Ignacio Camacho-ABC
- La escena política española es una foto fija. La corrupción sanchista se ha convertido en un ruido de fondo, una rutina
Victimismo. Proclamas de ignorancia y de inocencia. Casos aislados. Piedras en el camino pero sigo siendo el rey, como en la ranchera (de Vicente Fernández, pura coincidencia). España va bien conmigo, y va a ir mejor. Cómo no voy a seguir, si el país me necesita para combatir la amenaza reaccionaria. Vale, algunos de los míos se han corrompido, pero sólo unos pocos y sólo un poco, casi nada. Yo nunca supe, nunca autoricé y Zapatero tiene toda mi confianza. Lo demás son bulos, fango, humo. Los jueces no son justos, mi mujer es una santa y si tiene que dimitir alguien, que dimita Ayuso.
Lo mismo que cuando lo de Cerdán hace un año. La única diferencia es que Pedro iba descorbatado. Nada ha cambiado con la cascada de imputaciones, la salida a la luz de las cloacas –¿qué cloacas?– o la sentencia de Ábalos. Los socios fingen una pizca más de indignación que entonces, aunque no piensan moverse un solo paso. Tampoco hay movimiento interno, el partido tiene prietas las filas y más allá de Page nadie va a cuestionar el liderazgo. Felipe González asegura oír pisadas de caballos, pero debe de tener el oído muy fino porque o son pocos o están aún muy lejanos.
La escena pública española es una foto fija. Alrededor de Sánchez van cayendo dirigentes presos o investigados por la Justicia, no hay Presupuestos desde 2023 y el Parlamento no legisla porque el Gobierno ha perdido la mayoría. La oposición continúa tan impaciente como impotente y la corrupción ha disparado el consumo de tertulias televisivas sin que produzca otro efecto en la ciudadanía que la pérdida de fe en la política. Como sucedió con las mentiras, la calle se ha acostumbrado a ver desfiles de reos en las noticias. El primero sorprende, el segundo indigna y a partir del tercero se convierten en rutina.
El presidente lo sabe. Toda su carrera de aventurero está basada en el descubrimiento de la impunidad social del fraude. Se empieza plagiando una tesis y si no pasa nada se abre todo un camino para apoderarse de los resortes del Estado y desarticular en provecho propio los mecanismos institucionales. La democracia tiene grietas porque parte de ciertos consensos morales y basta con saltárselos para prescindir del engorroso deber de asumir responsabilidades. Quizá llegue algún día, algún momento en que se acabe esa sostenida fuga hacia delante pero ya nadie le podrá quitar lo disfrutado y además quizás ocurra demasiado tarde.
Es cuestión de calibrar la relación entre coste y beneficio. El abuso de poder entraña una remota posibilidad de castigo pero mientras más largo sea el período de dominio más fácil resulta borrar las huellas de los delitos y en todo caso más lejos quedará el horizonte punitivo. Pedro ha actualizado a Maquiavelo –probablemente sin haberlo leído– y ha entendido que el populismo triunfa en una atmósfera civil de ausencia de principios. El resto lo hace la polarización, la invención de enemigos. Y con un poco de suerte, cuando descargue el diluvio presentido lo pillará a buen cobijo.