- La admiración por la falta de escrúpulos de Sánchez es un mecanismo clásico de defensa ante una humillación epistémica. Es la constatación de que uno se ha equivocado de forma profunda en su comprensión de la realidad.
Después de cada tormenta aparecen los caracoles cuernos al sol y tras cada sesión en el Congreso de los Diputados, los intelectuales, periodistas y escritores seducidos por el aura castigadora de Pedro Sánchez.
Son como quinceañeras arrobadas por el macarra de la moto.
«Lo que hay que reconocerle a Sánchez, te caiga mejor o peor, es que una y otra vez pulveriza a esta oposición de mamarrachos».
Me hace gracia lo de «te caiga mejor o peor» cuando estás dejando claro que a ti Sánchez te parece «el puto amo».
El caracol socialdemócrata no se moja, porque quiere disfrutar al mismo tiempo de los beneficios del monje y del libertino, de la virtud y del vicio, pero opina que Sánchez es «un figura» y los de la oposición, unos pobres memos que se merecen todo lo que les pase.
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Esto es lo que ha ocurrido, una vez más, tras el pleno del Congreso de los Diputados del pasado miércoles sobre los casos de corrupción que afectan al entorno del presidente del Gobierno.
El contexto es importante: estamos hablando del líder del gobierno sobre el que pesan más casos de corrupción de la historia de la democracia. El primer presidente del Gobierno que se ha atrincherado en el poder, desde este jueves oficialmente, en contra de la voluntad del Congreso.
Es decir, en contra de la soberanía nacional.
De esos tuits arrobados de admiración yo deduzco que algunos siguen creyendo ver en Pedro Sánchez a Pedro Médici Maquiavelo cuando el resto de los españoles sólo vemos a Pedro Saunas Adán.
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El problema de tratar al presidente del Gobierno como si fuera un villano literario de folletín es que sus víctimas son reales.
Y sus víctimas no son los políticos del PP, sino los españoles.
Decir que Pedro Sánchez, que cuenta con todos los recursos del Estado para ejercer el poder de forma autocrática, es una «eminencia» del tacticismo político, es la misma boutade que decir que un degollador del ISIS que acaba de rebanarle el pescuezo a un rehén tiene la misma destreza con el machete que Don Luis Pacheco de Narváez.
Y, lo que es peor, que su víctima es un pringao porque no ha sabido esquivar el tajo.
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En realidad, la admiración por la falta de escrúpulos de Sánchez es un mecanismo clásico de defensa ante una humillación epistémica.
Es la constatación de que uno se ha equivocado de forma profunda en su comprensión de la realidad.
Me explico.
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Los intelectuales suelen construir gran parte de su identidad alrededor de la idea de que ellos poseen una visión superior de la realidad política y humana.
Y esa superioridad depende de que el mundo sea, en lo fundamental, comprensible y predecible de acuerdo a sus prejuicios: las instituciones, la profesionalidad de la casta, la correlación de fuerzas, la cultura política, etcétera.
Pero cuando aparece en el escenario un tipo como Sánchez, es decir, un tipo vulgar, listo pero no inteligente, despiadado y amoral, pero exitoso, se produce una disonancia brutal:
1. O bien el sistema y las categorías del intelectual eran fundamentalmente erróneas.
2. O bien Sánchez es en realidad más sofisticado de lo que parece: un villano a la altura del Moriarty de Sherlock Holmes.
La segunda opción es psicológicamente mucho menos costosa para el intelectual y le permite conservar su autoatribuida superioridad moral.
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Elevar al mediocre oportunista a la categoría de «genio del mal» le permite al intelectual salvar su cosmovisión sin tener que aceptar que ha estado equivocado durante años sobre la naturaleza del poder, la calidad de las élites y el funcionamiento real de la democracia española.
Esto es un mecanismo de reducción de disonancia cognitiva muy potente.
Admitir «me equivoqué en el diagnóstico de fondo y el tipo de persona que puede llegar a dominar el sistema» implica una herida narcisista grave para alguien cuya autoestima está ligada a su presunta perspicacia intelectual.
Así que el intelectual racionaliza su lamentable diagnóstico sobre la realidad y convierte un hecho humillante («un tipo al que desprecio intelectualmente ha sometido al sistema de forma aplastante») en algo más noble o inteligible («es un profesional que torea con maestría»).
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El intelectual no niega los defectos de Sánchez (porque eso le haría parecer todavía más tonto de lo que es), pero niega su mediocridad radical.
Prefiere un Sánchez peligroso, pero competente, que un Sánchez peligroso e incompetente, pero que, aun así, ha triunfado.
Y todo ello, para proteger su estatus.
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Reconocer que uno ha sobreestimado la importancia de la sofisticación intelectual y subestimado la fuerza de lo vulgar, lo cínico y lo destructivo, implica aceptar una pérdida de estatus dentro de su propio grupo de referencia, que son el resto de los intelectuales, sus lectores, otros tertulianos y otros opinadores de salón.
Para el intelectual derrotado por la realidad y triturado por la evidencia de que un mediocre con ínfulas le ha pasado la mano por la cara es más fácil mantener la ficción de que «este sigue siendo un juego de élites».
Y entre esas élites, por supuesto, está él, que ve cómo se quema Roma mientras escribe «míralos, pobres idiotas, cómo corren».
En términos junguianos se trata de una defensa contra la sombra: el intelectual no quiere ver que el poder real puede estar en manos de fuerzas más primitivas, menos «civilizadas» y menos legibles para su aparato conceptual.
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Para ciertos intelectuales, aceptar que un vulgar advenedizo «se la ha metido doblada» al sistema (y a ellos mismos como analistas) es demasiado degradante.
Porque eso implicaría:
1. Que su inteligencia no les sirvió para anticipar lo que estaba pasando.
2. Que su cosmovisión (el régimen del 78, la Transición, el europeísmo civilizatorio, la política como ejercicio de profesionales) era una pamema.
3. Que la realidad es más estúpida, más cínica y más cruel de lo que sus teorías contemplaban.
Y de ahí la necesidad de elevar a los cielos a un mediocre: no por admiración, sino por autoprotección.
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Este fenómeno no es sólo individual. Tiene una dimensión generacional.
Los intelectuales que hoy admiran a Pedro Sánchez pertenecen a la generación que vivió la Transición.
Para esa generación, el régimen del 78 representó algo más que un sistema político: fue un relato de madurez colectiva. España salía del franquismo, entraba en Europa, construía instituciones democráticas y alcanzaba un cierto nivel de sofisticación cultural y política.
Muchos intelectuales de esa época dieron por sentada la idea de que la política española, con todos sus defectos, se movía dentro de parámetros relativamente racionales y que los actores relevantes eran, en última instancia, comprensibles dentro de un marco liberal-democrático.
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Las generaciones posteriores (especialmente las que se politizaron a partir de 2008-2011, la crisis económica, el 15-M, la irrupción de Podemos, de Ciudadanos y de Vox) tienen una experiencia vital muy distinta.
Han visto cómo ese sistema producía o permitía niveles altos de corrupción, precariedad, desafección y bloqueo institucional.
Han visto cómo Pedro Sánchez (un producto degenerado del propio régimen del 78 que, como todos los oportunistas, aspira a destruir el sistema que le creó para que nadie le haga la competencia) ha conseguido desmontar o tensionar partes importantes del consenso democrático sin que las élites intelectuales hayan logrado detenerlo o siquiera explicarlo de forma satisfactoria.
Para esos jóvenes, el «mundo que han creado» los intelectuales del 78 no es sólo un marco político: es un marco narrativo que no explica ya la realidad y que, además, sirve para proteger el estatus de quienes lo construyeron.
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Desde esta perspectiva, cuando un intelectual del 78 eleva a Sánchez a la categoría de genio de la política, la generación más joven lo lee como:
1. Una negativa a aceptar que su proyecto generacional ha sido superado por fuerzas que no encajan en sus categorías.
2. Una forma de seguir siendo relevantes: si Sánchez es un «genio», entonces sigue habiendo un juego al que ellos pueden jugar. Si es un vulgar egomaníaco que ha triunfado, entonces gran parte de su análisis de los últimos quince o veinte años queda obsoleto.
3. Una defensa del propio estatus generacional: admitir que el sistema que ellos construyeron ha permitido (o generado) un tipo de liderazgo tan degradado es reconocer una derrota generacional.
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Hay aquí un choque entre dos formas de entender el poder:
1. La visión institucionalista, positivista y culturalista de cierta intelectualidad del 78: el poder se ejerce dentro de marcos, con reglas (aunque flexibles), y los actores relevantes tienen un mínimo de sofisticación.
2. La visión más cínica, realista y «naturalista» de sectores más jóvenes: el poder es más brutal, más personalista y más dependiente de las carencias del sistema y de la psicología de masas.
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Cuando el intelectual del 78 convierte a Sánchez en un villano literario para que su mundo no se derrumbe, la generación que viene detrás lo recibe con una sonrisa burlona.
Esa generación lo interpreta como la negativa de esos intelectuales a reconocer que el mundo que ellos crearon ya no existe en los términos en que lo imaginaron, y que ha sido sustituido (o capturado) por algo más primitivo y más exitoso de lo que sus teorías contemplaban.
Generacionalmente, es la resistencia de una generación que invirtió su capital simbólico en un relato (el del régimen del 78) a aceptar que ese relato ya no describe la realidad y que ha sido superado por dinámicas que desprecian.
Elevar al mediocre es, así, una forma de esquivar la realidad. La realidad de que esos intelectuales se han equivocado más de lo que están dispuestos a admitir.
Sánchez es SU fracaso vital, no el nuestro. Y por eso lo halagan: en realidad, se están halagando a sí mismos.
Pero sólo están intentando ocultar su fecha de caducidad.