Mikel Buesa-La Razón

  • Unas veces de manera parsimoniosa y otras en tono revolucionario, la sociedad y la economía están en constante transformación

El debate económico está tan envuelto de predicciones que, finalmente, sólo afloran los números y se desvanecen las ideas. Lo malo es que tales guarismos rarísimamente aciertan; y si se toman como guía, seguramente alimentarán decisiones conservadoras, ajenas a la dinámica del cambio social. La razón de esto es bastante simple y está escrita desde hace tres milenios en el Eclesiastés. Allí el rey Salomón señaló que «lo que ha sido, será», antes de añadir que «nada hay nuevo bajo el sol». Tal es la idea germinal de la que emergen aquellos vaticinios, pues así lo determinan los modelos econométricos de los que surgen como resultado, renovándose cada trimestre si los datos que los alimentan dan ocasión, arrastrando, eso sí, el margen de error al que inevitablemente está sujeta toda estadística, así como la inamovible estructura subyacente en ellos. Sin embargo, unas veces de manera parsimoniosa y otras en tono revolucionario, la sociedad y la economía están en constante transformación. Ciertamente, los citados modelos se reajustan de vez en cuando, casi siempre tarde porque hasta que afloran numéricamente esas mutaciones pasa el tiempo. Recuerden los lectores la paradoja que formuló Robert Solow –a quien se concedió el premio Nobel de Economía– cuando observó, allá por los años ochenta, que «los ordenadores están por todas partes menos en las estadísticas oficiales de productividad»; lo mismo que pasa ahora con la IA. Como consecuencia, los predictores yerran, como nos recuerda recurrentemente, en España, la «Diana Económica de Esade». Pero eso, al parecer, no importa porque sus números son el fetiche que rellena los medios de información y sirven para el elogio de los gobernantes: «qué bien lo hacen», se dice la gente corriente, aunque su vida siga inalterada. Ésta no se pregunta lo elemental, como hizo hace años Deirdre McCloskey en su libro sobre la «Retórica de la Economía»: «Si sois tan listos –les dijo a los macroeconomistas– ¿por qué no sois ricos?». Claro que una cosa es predicar y otra dar trigo. Todo ello hace que los pronósticos se transformen en augurios de un mundo mejor o, a veces, peor, siempre por causas ajenas e ineludibles. Y así, acabamos todos contentos, aunque, como dijo el Roto, «nos estén jodiendo».