Ignacia De Pano-Vozpópuli
- El mundo, que esta vez sí estaba mirando, se libró de un capítulo más de la brasa infinita de esta panda que ha protagonizado tantos episodios los últimso años
La nota que acompañaba a la estelada era un perfecto ejemplo de la presión que el independentismo minoritario ha ejercido y sigue ejerciendo sobre la mayoría no independentista. A primera vista parecía respetuosa con la libertad de los cantantes, pero en realidad les forzaba a dar un paso que muchos consideraban impensable: ni más ni menos que boicotear la inauguración de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia y contaminar de política un acto religioso de trascendencia mundial. Para todos ellos, la ocasión era histórica e irrepetible. Llevaban meses ensayando, las últimas noches no habían conseguido conciliar el sueño, la ilusión era inmensa. Pero el texto que tenían ante sus ojos, redactado con la untuosidad del iluminado que se cree por encima de todos y de todo, no dejaba lugar a dudas. El momento sublime para el que con tanto esfuerzo se habían preparado se iba a malograr por culpa de unos cuantos.
“Dentro de esta partitura hay una estelada apaisada de tamaño A-3. Por favor, guárdala discretamente con las otras partituras hasta el final de La Misa. SI QUIERES, cuando empiece el Virolai, la sacas y la pones en horizontal, detrás de la partitura. Hasta ese momento, por favor, no hagas nada. Si no quieres hacerlo, por favor, no lo hagas…Cuando acabe el virolai, los que queramos cantaremos Els Segadors. Cuando se acabe la obra con las velas, en el mutis final, los que queramos, gritaremos in-inde-independencia”.
Los cantantes entendieron de inmediato que esas llamadas a la libertad individual, aparentemente respetuosas, eran falsas. Bastaría únicamente con que uno de ellos sacara la estelada para que de la inauguración de la torre en presencia del Papa solo se recordara el hedor que el independentismo deja tras de sí cuando parasita algo bello.
Cambio de planes
Pero esta vez no les salió bien. Una parte del coro avisó de lo que se estaba preparando a la Policía Nacional y el intento de boicot fue abortado con gran eficacia por parte de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado encargados de la buena marcha de la ceremonia. Los espectadores que estaban asistiendo en directo y a través de los medios de comunicación al magno evento ni siquiera llegaron a darse cuenta del cambio de planes. Los escolanets salieron solos a cantar y las corales fueron sustituidas por una grabación. El mundo, que esta vez sí estaba mirando, se libró de un capítulo más de la brasa infinita que ha definido la vida política de Cataluña durante últimos veinte años.
Si he usado el pretėrito perfecto en vez del presente es porque algunas cosas han cambiado en este tiempo. No solo que parte de los cantantes se sacudiera el miedo y se atreviera a denunciar sobre la marcha el intento de boicot, aún a costa de perder una oportunidad única en su vida, sino porque en las imágenes que se vieron al día siguiente de la expulsión de los coros las cabezas canosas eran mayoritarias. Eran coros compuestos, en su mayoría, por gente mayor.
El procés fue, en su marcha cotidiana, asunto de las clases pasivas. Jóvenes estudiantes que dejaron de estudiar y ancianos jubilados que volvieron a sentir en sus venas el furor revolucionario de sus días de juventud se encontraron en las calles con una sola idea en común: Hacer la vida imposible a la parte de la población que tenía que trabajar para sacar al país y a sus familias adelante. Los CDR y los yayoflautas fueron la clase de tropa de una revuelta de gran componente psicopatológico. Cuantas más carreteras y más vías cortaban, cuantas más manifestaciones de antorchas celebraban con el fervor fanático de la Alemania de los años 30, más crecía en ellos un furor inútil que les llevaba a repetir una y mil veces las mismas consignas y a celebrar de forma enfermiza las mismas derrotas. Hoy, diez años después del referéndum, muchos de aquellos viejos temibles ya no están, y los jóvenes a los que envenenaban ya no pueden dedicar sus mañanas a hacerles la vida imposible a los demás por la sencilla razón de que ahora son ellos los adultos que tienen que trabajar.
A solas con su fracaso
Los cantores, representantes perfectos del yayismo separatista que quisieron secuestrar la libertad de todos sus compañeros para montar el enésimo numerito fracasaron de forma rotunda, y el tiro en el pie, tan metafóricamente indepe, fue de los que impiden volver a caminar durante mucho tiempo. Se quedaron sin cantar, sin inaugurar la torre y sin ver al Papa. Ya no podrán contar nunca que estuvieron ahí esa noche emocionante, y cuando los medios de comunicación de la esfera independentista dejen de hacerles caso, se quedarán a solas con su fracaso y su impotencia, y con ese sabor amargo que dejan en la boca las derrotas autoinfligidas y al que son mórbidamente adictos.
Una cantante mandó un audio de WhatsApp a un grupo de amigos desde el metro volviendo a casa. En él explicaba lo acontecido con la rabia de quien se ha visto privada del cumplimiento de un sueño. Hablaba al micrófono de su teléfono entre sollozos, con el ruido del tren de fondo, harta de la permanente dictadura de una minoría que se dedica a fastidiar a los demás con mucho alarde de superioridad moral. No hubo en su desahogo alegatos contra la policía sino contra los promotores del plan, culpables y víctimas de sí mismos, culpables y victimarios de los demás.
Hay algo muy sano en esa rabia contenida y en ese hartazgo generalizado. Que algunos componentes del coro se atrevieran a dar la voz de alarma es un soplo de aire fresco en un ambiente donde desde hace mucho tiempo todas las ventanas están cerradas. Se sacrificaron por la buena marcha del acto, pero no renuncian a su furia posterior. Esa furia a la que debemos asirnos todos para no dejarnos manipular más.