Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

Un ejercicio de cintura muy católico-romano y una estrategia inesperada que puede cambiar algunas cosas

“Adaptarse o morir” es un principio tan sencillo como verdadero. Y pocas instituciones lo ejercen con tanto éxito a la larga, a pesar de sus reticencias contra la teoría de la evolución natural, que la bimilenaria Iglesia católica, la institución viva más antigua de Occidente. Acabamos de volver a verlo en la visita de León XIV a España; cuando escribo queda pendiente la jornada canaria, centrada, con toda deliberación, en la defensa moral de la inmigración, ilegal incluida. Esta ha sido, para disgusto de los católicos polarizados en el rechazo identitario de los inmigrantes, uno de los tres ejes principales de los discursos papales, junto al rechazo de la polarización ideológica y la reivindicación de la moral católica como guía actual.

Renacer en Barcelona

Donde quizás ha brillado más la capacidad eclesiástica para adaptarse, ocupando el centro del escenario, ha sido en la visita a la Sagrada Familia de Barcelona. Antonio Gaudí concibió su gran obra póstuma como un símbolo muy material del renacimiento de la Iglesia católica en Barcelona, sacudida por ofensivas revolucionarias anticlericales y la secularización burguesa; al final de su vida fue una obsesión absoluta que vivió como un ermitaño en la obra del gran templo, logro de su inigualable talento para combinar funciones tradicionales con estructuras innovadoras. Puede entenderlo cualquiera que vea el interior, asombroso espacio transparente de columnas inclinadas en curvas insólitas.

La Sagrada Familia es la última catedral medieval en forma, proyecto y apariencia, pero técnicamente es absolutamente moderna. Simboliza pues con perfección la cíclica voluntad de renacimiento que sacude a la Iglesia desde, por lo menos, el gran cisma de Lutero. León XIV ha protagonizado en Barcelona una forma de renacimiento inesperada: sin concesiones al separatismo catalán que corrompe Cataluña y la política española, porque emplear un poco el catalán no es una concesión política, sino que más bien pone en ridículo el fundamentalismo lingüístico. A pesar del casposo fanatismo de la diputada Nogueras, los suyos no han podido convertir el evento en una gran manifestación ante el mundo; la policía lo ha impedido sin dificultad y, sobre todo, casi nadie les seguía: había más banderas españolas que esteladas, y nadie ha silbado al Papa cuando ha reivindicado la unidad política en la capital mundial del secesionismo de ricos contra pobres.

El profundo sustrato católico de España

Más elocuente ha sido que Pedro Sánchez corriera al acto de Barcelona acompañado de nada menos que catorce ministros, sin contar las huestes de su procónsul Salvador Illa (que, con gran simbolismo anticipador, había recibido antes a León XIV en la puerta de una prisión; quién sabe, quizás el próximo hogar de muchos de ellos). Sánchez, es bien sabido, tiene alergia ideológica a los funerales de Estado y actos católicos, pues en su estrategia polarizadora el catolicismo es fe de fachas. Así que su presencia debe interpretarse como muestra de desesperación: esta vez su presencia quedaba plenamente eclipsada por la del Papa y los Reyes. Pero tampoco podía dejar de ir.

La razón es que si bien España dejó hace mucho de ser un país abrumadoramente católico, lo sigue siendo en la desatendida dimensión cultural: los muchos siglos de militancia católica han dejado una profunda impronta colectiva. Incluso los anticatólicos furibundos siguen anclados, sin saberlo, en actitudes mentales religiosas a veces extremistas, como la concepción dogmática de las creencias y el desprecio de la libertad de conciencia.

Cualquier partido que aspire a mandar no puede ignorar este hecho subterráneo, resumido en la famosa frase de aquel liberal desalentado: los españoles siempre detrás de los curas, o con un cirio o con un palo. Pero siempre con curas, católicos o anti. Como aquel campesino anarquista que espetó a un predicador protestante ilusionado: “Mire usted, si yo no creo en el Dios verdadero, menos voy a creer en el suyo, que es falso”.

La corrupción sistemática

Este profundo sustrato explica que León XIV viniera a España con la intención de poner a la Iglesia en el centro del debate político, pero como un centro moral equilibrado entre extremistas fanatizados. Por eso ha hablado poco o nada de moral sexual, a diferencia de Juan Pablo II, y por lo mismo ha evitado aludir al cáncer de la corrupción sistémica para no parecer partidista, centrándose en que el catolicismo ofrece a la democracia liberal crítica moral -contra el aborto y la eutanasia-, pero constructiva. Una crítica contraria a los excesos woke de raíz protestante, sean de extrema izquierda o extrema derecha, como la conversión del aborto en la identidad femenina esencial, o la inmigración en demonio invasor del mundo cristiano que exige una cruzada.

Parece haberlo conseguido, aunque evidentemente la bipolarización no va a desaparecer y el separatismo menos aún, como tampoco las siete plagas de las políticas identitarias. León XIV se ofrece como garante de una modernidad continuista, que preserve la tradición moral premoderna (y a veces antimoderna) contra el relativismo posmoderno. Más o menos, lo que Ratzinger ofrecía a Habermas en su famoso diálogo teológico-político: renunciar a los excesos seculares y teológicos.

La capacidad de adaptación de la Iglesia de Roma es ejemplar. En 1864, el rencoroso Pío IX publicaba el Syllabus errorum, donde condenaba por anatema todos los “errores modernos”, del laicismo y la ciencia al divorcio y todas las ideologías modernas, pero sobre todo la separación de Iglesia y Estado. Hoy, y mientras Trump se rodea de predicadores y rezos ostentosos en la Casa Blanca, León XIV ofrece esa separación como garantía de neutralidad y fuerza ética para ponerse al frente del renacer de la espiritualidad en una sociedad desencantada con el materialismo vulgar.

El patinazo de Sánchez

Sánchez, como la paleoizquierda, no es laico, sino un anticlerical intolerante que no acepta más iglesia que la suya. Pero quería explotar en su propio beneficio a León XIV como adversario de Donald Trump, y así presentarse como su igual dentro de una presunta alianza España-Vaticano en defensa del derecho internacional y demás zarandajas propagandísticas. Se ha encontrado con algo diferente y nada beneficioso: el Papa pone distancia con los extremos, rechaza la bipolarización y propone llenar el hueco abierto por ésta con moralidad, tolerancia cultural y religiosa en sus propios términos (obviamente, la Iglesia no renuncia a pretender ser faro moral del mundo). Un ejercicio de cintura muy católico-romano y una estrategia inesperada que puede cambiar algunas cosas.