Ignacio Camacho-ABC
- A C’s le faltó claridad estratégica para aprovechar su ‘momentum’ cuando aún había oportunidad para un espacio de encuentro
A veinte años recién cumplidos de su esperanzadora fundación, Ciudadanos no existe o si existe es como si no existiera. Se malogró porque toda la gente de talento que tenía dentro carecía de experiencia y le sobraban escrúpulos para aceptar las miserias de la hiperprofesionalizada escena pública moderna. Como movimiento cívico aportó un soplo fresco de regeneración y limpieza pero como partido le faltó implantación, estructura, organización y claridad estratégica. Fue una pena; esa España tercerista que preconizaba, moderada, conciliadora, ecléctica, como una fuerza de cascos azules interpuesta entre los bloques de izquierda y derecha, sigue siendo una necesidad de primer orden en medio de esta crispada atmósfera de polarización y trincheras.
Toda formación política, sobre todo si es de nueva creación, tiene un ‘momentum’, una acumulación de circunstancias propicias para el éxito. C’s vivió el suyo con la corrupción del PP, su pasividad ante el golpe separatista y el consiguiente desmoronamiento; el lío interno de los socialistas que culminó con la defenestración y retorno de Pedro, y por ende el estancamiento de Podemos tras su fallido ‘asalto a los cielos’. Pero sus dirigentes lo malversaron por no saber manejar los tiempos. Quizá Rivera no entendió el papel que le correspondía, o administró mal su ambición, o se vio en la Moncloa cuando aún estaba objetivamente lejos. El caso es que interpretó mal la realidad, la confundió con sus deseos y se enredó en una dinámica de tropiezos.
El punto de no retorno fue el triunfo en las elecciones catalanas. Un pésimo cálculo táctico, con la mirada puesta en el resto de España, llevó al líder a permitir que Arrimadas no se presentara a la investidura creyendo que ofrecería imagen de fracasada. Y luego la dejó irse a Madrid porque la presión soberanista la asfixiaba, abandonando a sus electores en una grave crisis de representación y de confianza. Después, en la moción de censura de Sánchez, titubeó más de la cuenta y se dejó robar la cartera en su propia cara por un aventurero sin principios ni palabra. Ahí se acabó de suicidar aunque dejara para la historia el lúcido, profético discurso sobre «la banda», acaso sin columbrar hasta qué punto había acuñado una definición atinada.
Puede que alguna vez el futuro depare una oportunidad para alguna clase de proyecto más o menos semejante. Quizá cuando la sociedad española se canse de confrontación y busque algún vértice de equilibrio entre bandos bipolares. Ahora no hay sitio porque el sanchismo ha incendiado los espacios de encuentro y ha hecho saltar los puentes por los aires, porque es Vox el partido que aprovecha el viento favorable y porque el espectro liberal-conservador ha entendido que con más fragmentación no irá a ninguna parte. Pero la demanda de una opción centrista con vocación de bisagra volverá a surgir, y ojalá que no sea demasiado tarde. Eso sí, más vale que si ese hueco se abre lo ocupe alguien capaz de identificar lo que de verdad esperan sus votantes.