Iñaki Ezkerra-El Correo

  • Aparatos no tripulados para la guerra en el Este europeo y para la paz en Barcelon

La visita del Papa a Barcelona ha estado presidida, más que por los dones del Espíritu Santo, por los drones de la Inteligencia Artificial. A uno, la verdad, esta posmoderna mezcla de espiritualidad y pirotecnia, ese careto de Gaudí flotando en el cielo disneylandés de la Sagrada Familia le ha recordado el inolvidable desfile de modelitos eclesiásticos de la ‘Roma’ de Fellini, aquella impagable pasarela de casullas, cíngulos, estolas, mitras y solideos fosforescentes. También me ha traído a la memoria un pasaje del ‘Gog’ de Papini en el que el extravagante millonario asistía en su propia mansión a un espectáculo de magia oriental que acababa dramáticamente cuando fallaba el circuito eléctrico que ocultaban hábilmente los magos para provocar sus deslumbrantes efectos especiales. La moraleja que sacaba Gog es que aquellos elevados espíritus del hinduismo necesitaban para su mágico y religioso ritual de algo tan material y prosaico como la electricidad occidental.

Los drones, sí. Leo y releo estos días el impresionante ‘Diario de una guerra en Europa’ que Fernando Castillo acaba de publicar y en el que constata hechos tan sintomáticos y gráficos de nuestro tiempo como que «esta guerra es la de los drones, tanto, que el 85% de los objetivos son alcanzados por estas nuevas armas». Drones rusos y ucranianos que destruyen refinerías y redes eléctricas, gasísticas o ferroviarias. Drones que han convertido en más fantasmal de lo que siempre ha sido el Campo de Marte. Drones para la guerra de ese Este europeo y drones para la paz en esa Barcelona en la que el presidente del Gobierno asistía a la primera misa de su mandato «por razones culturales y turísticas» -según él mismo ha alegado, hay que reconocer que con sinceridad- y contemplaba el espectáculo de luz y color de esa combinación de catalanismo meme y de catolicismo ‘fake’ con la mirada obnubilada con la que un sobrino mío admiraba el Castillo de Cenicienta en un viaje que hicimos a Disney World.

Lo que Fellini y Papini, ambos italianos quizá no por azar, imaginaron en el siglo XX es lo que ahora estamos llamando posmodernidad y de lo que Barcelona acaba de ser una obvia muestra: esa fusión de religiosidad, ideología, espectáculo y tecnología; esas aeronaves no tripuladas por pilotos que en el cielo mediterráneo han dibujado el rostro del arquitecto místico y en el suelo ruso-ucraniano han hecho anacrónico aquel poema con el que Antonio Machado imaginó desde la España neutral del 14 la Gran Guerra que desangraba a Europa: «(…)en una tarde fría,/ sobre jinetes, carros, infantes y cañones,/ pondrá la lluvia el velo de su melancolía».

Me temo que los drones no se llevan bien con la melancolía y no sé qué tal se llevarán con la religión. ¿Será la fe un dron de Dios?