Editorial-El Español

Donald Trump ha reeditado en la cumbre de la OTAN de esta semana su acostumbrada estrategia del palo y la zanahoria: desatar con su incontinencia verbal y su fanfarronería una gran crisis, para darla por cerrada poco después y erigirse así en vencedor.

A lo largo de las dos últimas jornadas, el mandatario estadounidense ha amagado con retirar sus tropas de Europa y ha arremetido contra sus socios por no secundar sus pretensiones de anexionarse Groenlandia ni involucrarse en su guerra contra Irán. Para, finalmente, acabar celebrando la «tremenda unidad» de la Alianza.

Una vez finalizada la cumbre, Trump ha llegado a calificarla de «magnífica», tildando de «gente inteligentísima» a quienes horas antes había despreciado como «inútiles». «Ha habido mucho amor en la sala, mucha unidad», ha sentenciado en su rueda de prensa final.

La impresión que se desprende del saldo de la cita es que esta ha consistido, en puridad, en un esfuerzo colectivo por aplacar los ánimos de Trump y conjurar el riesgo de ruptura inherente a sus constantes amenazas de desentenderse de la seguridad colectiva.

Empezando por el propio secretario general de la OTAN, quien ha asumido el ingrato rol de mediador para encajar dócilmente los desplantes del presidente norteamericano.

Mark Rutte ha vuelto a recurrir a la diplomacia de la adulación, haciéndose eco de la retórica de Trump sobre el «tremendo éxito» del encuentro y la «gran sensación de unidad» de los socios.

Rozando el servilismo, Rutte ha aseverado que «los aliados han acogido con entusiasmo el liderazgo» de Washington, restando importancia a las renovadas intimidaciones contra un Estado miembro como Dinamarca.

Que el portavoz de la OTAN haya llegado a verbalizar que la principal amenaza de la institución «está transformando y fortaleciendo la Alianza» transparenta un pacto tácito entre los socios: permitir a Trump despotricar a placer sin entrar al trapo, en aras de preservar la cohesión.

Pedro Sánchez no ha sido esta vez una excepción a dicha estrategia de apaciguamiento, a diferencia de cumbres anteriores en las que se desmarcó de la postura común al negarse a elevar el gasto en Defensa al 5% del PIB.

En esta ocasión, únicamente la italiana Giorgia Meloni ha mantenido una posición beligerante frente a Trump.

A pesar de que el presidente estadounidense había ordenado por la mañana cortar las relaciones comerciales con España, como represalia por su negativa a aumentar el presupuesto militar y por vetar el uso de las bases de Rota y Morón en el conflicto iraní, Sánchez aseguró en su comparecencia posterior haber mantenido con él una charla informal «sin ningún tipo de tirantez».

El presidente del Gobierno se ha esforzado por minimizar las feroces críticas de su homólogo, quien había tachado a España de socio «terrible», «caso perdido» y «mala gente».

En su lugar, Sánchez ha optado por proyectar un mensaje tranquilizador, sosteniendo que, por debajo de los desencuentros retóricos, las relaciones bilaterales siguen siendo «muy positivas».

La pregunta que se plantea es qué motiva esta decisión de Sánchez de no darse por aludido ante los exabruptos de Trump. Máxime cuando el estadounidense redobló sus ataques contra España poco después de que el líder socialista intentara quitarles hierro.

Y sólo caben tres hipótesis: que Sánchez considere que Trump va de farol, que la diplomacia española esté reconduciendo la crisis entre bambalinas, o que haberse dado por aludido habría acarreado consecuencias mucho peores.

Lo más razonable es pensar que la razón de fondo sea esta última, fruto de haber anticipado el severo impacto que desencadenaría una confrontación abierta con Washington.

Como detalla hoy EL ESPAÑOL, el veto de Trump pone en riesgo 140.000 millones de euros en inversiones de empresas estadounidenses en nuestro país. Y ello después de que las compañías norteamericanas ya hayan desinvertido 7.800 millones de euros en España desde el regreso del republicano al Despacho Oval.

A ello se suma que la suspensión de las visitas de funcionarios, supuestamente ordenada por Trump, complicará sobremanera la adquisición de armamento y de tecnología de doble uso. Y no hay que olvidar que esta categoría es lo suficientemente ambigua como para abarcar un vasto espectro de productos clave.

El Gobierno es consciente de que soliviantar aún más a Trump infligiría un grave daño a la economía nacional.

De ahí que Sánchez haya intentado relativizar la amenaza del embargo recordando que «las relaciones comerciales se tejen entre empresas y no entre Gobiernos». Y escudándose en que las competencias de política comercial residen en la Unión Europea y no en los Estados miembros.

Ambas premisas son ciertas, pero resultan insuficientes para impedir que Washington cause estragos en el tejido productivo español.

Porque, aunque la Administración norteamericana no pueda sancionar individualmente a un país miembro de la UE, sí tiene margen para imponer aranceles ad hoc a productos que se fabriquen en España.

Y porque, por mucha autonomía de la que gocen las corporaciones estadounidenses, la Casa Blanca posee resortes de sobra para coaccionarlas y disuadirlas de suscribir nuevos contratos con firmas de nuestro país.

A la luz de los datos de fuga de capitales y empresas que desgrana este periódico, resulta evidente que Trump ya maniobra para estigmatizar la reputación de España ante su sector privado. Y Sánchez parece consciente del abismo económico al que nos asomaría una escalada de la refriega.

Resulta lógico pensar que la tentación de Sánchez, fiel a su instinto, habría sido rentabilizar electoralmente estos ataques para proclamarse, como en ocasiones anteriores, el defensor de la soberanía nacional.

Pero ha sabido calcular que, aunque ello pudiera reportarle cierto rédito político inmediato, agravaría el problema de fondo desencadenando en pocos meses unas consecuencias devastadoras para el país.

Quien en los últimos meses se había erigido en la némesis de lo que representa la actual Casa Blanca, ha concluido que en esta ocasión no le convenía interpretar el papel del anti-Trump. Esta vez, Sánchez ha preferido hacer de la debilidad, virtud.