illa en términos cada vez explícitos. Y la apelación a ser «constructores de unidad», constituía otro mensaje dirigido (en catalán) contra la matraca del agravio y el conflicto.

El líder del Gobierno autonómico, católico practicante en el territorio más laico del país, olvidó que la Iglesia defiende categorías universales. Lo explicó el propio León XIV en el Congreso, cuando señaló que fue la tradición del humanismo cristiano la que sentó las bases para el nacimiento de la democracia como sistema de derechos y libertades. Y todos los que han escuchado estos días al Santo Padre, tanto en las instituciones como en la calle, conocen el énfasis que ha puesto en la concordia, en el consenso deliberativo, en el desarme del lenguaje, en la integración y la apertura de miras como receta para construir sociedades más decentes y más habitables. No iba a dejar de decirlo en la Cataluña de hoy, un escenario de aguda división entre los propios españoles que además se ha extendido en los últimos tiempos al rechazo creciente de los inmigrantes. No hace falta ser religioso ni confesional para albergar convicciones morales. Ni para saber que el progreso consiste en abolir las desigualdades.