Francisco Rossel-El Debate

  • Si se valió de martingalas en una pandemia con casi 150.000 muertos para exonerarse del latrocinio, ahora Sánchez opera otro tanto al complicársele el horizonte penal como a su familia y a su partido

El viajero inglés y gran escritor Gerald Brenan, principia su gran obra sobre la preguerra civil española –El laberinto español– con una cita de Sebastiano Foscarini, embajador de Venecia en Madrid en 1682, que más que un prólogo es un epílogo: «Se diría que, aunque los españoles tienen ingenio, capacidad y medios suficientes para restaurar su país, no lo lograrán (…) porque les falta voluntad de hacerlo». Tal desidia favorecería que transijan con lo que no deben y que, cuando buscan reaccionar, no cabe solución.

Al fin y al cabo, el infierno es una verdad vista demasiado tarde como ha padecido España en muchas vicisitudes y hoy reincide con un presidente ilegítimo que no puede permitirse abandonar La Moncloa para no privarse de tales potestades ante un eventual encausamiento ni parece haber modo de desalojarlo pese a haber votado su dimisión las Cortes –Congreso y Senado al alimón– por la sistémica corrupción piramidal que pudre a su partido y a su Gobierno. Enajenado de la realidad, «Noverdad» Pedro Sánchez persiste en aseverar que no es nada lo del ojo portándolo en la mano. No quiere darse por enterado de la condena del Tribunal Supremo al sanchismo en la persona de su mano derecha en el PSOE y en el Gobierno, José Luis Ábalos, por un saqueo con las mascarillas del Covid de inverosímil comisión sin el «One» de la banda, sin el «P.S» de las anotaciones de Leire Díez, la fontanera de las cloacas que reactivó a raíz del procesamiento de su cónyuge.

Con todo, aun habiendo perdido el hilo de Ariadna al no tener mayoría parlamentaria, el monstruo presume de estar cómodo en su laberinto, mientras sus deudos actualizan el «¡Vivan las cadenas!» de los absolutistas afectos al felón Fernando VII con el «¡Yo, con Begoña!» de su portavoz parlamentario, Patxi López, cuya estrechez intelectual está la altura de su indigencia moral, como gran corifeo. Tras su repudio parlamentario, el presidente se carcajeó –como el mismísimo Calígula al imponer a su caballo como senador– celebrando una derrota sin precedentes tras permanecer en La Moncloa sin ganar los comicios y sin presupuestos.

Esta anomalía, que para Sánchez era causa bastante para que Mariano Rajoy se encaminara al Palacio de la Zarzuela para despedirse del Rey, entraña tal desafuero que hasta el expresidente del Tribunal Constitucional Pedro Cruz Villalón aprecia «responsabilidad penal», según su severo vapuleó del viernes en El País titulado «Miseria de Parlamento», para lo que este conspicuo jurista de izquierdas se remite al artículo 102 de la Carta Magna, a la par que denuncia la consolidación espuria de «la mutación presidencialista de nuestro sistema político». Hace un cuatrienio, el magistrado emérito del Constitucional, Manuel Aragón, ya avizoró ese amago de «dictadura constitucional» de Sánchez aprovechando el inconstitucional estado de alarma que decretó por el Covid-19 para entronizarse «máximo representante» de la nación con un presidencialismo incompatible con una Monarquía parlamentaria.

A juicio de Aragón Reyes, Sánchez se sirvió de la pandemia para inocular el germen de su cesarismo por la vía de esa «dictadura constitucional» que introdujo Carl Schmitt, arquitecto legal del nazismo, como Cándido Conde-Pumpido lo es del sanchismo, para transitar de la democracia al totalitarismo por el artículo 48 de la Constitución de Weimar. Ello confirió al presidente del Reich la prerrogativa de «suspender en todo o en parte los derechos fundamentales». De esta guisa, cuando Adolf Hitler ascendió al poder en 1933 y el Reichstag aprobó la Ley para el Remedio de las Necesidades del Pueblo, el Führer devastó la Constitución con esa ley habilitante ante la impotencia del anciano mariscal Hindenburg al que no tuvo ni que derrocar.

Si se valió de martingalas en una pandemia con casi 150.000 muertos para exonerarse del latrocinio, ahora Sánchez opera otro tanto al complicársele el horizonte penal como a su familia y a su partido

Si se valió de martingalas en una pandemia con casi 150.000 muertos para exonerarse del latrocinio, ahora Sánchez opera otro tanto al complicársele el horizonte penal como a su familia y a su partido. A este propósito, acelera un proceso deconstituyente que culmine en unas elecciones plebiscitarias en derredor de un proyecto plurinacional con un censo electoral trucado con neoespañoles que jamás pusieron un pie aquí tras nacionalizarlos por la puerta falsa. Si «todo un pueblo no puede morir por un solo hombre», según el poema de Salvador Espriu, la ambición de quien parece llegado a la política para hacer de España un infierno puede empujarla por el despeñadero para no rendir cuentas ni al Parlamento ni a la Justicia. Para saber de lo que es capaz Sánchez hay que atender a la trayectoria de quien no se engaña a sí mismo, pero sí a quienes no se ponen a cubierto de sus mendacidades.

Ante ese brete, como señala Vargas-Llosa en El héroe discreto, hay que afrontar la hermosa tarea de imaginar que es posible encontrar el hilo que Ariadna dejó en la mano de Teseo (con la otra aferraba la espada) para que se ahondara en el laberinto y acometiera al hombre con cabeza de toro para luego, ejecutada la proeza, recobrar una Constitución que configura ese cuerpo legal por el que, según Julián Marías, todos los españoles podrían vivir fieles a sí mismos bien fueran «los justamente vencidos», bien «los injustamente vencedores».

Ello no será fácilmente hacedero incluso si se materializara la premonición que hice hace algún tiempo de que la agonía del Intruso de la Moncloa arrastraría a sus cómplices socios, tratando de nadar y guardar la ropa, a auspiciar que el PSOE designará otro presidente en medio de la legislatura. Casi en el tiempo del descuento, Junts ha trasladado esa hipótesis a las Cortes al prever su fenecimiento atado al corrupto cuerpo político de Sánchez, pero no poder romper con el PSOE hasta que el prófugo Puigdemont no salga de su limbo judicial tras concedérsele la amnistía gubernamental que posibilitó la reinvestidura de 2023.

Los parlamentarios no se someten a sus votantes, sino a lo que dicta el jefe de filas hasta el extremo de anticiparse a sus deseos para satisfacerle

Sin embargo, aún sin ser la partida en que ha derivado el PSOE que Sánchez refundó en las saunas de su suegro y donde no hay otra voluntad que la suya y la de su mujer al haber corrido con los gastos de su tesis doctoral y de su carrera política, se revela quimérica una salida a la británica como la de estos días con el premier Starmer y antes con Johnson, pero habitual con conservadores y laboristas, o la que se operó recientemente en Canadá cuando, a falta de seis meses para las urnas, todas las encuestas daban por vencedor al conservador Pierre Poilievre frente a Justin Trudeau, quien porfiaba por reelegirse primer ministro luego de una década en el cargo. No obstante, los liberales forzaron su retiro en favor de Mark Carney, un aristocrático economista, como jefe provisional de Gobierno y aspirante oficial, que retuvo el puesto.

No en vano, en una partitocracia como la española en la que diputados y senadores renuncian a ejercitar su libertad de voto, pese a estar expresamente prohibido por la Constitución el mandato imperativo, los parlamentarios no se someten a sus votantes, sino a lo que dicta el jefe de filas hasta el extremo de anticiparse a sus deseos para satisfacerle «siempre con el rostro sonriente y el corazón helado, sin poder estar alegre ni atreverse a estar triste», como Étienne de la Boétie anota en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria.

Mas cuando el empecinado P.S. está dispuesto a convertirse «en un Putin o en un hijo de Putin», como bromeó Felipe González en Toledo en vísperas del comité federal de un partido-secta donde sus canes espumeaban rabiosos: «Yo con Pedro y Begoña» como el peronismo, en su incorregibilidad cuasi genética, vociferaba «putero y ladrón queremos a Perón». No fue baladí que responsabilizara a sus críticos, mirando al «tocapelotas» de Page, pero sin nombrarlo, de ser quienes se abstuvieron para que Rajoy fuera presidente en 2015.

Debido a la incapacidad para la autocrítica y la imposibilidad de ser cirujano de sus males, no caben más catilinarias ciceronianas ante quien no solo desoye el Parlamento, sino a la Justicia como el Nixon del Watergate que, hasta el día que hubo de coger el portante, entendía que era legal todo lo que disponía el presidente al margen de que se ajustara o no a la ley. Otro tanto con quien, entre tanta carcoma, homenajea este lunes los gatuperios de la doña de La Moncloa inaugurando la sede regalada a la Organización Mundial del Turismo después de que la OMT apadrinase los proyectos de Begoña Gómez en el Instituto de Empresa. Ni ética ni estética en quien, esperando ser el libro, puede ser reducido a mera nota a pie de página siempre que la oposición discierna que esa es su gran prioridad nacional para poder escapar del actual laberinto español.