Ignacio Camacho-ABC

  • Estos días ha pasado algo. Quizá la intuición colectiva de un liderazgo, de un mensaje moral capaz de vencer el desencanto

La visita del Papa ha sido larga pero ha dejado tantas escenas inéditas que dan ganas de pedirle que la extienda. Como el replicante de ‘Blade Runner’, hemos visto cosas que nunca creeríamos que sucederían en su presencia. Hemos visto a la extrema izquierda y a la extrema derecha aplaudir juntas en el Congreso un discurso que contenía severas reprimendas. Hemos visto a la antigua editorialista del periódico de ETA saludar al Pontífice con media reverencia. Hemos visto una Barcelona esplendorosa que recordaba en eficacia y en belleza aquella ciudad olímpica que asombró al planeta. Hemos visto a Sánchez escuchar una misa que se negó a organizar por los miles de muertos de la pandemia. Hemos visto a medio millón de jóvenes guardar media hora de silencio y oración bajo las estrellas de la noche madrileña. Hemos visto a multitudes gigantescas conmovidas por el mensaje humanista del jefe de la Iglesia. Hemos atisbado, en fin, una inesperada y probablemente pasajera atmósfera de respeto y convivencia.

Estos días ha pasado algo. Y no sólo en la esfera dirigente, cuya tregua de enfrentamiento responde al oportunismo de un simulacro, al interés por arrimarse al foco mediático con la apariencia sosegada y bonancible de quienes nunca han roto un plato. Ha habido una patente, casi palpable oleada emocional capaz de sacudir la conciencia de enormes masas de ciudadanos –católicos, indiferentes, escépticos– en torno a la intuición de haber encontrado las cualidades morales de un verdadero liderazgo. Ese entusiasmo revela el sentimiento de orfandad de buena parte de la opinión pública española ante un panorama institucional devastado por la polarización y la dialéctica de bandos, desierto de estímulos constructivos, vacío de esperanzas, podrido de escándalos. De repente, mucha gente ha identificado en la palabra mediadora y fraternal de León XIV el consuelo necesario para atravesar este páramo de incertidumbres colectivas sin miedo al descalabro. Como si hubiera recibido una inyección de ánimo.

Todos sabemos que será un espejismo. Que en cuanto levante el vuelo camino de Roma el avión pontificio, la sociedad regresará a su pasatiempo favorito, el de la discordia civil y el cainismo político. Que la tolerancia, el diálogo y la concordia quedarán de inmediato relegados al olvido, arrumbados como muebles antiguos en el desván de los conceptos prescritos. Que los adversarios volverán a verse como enemigos enzarzados en un combate de agravios recíprocos. Que nadie, ni arriba ni abajo de la pirámide social, se sentirá concernido por la responsabilidad de cerrar conflictos ni por los llamamientos a eludir antagonismos divisivos. Sabemos incluso que si el Santo Padre prolongase su estancia acabaría por aburrirnos. Y sin embargo, vamos a echar de menos este efímero soplo de grandeza de espíritu. Y tal vez quede un leve atisbo, un rescoldo de buena voluntad capaz de empujarnos a mirar dentro de nosotros mismos. Aunque sólo sea para aceptar la posibilidad de que exista un camino distinto.