- Desde el ilegal estado de alarma por el COVID, en que convenció de que podía hacer lo que le petara al revertir aquella «inmunidad de rebaño» de los epidemiólogos en «impunidad por parte del rebaño», Sánchez no se ha sentido concernido por la ley, de cuyo acatamiento se exime horadando butrones cuando es menester
Atrapados en este tiempo de corrupción sanchista en el que los imputados se cuentan a porrillo con los allegados del presidente a la cabeza y cuyo número supera al de diputados socialistas, el corre corre que me pillan de Pedro Sánchez espolea a este a rebasar todo límite en su fuga permanente. Con la vista fija en las elecciones generales para tratar de preservar su amenazada impunidad judicial, Sánchez se arroga su particular «artículo 42», como el antojadizo rey del País de las Maravillas para satisfacer sus veleidades, con el apremio del presuroso Conejo Blanco de la Alicia de Lewis Carroll repitiendo reloj de leontina en mano: «¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Llegaré demasiado tarde!».
A este propósito, al comprobar que no le rentan los sufragios que compra con dinero público, amplía el censo con votantes oriundos allende el Atlántico que, distribuidos en circunscripciones claves, le reporten los escaños que le faculten asirse a ellos como un clavo ardiendo para atrincherarse en La Moncloa como en julio de 2023 pese a ser derrotado por Feijóo. Sin embargo, contra las evidencias, retoñan quienes se empecinan en que, legalmente, no puede hacer otro cesto quien los manufactura a cientos desde sus pucherazos en las primarias del PSOE y su embarazo de urnas tras las bambalinas para evitar ser defenestrado en el bronco comité federal de su pasajero adiós.
Y, ojo, no se trata exclusivamente de adeptos de partido o de conveniencia, cuya nómina o subvención depende de su ebria servidumbre, sino de quienes, aparentando equidistancia, que no ecuanimidad, proclaman cejijuntos que la ley electoral es una caja acorazada para quien se pone la Constitución por montera, como con la amnistía a los golpistas catalanes u otros desafueros que no imaginaron los que luego se limitaron a hacer mohines de desagrado. Como todo perverso narcisista, según el psiquiatra Paul-Claude Racamier, creador del término, Sánchez juzga que, por cada pie que aplasta, gana un pie de altura. De esta guisa, en su ochenio, cumplimenta el plan de devastación democrática que a Chávez le costó dos decenios sin las cortapisas de la UE.
El croar de ranas del «eso no puede pasar aquí» evoca el candoroso artículo del escritor Ibsen Martínez «Por qué no me asusta Chávez», persuadido de que aquel petroestado no podía trocar en narcodictadura. Seguro de lo inconmovible del bipartidismo de socialdemócratas y democratacristianos que se alternaron cuatro décadas en el mando tras la caída del caudillo Pérez Jiménez en 1958, Ibsen Martínez interpelaba a sus compatriotas en términos familiares a los que hoy se escuchan en España: «Dejen la alharaca, señores, y sírvanse otro whisky. (…) ¡Compórtense! ¿Tragedia? Trágico es lo que pasa en Kosovo [hoy se reemplaza esta guerra por la de Ucrania]».
Desde el ilegal estado de alarma por el COVID, en que convenció de que podía hacer lo que le petara al revertir aquella «inmunidad de rebaño» de los epidemiólogos en «impunidad por parte del rebaño», Sánchez no se ha sentido concernido por la ley, de cuyo acatamiento se exime horadando butrones cuando es menester. Como vislumbró Clausewitz, el excombatiente prusiano de las guerras napoleónicas que tanto ha influido en los estudios de la guerra, «la victoria recae en quien aguanta el último cuarto de hora», y a ello se entrega al irle la cárcel en ello.
Así, quien no ha sacado adelante los Presupuestos Generales del Estado en toda la legislatura, muta el censo manipulando la denominada vulgarmente «ley de nietos», pero que alcanza a los tataranietos de quienes emigraron en el siglo XIX, mediante la interpretación de la disposición adicional octava de la Ley de Memoria Democrática de 2022, por la que el «parece» de la hermana del ministro Puente, doña Sofía de las Mercedes, directora general de Seguridad Jurídica y Fe Pública, altera una norma de las Cortes para que, atendiendo al clásico «Cui prodest?» («¿A quién beneficia?»), sea del provecho de su «Puto Amo», como consigna su hermano ministro. Como en el juego del trile con la bolita burlona que da el pego a los timados, la fullería no reside en el recuento, sino en las pródigas papeletas que se suman al conteo. Por eso, antes de que sablee las urnas, debieran quitarse el cubilete a quien perpetrará un pucherazo si se transige con su engañifa.
Contra quienes tiran de estadísticas para pronosticar el pasado y predecir que el procedimiento es laxo, olvidan que ningún tonto —y Sánchez no lo es ni simulándolo— se pilla los dedos con la puerta falsa que abre mientras transforma los consulados en oficinas electorales socialistas con la asistencia de empresas subcontratadas para los trámites y el concurso de liberados como Francisco Salazar, quien ya comisionó cometidos parejos percibiendo salario del Ayuntamiento de Dos Hermanas sin plantar un pie en el consistorio. A este respecto, ¿cómo entender que las denunciantes de Salazar «bragueta abierta» en Presidencia del Gobierno durante su etapa como alto fontanero de Sánchez hayan sellado su boca después de denunciar a quien hoy opera de agente socialista en Argentina, cuya capital lleva camino de ser una de las grandes circunscripciones en 2027? Pese al escándalo que le costó su puesto en la ejecutiva federal, ya estuvo listo a dirigir en la sombra la campaña socialista en Aragón de no trascender su encuentro de tapadillo con la entonces ministra-portavoz, Pilar Alegría, a la sazón aspirante en aquella cita.
Cuando un «killer» como Sánchez afila el cuchillo, no es para cortar mejor el pan, aunque sea una posibilidad, sino para convertirlo en un estilete contra el adversario que, en legítima defensa, debe parar la cuchillada, por mucho que haya quienes reclamen a la oposición que dispensen el beneficio de la duda a alguien con sus antecedentes. Claro que, si yerran, estas almas bellas enarcarán la ceja, provocando la caída del monóculo de pega —como en las películas de humor en blanco y negro— en la taza de té, salpicándole el traje blanco de su fingida ligereza. De ahí que para Chesterton el auténtico optimista no es el ingenuo que niega la realidad, sino el que se asombra de que las cosas existan.
Muchos de esos bienpensantes, no obstante, se curan en salud admitiendo que Sánchez es capaz de todo para salvar así su negra honrilla por si han de hacer pucheritos ante un eventual pucherazo. Les ayuda que, en esta España de viceversas, al que grita ¡fuego!, según coligió Ortega, le tachan de incendiario. Ello favorece la propagación de las llamas para ganancia de quienes hacen negocio político con la superficie quemada, como es el caso de quienes procuran derretir las urnas como cera con falsos oriundos que adulteren las elecciones, como aquellos descendientes de «abuelos nacidos en Celta de Vigo» que enviciaron la Liga de los 60.
Como señala Santos Cerdán, la antigua mano derecha de Sánchez, en el pasquín que se ha despachado para victimizarse, «en política, los problemas no se gestionan, sino que se eliminan». Así ha venido obrando en innúmeras ocasiones el inquilino de La Moncloa ante la mirada misericorde de quienes se empeñan en el «eso aquí no puede suceder», incluso cuando se asiste a ello en sesiones judiciales de mañana y tarde. Pero, según Borges, «basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo».