- Nos sobran informes sobre dónde estamos y qué opciones tenemos. Sin embargo, nuestros dirigentes continúan chapoteando en sus miserias y las ciudadanías, huérfanas de élites y proyectos, se entregan a alternativas no contrastadas. Estamos jugando con fuego y el riesgo de quemarnos es creciente
Hay momentos en que resulta muy difícil mantener la fe en Occidente, en ese espacio geográfico, histórico y cultural del que formamos parte y que, durante siglos, fue la locomotora del planeta. Los españoles podemos estar hastiados, avergonzados e indignados con nuestra clase política, últimamente más con los restos del Partido Socialista, pero el espectáculo que estamos condenados a presenciar a nuestro alrededor no es mucho mejor. Sabemos que estamos viviendo un cambio de época, que tenemos que ser capaces de adaptarnos a unas nuevas circunstancias sin perder el extraordinario acervo de nuestra historia común, con sus aciertos y sus fracasos. Pero ¿cómo podemos confiar cuando tenemos que asistir a representaciones tan groseras?
El inefable Trump tuvo a bien comunicarnos su victoria sobre Irán, expresada, cual acta notarial, en un preacuerdo por el que renunciaba a forzar un cambio de régimen, el fin del programa nuclear iraní, el control de su programa armamentístico y la disolución del Eje de Resistencia. Más aún, aceptó la exigencia de un alto el fuego en El Líbano, aunque Israel no era potencia signataria. Israel está en el Líbano porque sufre constantes ataques de Hezbolá, una milicia creada y parcialmente dirigida por Irán. Gracias al preacuerdo hábilmente negociado por Trump, Irán tendría la capacidad de impedir que Israel ejerciera su derecho a la legítima defensa. Cuando en la Casa Blanca cayeron en la cuenta del pequeño desliz, tuvieron la osadía de exigir a Teherán que controle a Hezbolá, razón más que justificada para que en un arranque de dignidad sus delegados se levantaran de la mesa de negociación. ¡Hasta aquí podíamos llegar! Ese es el Estados Unidos de nuestros días, el líder natural e incontestable de Occidente. En esas manos estamos.
Mientras tanto, las autoridades europeas continuaban con los trabajos dirigidos a constituir una unión autónoma, capaz de responder tanto a los retos de la Revolución Tecnológica como a la orfandad del «protectorado» norteamericano. La Comisión, animada por Francia, presentaba un plan de contención frente a los productos chinos. Recordemos que hace años que reconocimos que representaba un «reto sistémico» al que había que hacer frente. Pues bien, el Consejo no ha sido capaz de fijar postura y nuestro presidente, rompiendo una vez más la línea política oficial, apuntó que había que tratar a China considerando que era un «aliado potencial». ¡Eso sí que es hacer Europa! Una Europa que quiere ser actor global, pero que no es capaz de fijar una política coherente con una de las dos únicas grandes potencias de nuestro tiempo.
La guerra de Ucrania va para cinco años, con el frente estabilizado. Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, en un momento de obnubilación a todas luces injustificable, concluyó que su puesto le capacitaba para abrir una vía diplomática discreta con Putin para iniciar una negociación. Macron y Metz se lanzaron contra él, dejándole claro que más Europa significa que las potencias tradicionales –Francia, Alemania y Reino Unido– son las únicas que están en condiciones de hablar en nombre de todos con Rusia. Como era previsible, una buena parte de los presentes ni acabaron de entender la audacia de Costa ni el sentido europeísta franco-alemán. Tras años de guerra, todavía no hemos sido capaces de decidir quién es el interlocutor que nos representa.
En paralelo, Francia, siempre Francia, ha cuestionado abierta y públicamente el papel de la vicepresidenta de la Comisión y del Servicio Exterior de la Unión. Que no funcionan correctamente es una obviedad, porque su diseño es de trazo grueso. Todo lo que se refiere a la acción exterior de la Unión está, por principio, en construcción. Es el último reducto de la soberanía de los estados y, por ello, la meta a alcanzar por parte de la Comisión y de los federalistas. El momento elegido ha sido una oportunidad para mostrar al mundo nuestras miserias y debilidades. Tras el fracaso del FCAS, Francia vuelve a mostrar músculo destruyendo más que construyendo.
En todas estas cumbres España gana puntos. No está dispuesta a invertir en defensa lo acordado, considera que China no es un «reto sistémico», sino un «aliado potencial» y da abiertamente la espalda a los acuerdos sobre migraciones con regularizaciones y concesiones de nacionalidad extraordinarias. La Comisión no tiene competencias al respecto, pero las fronteras están abiertas y quien entra por España puede acabar en cualquiera de los restantes estados de la Unión. La bronca no es menor y el tema será tratado en detalle en la próxima sesión del Consejo.
Con este panorama, ¿cómo no van a crecer alternativas antisistema? Los veteranos como yo podemos instalarnos en el cinismo, pero los jóvenes no tienen esa opción. Tienen que construir sus vidas y necesitan opciones atractivas tanto en el plano personal como en el profesional. Los norteamericanos ya están descubriendo que apostar por Trump fue un error. Sin duda lo fue, pero eso no quiere decir que tras él se vuelva a formatos más clásicos. Abelardo de la Espriella se ha impuesto a Cepeda en Colombia, dos personajes extremos porque los clásicos ya no son creíbles. Macron dejará pronto el palacio de El Elíseo y lo más probable es que quien lo ocupe no proceda de ninguna de las corrientes políticas tradicionales. Alternativa por Alemania tiene hoy, según los sondeos, una intención de voto del 29%, consolidándose como el primer partido de la República. En el Reino Unido, una clase política mediocre continúa el proceso de autodestrucción del sistema de partidos organizando un nuevo cambio de inquilino en el 10 de Downing Street.
Realmente en Occidente «no cabe un tonto más», como diría Federico. Nos sobran informes sobre dónde estamos y qué opciones tenemos. Sin embargo, nuestros dirigentes continúan chapoteando en sus miserias y las ciudadanías, huérfanas de élites y proyectos, se entregan a alternativas no contrastadas. Estamos jugando con fuego y el riesgo de quemarnos es creciente.