Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Estos bastardos de la anti Ilustración sólo creen en el progreso de su codicia e impunidad
Zapatero es una cumbre de lo peor elevado a las alturas del poder. Ya lo sabe todo el mundo, menos la secta de la superioridad moral, sin duda la secta más extendida, invasiva y poderosa de esta época. Como Zapatero sigue siendo miembro principal de la secta, no habrá ninguna crítica de fondo, como no la hubo para los del gobierno González condenados por corrupción y terrorismo. Como mucho, lamentarán la torpeza inesperada de su referente moral, que se ha dejado pillar. ¿Pero cómo llegó a serlo un patán y bandido semejante?
Todo es bueno para el convento
Cuando Zapatero protesta que él no ha hecho nada malo, el mismo argumento de Cerdán, Ábalos, Díez y compañía, no es solo una legítima estrategia de defensa. Es algo más, es la expresión de que, si perteneces a la secta y trabajas por ella, quedas automáticamente absuelto de cualquier exigencia moral y política, no importa la gravedad de la fechoría. La actitud de la secta es exactamente aquella del cuento popular del fraile sorprendido llevando una puta al hombro; cuando le pidieron explicaciones, dijo aquello inmortal: “¡todo es bueno para el convento!”
A la gente con sentido de la decencia y discernimiento ético -esa minoría- le escandaliza que la defensa de Zapatero se base en tratar de invalidar las pruebas, no en refutar los hechos. Si el expresidente es sorprendido con joyas escondidas que valen millones, la cuestión no es su procedencia, sino si el delito de contrabando ya ha caducado, procesalmente hablando. Más allá de si esa estrategia es la mejor para el acusado, también significa que a sus seguidores más devotos -para la secta- la procedencia de las joyas no tiene importancia alguna.
Según resumió con asombroso impudor el exministro Miguel Sebastián, el problema no es recibir sobornos o quedarse regalos no autorizados -lo hace todo el mundo, dice el listo inútil (así lo han llamado)-, sino que te pillen. Escandalizarse del delito es, añade, pura hipocresía. Norma de la secta: la moral y la ética están para burlarlas en la realidad e invocarlas en el papel mojado de los códigos de buenas prácticas (incompresiblemente, aún hay gente inteligente que les da valor).
El problema es que te pillen
Desde el punto de vista ético, las falacias de la secta tienen mucho interés. Componen una tautología (nosotros somos los buenos porque somos buenos) con petición de principio (ser bueno es ser de los nuestros) y argumentación circular (los buenos somos nosotros porque estamos con los buenos). ¿Y qué es hacer el bien?: pues hacer lo que nos venga mejor. Como los supuestos objetivos de la secta son éticamente sublimes, cosas como la igualdad abnegada, el amor al pueblo de los pobres y la virtud altruista -aquello de Zapatero: “socialista es quien da mucho y pide poco”-, cualquier cosa perpetrada en la consecución de tan elevados objetivos es automáticamente buena, aunque figure en el Código Penal. El único problema es que te pillen, pero para eso están las Leires y sus sicarios.
Así que la moral de la secta consiste en rechazar cualquier moral que prohíba ciertas acciones, y la buena ética consiste en justificar tal derogación de la moral. Esta secta es la paleoizquierda, aunque sus anti principios también se aplican al utilitarismo (lo útil es bueno) y a la tecnocracia (si funciona, es bueno). La raíz común es creer que el verdadero deber consiste en incumplir el deber teórico. A Kant se le habría caído la peluca, porque creía en el progreso moral y político mientras que estos bastardos de la anti Ilustración sólo creen en el progreso de su codicia e impunidad.
Incumplir la moral que se dice asumir es tan viejo como la humanidad. El truco de que incumplir todas las reglas es la verdadera moralidad superior es el secreto de la popularidad de esta ética sectaria. Si para conseguir los objetivos hay que mentir, robar y traicionar, pues se miente, roba y traiciona. ¿Qué nos hace más iguales que ser igual de malos que los peores? Y si uno no se atreve por sí mismo, más admirará al osado. Bandidos y estafadores, incluso asesinos y terroristas, siempre han gozado de popularidad entre los débiles, cobardes y resentidos. En esto, Nietzsche acertaba.
Derecha tradicionalmente acomplejada
España era, hasta hace poco, un país que se reconocía mayoritariamente de centro izquierda. Parece estar cambiando en las nuevas generaciones, pero ha sido el sentimiento político-moral dominante durante años. La derecha siempre ha estado acomplejada por no saber defender su moral -de tenerla, porque eso la ha debilitado-, ha preferido imitar a la izquierda en eso llamado cultura, y en los casos más degenerados, como el del PNV, ha transitado de más o menos una democracia cristiana separatista a las políticas de extrema izquierda populista.
El secreto del éxito de la falsa superioridad moral de la paleoizquierda estriba en que cuando alguien simpatiza con la igualdad, con ayudar a los débiles o con la seguridad social (ese invento legal del reaccionario Von Bismarck), se crea de izquierda, y por tanto proclive a justificar a la secta, hasta que la pestilencia de la podredumbre se hace insoportable. Veamos dos buenos ejemplos: el actor y director Santiago Segura, y el exministro e intelectual socialista César Antonio Molina.
Tras recibir ataques sincronizados de la izquierda cultural por sus películas políticamente incorrectas, Santiago Segura intentó defenderse -creo que sin necesidad- diciendo que él es de izquierdas, pero de una izquierda histórica decente y ajena al wokismo -como su trabajo-, lejos de la corrupción y sectarismo delirante de la gubernamental. La excusa demuestra lo difícil que sigue siendo hacer algo en la industria cultural si se rompe públicamente con la izquierda, moderada o no. Para la secta, esto es lo único verdaderamente imperdonable.
César Antonio Molina, exministro de cultura de Zapatero, ha publicado unas memorias sin desperdicio de las que emerge la imagen de un gobierno grotesco. También los buenos “gestores”, como Solbes o el propio Molina, se plegaban a las exigencias de esa inenarrable nulidad llamada José Luis Rodríguez Zapatero. En la secta, y puesto que no hay diferencia entre bien y mal, sumisión y servilismo son esenciales. Molina, es de agradecer, ha roto y se arrepiente de no haber testimoniado antes con claridad. Quizás saberlo antes no habría cambiado mucho las cosas -otros advertimos hace mucho contra Zapatero, inútilmente-, pero mantener el secreto es la omertá de la secta, que también es una mafia.