Ignacio Camacho-ABC

  • Un artefacto político así no se proyecta ni se monta por la decisión autónoma de un par de fulanos de luces bien cortas

La Cloaca Máxima, construida por el rey etrusco Tarquinio Prisco en el siglo VI antes de Cristo, aún sigue funcionando para verter las aguas de lluvia al Tíber junto al puente Palatino. Los romanos tenían incluso una deidad, Cloacina, con su propio santuario para rendirle culto específico. Cloacina vendría a ser algo parecido a la X de las alcantarillas del sanchismo, el numen inspirador de la ingeniería hidráulica que protegía la urbe como la trama de Cerdán, Leire y compañía tutelaba los intereses de su jefe político a través de una red de cañerías de chantaje articulada en el subsuelo del partido. El método es bien antiguo: buscar trapos sucios, reales o ficticios, de la justicia, la policía y el periodismo para canalizarlos hacia el río del aparato propagandístico.

Esa cloaca fue diseñada como instrumento de salvaguarda de Pedro y sus familiares más cercanos, justo en los días de ‘reflexión’ posteriores a la imputación de Begoña en un juzgado. Sólo almas muy cándidas o poseídas por un espíritu de sectarismo extraordinario podrían creer que semejante artefacto pudo armarse sin autorización o conocimiento de la persona que ejercía y continúa ejerciendo el supremo mando orgánico además del poder ejecutivo del Estado. Cerdán pagaba las facturas y Leire hacía el trabajo con ayuda de algunos picapleitos expertos en esa clase de apaños, pero el tinglado sólo tenía un beneficiario cuyas iniciales coinciden con las que la fontanera dejó apuntadas varias veces en su agenda de mano.

Como en todo delito existía un móvil, una oportunidad y unos medios. El primero era la defensa del presidente; la segunda, el momento en que el líder y su entorno directo se veían en aprietos y Moncloa dio la orden de cerrar filas y abrir cortafuegos. Y los terceros los ponía la estructura de Ferraz a disposición de la brigadilla de subalternos ansiosos de hacer méritos o de prestar servicios que encubriesen sus propias actividades de enriquecimiento secreto. A ello hay que añadir el clima de impunidad reinante en un marco institucional sometido por entero al criterio y la dominancia exclusivos del Gobierno. Había motivo, había ocasión, había tiempo y había dinero. El perfecto cóctel de circunstancias estratégicas para planear un montaje encubierto.

Si las siglas P. S. u otras alusiones similares –el ‘one’, etc.– correspondieran a un ciudadano no aforado es bien probable que ya hubiese sido como mínimo llamado a declarar en los tribunales. En términos jurídicos y/o penales no basta con esos indicios para presumir culpabilidades, pero en política no hay nadie que ignore la autoridad absoluta de Sánchez sobre el PSOE, el Consejo de Ministros y toda la inmensa maquinaria de poder que dirige con el carácter imperativo de un caudillaje. Esa Cloaca Máxima no se pudo proyectar por la decisión autónoma de unos fulanos de escasas luces intelectuales. Y aun si así fuera, ocurrió demasiado cerca del César para que finja no enterarse. Concretamente bajo su estricto ámbito de responsabilidades.