- El PSOE va dejando de ser un recurso. Diríamos que su vida útil al servicio de la socialdemocracia está llegando a su fin
Una pulsión muy extendida en la democracia española ha sido la necesidad periódica de salvar al PSOE. En cuanto ha empezado a hundirse por su corrupción o por las consecuencias de su gobierno, le han echado salvavidas desde todas las bordas. Ha habido una especie de horror vacui ante la sola posibilidad de imaginar un sistema político sin la rosa socialista. Aunque esa rosa conlleve tantas espinas.
Las declaraciones de Feijóo o de Moreno Bonilla, añorando al mítico PSOE bueno y loando a un legendario Felipe González, fueron la punta de un iceberg ideológico. Ha sido una postura muy extendida en el PP y en la sociedad en general. Los votantes sensatos del PSOE, por supuesto, soñaban con un partido que no les diese vergüenza y los del PP deseaban un gemelo mimético respecto al cual sentirse tolerados y tolerantes.
Las últimas malandanzas del PSOE están terminando con esto, incluso para Moreno Bonilla. Zapatero, Ábalos, Koldo, Begoña y el hermanísimo empiezan a dificultar seriamente la maniobra de rescatar por enésima vez al PSOE. Ya les da alipori hasta hablar de Page. Hay que pasar página.
Y aquí viene el movimiento novísimo para el que debemos estar preparados. La vergüenza del PSOE no parece que vaya a llevar aparejado un examen de conciencia político. Cada vez se escuchan más voces y más altas (en los dos sentidos) que, segurísimas de sí mismas, sostienen que hay que salvar a la socialdemocracia.
El PSOE va dejando de ser un recurso. Diríamos que su vida útil al servicio de la socialdemocracia está llegando a su fin. Pero la obsolescencia afecta, por lo visto, sólo a la marca, no al mecanismo de ideas, tópicos y tics que sostenía ese partido. No quieren el partido, pero sí su partida.
Si no hay una crítica seria al concepto y a la práctica de la socialdemocracia, pasará en muy poco tiempo que el partido que cobije las ideas socialistas provocará las mismas consecuencias políticas, económicas y éticas que siempre tienen las ideas de izquierda. Son las ideas las que tienen consecuencias.
Vamos a asistir, sin embargo, a un intento de cargarle el muerto al logotipo del PSOE. Y hay muchas posibilidades de que les funcione, porque es un partido que se ha ganado a pulso el rechazo social. Nuestro deber como analistas será recordar que es la socialdemocracia lo que dejó hace mucho tiempo de funcionar, por múltiples razones.
Por supuesto, el relativismo moral es mal fundamento para la conducta ética en el poder. A esto hay que sumar la explicación de Gregorio Luri, muy fina y amable, como suya que es. Dice el maestro que la socialdemocracia padece el síndrome del San Jorge jubilado. Mató algunos dragones importantes (la desigualdad social, la falta de servicios públicos, etc.), pero se quedó sin luchas específicas que librar. Lo bueno ha sido asumido por todos y se agarra a lo woke y a demandas minoritarias, antipáticas para la mayoría de la población: unas por puramente puritanas —como los discursos políticamente correctos—; otras por directamente nocivas —como su defensa de la inmigración masiva—. Cada vez más lejos, en fin, de los problemas reales de la sociedad actual.
No es, por tanto, una cuestión de siglas, sino de siglos. Éste no es el de la socialdemocracia, que pertenece al siglo anterior. Hay partidos y corrientes de opinión que sólo miran hacia atrás, aunque se llamen progresistas, y están presos del bucle melancólico y autosatisfecho. No valdrá un cambio cosmético para salvar a la izquierda –y a la derecha asimilada–. Necesitan un cambio cósmico. Sus éxitos de antaño ya están metabolizados en el sistema, con el debido agradecimiento. Ahora toca estar a la altura de los problemas crecientes, entre los que se cuenta, además, la obstinación de los socialdemócratas de todos los partidos.