- Sabiéndose perdedor por goleada, como le admitió al presidente italiano Sandro Pertini en el palco de la final del Mundial de 1982, era consciente de que aquella encrucijada exigía un Gobierno fuerte y estable que, por entonces, solo garantizaba el PSOE de González
Cuando hoy hace cincuenta años –apenas el otro día, que dicen los británicos–, de que don Juan Carlos designara presidente a Adolfo Suárez, en sustitución de Arias Navarro, para acelerar la transición a la democracia luego de que Torcuato Fernández Miranda le ofreciera «al Rey lo que el Rey me ha pedido» como cabeza del Consejo del Reino, toda desconfianza era poca con este exsecretario general del Movimiento. Contra pronóstico, incluido el de este becario que participó en la elaboración de una edición extra de El Correo de Andalucía, de la que incluso fue vendedor a las puertas de los cines de verano de Sevilla, aquel aparente cabo furriel fue proverbial sin que ello le impidiera percatarse cuándo, al cabo de un quinquenio viviendo peligrosamente, fue la hora del adiós. Aquel chuletón de Ávila antepuso ser él un paréntesis en la historia de España en vez de que lo fuera el régimen de libertades que trasegó junto al monarca del cambio.
Dicho lo cual, coincide este quincuagésimo aniversario del nombramiento de aquel al que el PSOE tildó de ser un «perfecto inculto procedente de las cloacas del franquismo» que regentaba la Moncloa «como una güisquería» y que pretendía «asaltar el Congreso subido en el caballo de Pavía», cuando quienes conspiraban contra él eran esos socialistas reunidos en Lérida con el golpista Armada, con un momento crítico de la democracia española. En este sentido, se ha revelado suicida la confianza que algunos depositaron hace un ochenio en un chuleta sin escrúpulos que ejemplifica cómo las democracias se pueden destruir desde dentro sin tener que irrumpir en las Cortes a la grupa de ningún equino. Basta con trampear leyes, desacatar fallos judiciales o declarar arbitrariamente españoles, no a quienes no puedan ser otra cosa, según Cánovas del Castillo, sino a quienes le voten aunque no hayan puesto un pie en el país.
No en vano, Sánchez ha arrasado aquel «vamos a sentar las bases de un entendimiento duradero bajo el imperio de la ley» que verbalizó Suárez citando los preclaros versos machadianos: «Está el hoy abierto / al mañana. Mañana, al infinito. / Hombres de España, ni el pasado ha muerto, / ni está el mañana en el ayer escrito». Por el contrario, ‘Noverdad’ Sánchez devasta esos cardinales principios con la cizaña guerracivilista que sembró el falso autónomo Zapatero y reedifica el muro demolido por la Transición para reconciliar a las dos Españas cainitas.
Por desgracia, la asonada del 23-F de 1981 no fue «el golpe que acabó con todos los golpes», contrariando el título del ensayo del historiador Juan Francisco Fuentes, sino que este se ha ido reformulando, como se ha comprobado con el rescate de Sánchez de los amotinados secesionistas del 1 de octubre de 2017 para extender el procés catalán a toda España después de legalizarlo implícitamente al indultar y amnistiar a sus cabecillas para que estos le hicieran presidente. Contrariamente a aquel Suárez al que el PSOE achacaba tener miedo al Parlamento al concebir «la democracia como un mal a soportar», pese a superar una moción de censura socialista que luego revalidó sometiéndose a una moción de confianza, Sánchez le da la espalda a las Cortes y se ríe –como el siniestro Joker– de la mayoría absoluta que votó su dimisión luego de colonizar los organismos del Estado hasta convertirlos en una maquinaria de destrucción del Derecho que derruye el orden constitucional.
Aquel «¡No es esto, no es esto!», parafraseando la célebre decepción de Ortega y Gasset con la II República, a cuyo advenimiento cooperó decisivamente, con el que el historiador Ricardo de la Cierva recriminó la decisión regia, para luego terminar siendo ministro suarista de Cultura, retrata, empero, a quien, ante el amontonamiento de imputados en su derredor, no se puede permitir más ceses en un Gobierno en el que resulta exótico hallar alguien que no haya sido encausado todavía y donde quien no merodee esa condición procesal es observado como sospechoso de traición.
Así, cuando en la jerarquía de la Agencia Tributaria se vive en estado de «tocata y fuga», Sánchez sujeta a la presidenta de la SEPI, Belén Gualda, imputada como los dos antecesores elegidos igualmente por la exvicepresidenta Marisu Montero, a fin de dilatar que esta última siga sus pasos socarrándole a él, y obra lo propio con su Roldana de la Guardia Civil, Mercedes González, directora general de la Benemérita, y con el Teniente General Manuel Llamas, el manDAO del reprobado ministro Marlaska. Mucho más después de que ayer el magistrado de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz les imputara delitos de prevaricación y obstrucción a la Justicia por maniobrar contra la UCO y en favor de la cloaca socialista reactivada a raíz de la imputación de la mujer del presidente.
Sin saberse bien hasta dónde llegará la riada, estos encausamientos llegan después de que el presidente, durante el estado de alarma ilegal del COVID, ordenara a los entorchados del Cuerpo investigar el estado de opinión de la ciudadanía sobre el Gobierno y luego, a medida que la corrupción cercaba La Moncloa, le ha forzado a que los agentes de la UCO se pusieran de perfil en las investigaciones que le comprometían. De esta guisa, la Guardia Civil no se enfrenta esta vez a un director general enriquecido como Luis Roldán o a garbanzos negros del Cuerpo que hayan hecho igual, sino a superiores que se han plegado a los delitos del Gobierno, después de que Marlaska les enseñara en bandeja de plata la cabeza de modélicos uniformados –como el teniente coronel Pérez de los Cobos– que rechazaron sabotear a la Justicia.
Al tiempo, el Gobierno trata de garantizarse la impunidad como el sirviente Crispín, protagonista de «Los intereses creados» de Benavente, tratando de sacar de la celda a su amo y señor: «Ved aquí: donde dice… ‘Y resultando que no, debe condenársele’, fuera la coma, y dice: ‘Y resultando que no debe condenársele…». Ello le hace proclamar a Crispín: «¡Oh, admirable coma! ¡Maravillosa coma! ¡Genio de la Justicia!». A la par, mediante instrucciones, como Sofia Puente, la bella hermana de la bestia del ministro, «de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente», como en el juego de la oca, reescribe las leyes del Parlamento para pasaportarle a Sánchez los sufragios de nuevos oriundos que palien su merma electoral en el vigente censo.
Por eso, a Sánchez cabe aplicarle aquello que, con el PSOE ya en el Gobierno, en junio de 1986, el vicepresidente Guerra le endilgó a Suárez con lengua viperina: «Estuvo a punto de desmontar la democracia, como desmontó la Secretaría General del Movimiento y como destrozó a UCD». Una calumnia –de la que seguro se ha arrepentido– contra quien, después de llevar a cabo el mayor cambio político de la España del siglo XX, tuvo la grandeza de sacrificarlo todo al servicio de la democracia y de dimitir para no colocar al país en un callejón. A este propósito, en vez de atrincherarse, dejó paso a Leopoldo Calvo Sotelo para que llamara a las urnas. Sabiéndose perdedor por goleada, como le admitió al presidente italiano Sandro Pertini en el palco de la final del Mundial de 1982, era consciente de que aquella encrucijada exigía un Gobierno fuerte y estable que, por entonces, solo garantizaba el PSOE de González. Claro que reclamarle tal ejercicio de patriotismo a Sánchez es pretender peras de un olmo hendido por el rayo de la corrupción y en su mitad podrido.
PD: Menos mal que, en medio del desbarajuste, PP y Vox supieron ayer acercarse para formar gobierno también en Andalucía, tras Extremadura, Aragón y Castilla y León, en vez de hacerlo como los coches de choque para golpearse entre sí.