Gorka Maneiro-Vozpópuli
- Sánchez y su camarilla han llegado más lejos que nadie, hasta dar la sensación de que es una auténtica mafia
Este es el argumento principal de los socios de izquierdas de Sánchez, aunque prefieran verbalizarlo de un modo menos obvio pero igual de vergonzoso: «Mejor que se mantengan nuestros corruptos en el Gobierno de España a que llegue la derecha», por muy democrática que pueda ser la alternancia política que ellos en el fondo niegan, porque la derecha no tiene derecho a gobernar España, para lo cual valen las malas artes y la mala política como, por ejemplo, proteger a los corruptos y a los presuntos delincuentes. Muchos ciudadanos piensan de forma semejante, razón por la cual el PSOE, a pesar de venir cosechando en las sucesivas elecciones que se celebran y en las encuestas que se realizan los peores resultados de su historia, no termina de hundirse del todo. Junts y el PNV son más sutiles ya que, aunque no quieren ir con Vox ni a la vuelta de la esquina, tampoco quieren que la corrupción socialista les afecte, y porque, en el fondo, lo que les gustaría es que el PP dependiera de ellos para gobernar, próxima estación electoral a la que aspiran que, sin embargo, la fortaleza de Vox frustrará.
A propósito de la corrupción, hay quien piensa que el problema de fondo no es tanto el comportamiento individual de nuestros representantes como el sistema político español en sí mismo, que blinda una oligarquía partidista, facilita las corruptelas e impide, en última instancia, una democracia plena. O sea, que los partidos tienen como objetivo último beneficiarse a sí mismos y perpetuarse, lo cual sería posible gracias a una especie de pacto soterrado e invisible que, además, trataría de impedir las reformas que España necesita y echar del sistema o impedir su entrada a nuevos actores políticos que pretendieran una reforma del sistema nacido de la Constitución del 78 y una regeneración política y moral de la vida política. Según esta idea, que denuncia algunos hechos que no pueden negarse, el blindaje de la oligarquía está vigente en todo Occidente, razón por la cual que nos quejemos de las joyas de Zapatero, de las andanzas de Leire, de los tejemanejes corruptos de Ábalos o Cerdán o de la posible financiación ilegal del PSOE es irrelevante, porque hechos semejantes ya ocurrieron en el pasado y, si no se resuelve el problema de fondo, volverán a suceder en el futuro. Así, la ciudadanía sería víctima de los partidos del régimen y, lo perciba o no, se encuentra atada de pies y manos. Por tanto, clamar al cielo o quejarse por la mafia que nos gobierna hoy día no es sino una pérdida de tiempo que nos desvía de lo realmente importante: hay acabar con el sistema vigente… y con la oligarquía partidaria para, a continuación, devolver el poder al pueblo.
Ignorancia e infantilismo
Según esta teoría, y por centrarnos en España, no hay división de poderes, ya que el poder legislativo elige al poder judicial, y el poder ejecutivo se inserta en el legislativo. Además, nuestros representantes no rinden cuentas. Es decir que, elegidos nuestros representantes y elegido por nuestros representantes el presidente del Gobierno de España, no hay forma democrática de echarlos, por muchas barrabasadas que cometan o por mucho que gobiernen contra los deseos del pueblo, salvo esperar a la nueva celebración electoral, momento en el cual se volvería a renovar la aristocracia partidaria que permitirá la perpetuación del régimen, sea con unas mayorías o con otras, lo cual no tiene especial relevancia, dado que las grandes decisiones serán las mismas. Los diputados, además, no hacen sino votar lo que su partido les dicta, independientemente del interés general, en lugar de presentarse individualmente ante su distrito electoral y, a continuación, no sólo responder de sus electores sino dejarse gobernar por ellos. Siendo esto así, preocuparnos por lo que ocurre en el día a día no es sino muestra de infantilismo, ignorancia e inmadurez, dado que, en el fondo, si no se cambia el sistema, no resuelve nada. Y se nos recuerda, como para relativizar la corrupción actual que afecta al Gobierno de España, al PSOE o a Sánchez, los casos pasados que afectaron a González, a Aznar, a Zapatero o a Rajoy… y los que vengan en el futuro. Así, votar a unos u a otros es casi irrelevante porque todos ellos se protegen a sí mismos y obedecen al mismo amo.
Algunas de las críticas que esta teoría realiza al sistema son objetivamente impecables: por ejemplo, el hecho de que no hay verdadera separación de poderes o la relevancia que la Constitución del 78 concedió a los partidos, como forma de garantizar la mayor estabilidad posible. Y que los partidos piensan fundamentalmente en sí mismos para beneficiarse y perpetuarse es una verdad como un templo, como el hecho de que, en una mayoría de casos, los militantes no son sino marionetas en manos de sus organizaciones, a las que rinden pleitesía y obedecen, bien para seguir siendo cargos públicos o para comenzar a serlo.
Reformas del sistema
Sin embargo, además de que su enmienda total al sistema sólo puede llevarnos a la inacción o a la melancolía, algunas de las reformas que se proponen son inconcretas o incluso contraproducentes; o, vistas lo que provocan en otros países, inútiles o irrelevantes. O sea, que no nos salvarán las grandes soluciones mágicas (populistas) que algunos proponen, sino las progresivas reformas del sistema para garantizar la separación de poderes, el fortalecimiento de los contrapoderes, más transparencia en la toma de decisiones, más control del dinero público… y más educación para la ciudadanía, de modo que no nos parezca, por ejemplo, que la corrupción «propia» es menos grave que la «ajena». Y ni los referéndums ni la democracia directa iban a resolver casi ninguno de nuestros males, tal como la teoría propone, y mucho me temo que podría empeorar muchos de los que ya padecemos. Además, la Constitución Española ya prohíbe el mandato imperativo y nuestros representantes deben tener la capacidad de convencer y dejarse convencer en las Cortes Generales, por lo que proponer que respondan obstinadamente a lo que sus votantes esperan es, en muchos casos, un despropósito.
Pero es que además no todas las corrupciones son la misma ni, desde luego, tengo la obligación de recordar que ya hubo corrección antes o que seguramente la habrá luego para denunciar la que ahora existe. Que a veces es lo que intuyo que algunos pretenden, especialmente cuando la corrupción la protagoniza la izquierda.
Yo más bien pienso que, independientemente de que el sistema actual sea mejorable, debemos seguir pidiendo cuentas a nuestros representantes (y, a la vez, seguir exigiendo las reformas que España necesita) y censurar todas las corrupciones que se produzcan, independientemente de sus autores. Y la que padecemos ahora es la más grave que hemos padecido, no sólo porque es la que estamos sufriendo ahora, sino porque Sánchez, el peor de nuestros presidentes, y su camarilla han llegado más lejos que nadie, hasta dar la sensación de que es una auténtica mafia la que nos gobierna. Además, nadie antes dio muestras de estar dispuesto a llegar tan lejos para perpetuarse y, de paso, protegerse de la acción de la Justicia; hasta el punto de que crece la desconfianza en relación a las medidas políticas que pueda tomar para condicionar el resultado de las próximas elecciones generales, permanecer en la Moncloa y evitar la cárcel. Deberemos estar atentos para que eso no ocurra.