Ignacio Camacho-ABC

  • El acuerdo de Andalucía establecerá el marco a escala nacional para el futuro pacto al que Feijóo parece haberse resignado

Juanma Moreno tuvo la suerte de que al día siguiente de las elecciones andaluzas estalló el escándalo de Zapatero y el debate sobre la pérdida de su mayoría absoluta quedó sepultado bajo el estruendo. Pero perderla la perdió, aunque por un pelo, sin que sus analistas previesen que los votos fugados del PSOE se iban a desplazar hacia el flanco izquierdo, y tras haber eludido las críticas a su resultado durante un mes y medio le toca ahora pagar el precio. La factura consiste en tener que negociar con Vox un pacto parlamentario o de Gobierno que le difuminará algunos trazos de su estudiada silueta de centro. El ‘lío’ que trataba de evitar en campaña ha llegado y no le queda otra que afrontarlo sin dejarse demasiados principios en el acuerdo.

Ayer, en el discurso de investidura, se lamentó de que la izquierda no le deja otra vía. Queja retórica porque todo el mundo sabe que empujar al PP en brazos de la ultraderecha es la principal estrategia sanchista y que en el actual clima de bipolaridad sería suicida explorar cualquier clase de vía alternativa. Así las cosas, el compromiso en ciernes se centra, dicho de forma esquemática, en una sola premisa: que el partido de Abascal escoja entre imponer su consigna de la prioridad nacional o entrar en el Ejecutivo con alguna consejería. La prioridad de Moreno es seguir con un Gabinete monocolor a cambio de otras contrapartidas, pero los ‘voxeros’ reclaman garantías de que se cumplirán sus medidas y ese forcejeo final no está resuelto todavía.

El presidente de la Junta lanzó guiños al socio potencial en materia de rebajas fiscales, desregulación y defensa de la propiedad privada –léase contra los okupas– y de la competitividad agraria –léase rechazo de Mercosur y otras asociaciones comerciales comunitarias–, en la línea trazada por sus colegas de las autonomías extremeña, aragonesa y castellana. En sentido contrario se mostró firme en las políticas de género y diversidad sexual, y de la inmigración no dijo una palabra. Ese silencio sólo es interpretable como que se trata de una negociación aún no cerrada, quizá del escollo más relevante para concluir la alianza.

La forma en que se resuelva esta cuestión surtirá a escala nacional un impacto inmediato. Tanto en Madrid, donde Ayuso se opone a la doctrina del arraigo para no perjudicar al importante contingente de votantes latinoamericanos, como en el resto del país, en tanto que establecerá un criterio de peso para el futuro pacto al que Feijóo parece ya haberse resignado. Para Juanma, declarado adversario de la idea, pasar por el aro será un trago antipático que sólo podría compensar si le dejan gobernar en solitario. El problema es que a él sólo le hacen falta dos escaños mientras que su jefe de filas parece en las encuestas mucho más lejos de ese marco. Abascal está cómodo en el tira y afloja porque no le importan los plazos y tiene las bazas decisivas en su mano. Y si las logra imponer se declarará vencedor por mucho que los populares intenten dulcificar el relato.