- La Alianza ha atravesado otras crisis mayúsculas, pero ninguna tan desgastante como la que está provocando Trump. Mark Rutte ha aprendido a llevarle. Aunque algunos no lo entiendan.
La cumbre de la OTAN en Ankara no ha medido únicamente el compromiso de los aliados en torno a la Defensa común, sino que ha puesto a prueba la capacidad de la Alianza de superar la crisis política más larga de su historia a propósito de un presidente que parece empeñado en dinamitar el vínculo construido durante 77 años.
En las últimas décadas, Europa dio por descontado el paraguas de seguridad estadounidense y aflojó las inversiones en Defensa ante un contexto internacional que rebajaba la tensión en las fronteras exteriores.
Hoy ya no puede permitírselo. El equilibrio geopolítico y la amenaza rusa han devuelto la guerra al continente y han obligado a los europeos a repensar la estrategia militar conjunta para rearmarse y reforzar su capacidad de disuasión.
Pero, precisamente cuando la amenaza exterior exige una Alianza más sólida y cohesionada, la mayor incertidumbre estalla desde dentro.
Donald Trump ha dinamitado las reglas no escritas de la diplomacia atlántica. Ha cuestionado el compromiso de Washington con la defensa colectiva, amenazado con retirar la protección a quienes no gasten lo suficiente, intimidado a uno de sus socios para tomar el control de la soberanía de su territorio y se ha vengado por la falta de respaldo europeo a la ofensiva contra Irán, una guerra que decidió iniciar sin consultar previamente a sus aliados.
Ninguna de las grandes potencias europeas ha escapado de sus zarpas.
La última, España. Trump ha dado orden al secretario del Tesoro, Scott Bessent, de «cortar todo el comercio» con Madrid, al que ha vuelto a definir como un socio «terrible». Esto se suma a las pasadas amenazas de expulsarla de la OTAN (que, como ya sabemos, es imposible según el Tratado).
Al británico Keir Starmer le reprochó en su momento que el Reino Unido “ya no es reconocible” y que él no era Winston Churchill. Y amenazó con revertir el acuerdo comercial que ambos países firmaron el pasado año.
De Emmanuel Macron llegó a burlarse asegurando que era “maltratado por su esposa” tras la bofetada que le profirió su mujer Brigitte Macron en mayo del año pasado en la pista de aterrizaje de un viaje oficial en Hanói. Todo, por no apoyarle en su guerra contra Irán.
Al canciller alemán Friedrich Merz le instó a “dedicar menos tiempo a Rusia y más a arreglar su país” y anunció la retirada de 5.000 soldados estadounidenses desplegados en el país y la congelación del proyecto de estacionar misiles Tomahawk en el territorio.
Con Dinamarca se ha saltado todas las normas y ha amagado con tomar el control de Groenlandia, apropiándose de esta manera de la soberanía de un aliado interno. Fue el primer mensaje que lanzó nada más pisar suelo turco, aventurando así el tono incómodo de la cumbre.
Pero, lo más grave, es lo siguiente: ha reiterado que sacará a los Estados Unidos de la Alianza si los socios no invierten más en Defensa y siguen sus intereses estratégicos (que no tienen por qué coincidir con los del resto).
Las conclusiones de la cumbre reafirman el compromiso en torno al artículo 5 del Tratado que implica que, si un socio se ve amenazado, el resto deben acudir en su ayuda. La gran cuestión es si realmente Trump saldría a socorro de un aliado en caso de que fuera necesario. A día de hoy nadie es capaz de poner la mano en el fuego.
Hasta ahora todo han sido amenazas, pero ningún otro presidente había llegado tan lejos en sus reproches. Y la volatilidad del ánimo de Trump, que tan pronto entra en Venezuela como interviene en Irán, se vuelve el mayor foco de tensión para quiénes deben lidiar con él.
Precisamente para evitar que estas diatribas se conviertan en una ruptura, los socios tratan de convencerle de que han entendido el mensaje y de que existen motivos suficientes para que se quede en este club.
Por lo pronto, los miembros han anunciado planes sin precedentes de aumento de gasto militar. Alemania pasará a invertir 187.000 millones de euros en 2029 y Francia ha comunicado que destinará una partida a Defensa de 76.000 millones de euros para 2030, más del doble de lo que el país gastaba en el año 2017.
En conjunto, Europa y Canadá han aumentado un 20% la inversión en un solo año, según las cifras que maneja la organización. Y se ha cerrado un compromiso de invertir otros 50.000 millones más durante la próxima década en misiles de largo alcance para reforzar la defensa y la disuasión.
En la sede de la OTAN de Bruselas hablan ya del mayor esfuerzo de inversión desde el final de la Guerra Fría y se han encargado de enseñárselo al presidente estadounidense mediante informes, gráficos y múltiples contactos diplomáticos.
Pero nada parece ser suficiente para calmar los ánimos de un líder empeñado en anteponer sus intereses y reproches, tensando hasta el extremo la cuerda de un compromiso atlántico que arrastra signos de desgaste del pasado.
Historial de crisis
No es la primera vez que la OTAN atraviesa una crisis, pero ninguna había cuestionado de forma tan prolongada la relación entre Estados Unidos y el resto de la Alianza.
Ya en los años cincuenta, Dwight D. Eisenhower, primer comandante supremo aliado en Europa antes de convertirse en presidente de Estados Unidos, advertía de que Europa debía asumir una mayor responsabilidad en su propia defensa. Décadas después, Barack Obama volvió a reclamar un mayor esfuerzo inversor, que terminó cristalizando en la cumbre de Gales de 2014 con el compromiso de destinar el 2% del PIB al gasto en Defensa.
En 1956, la nacionalización del canal de Suez por parte de Egipto llevó a Francia y al Reino Unido a lanzar una ofensiva militar junto con Israel, abriendo la primera gran brecha entre los aliados de una Organización que no llegaba a cumplir los diez años.
Más tarde, en 1966, estalló otra gran crisis cuando el presidente francés Charles de Gaulle anunció la retirada del comando militar integrado de la Alianza. Llegó a proponer la expulsión de todas las tropas francesas en Alemania y pidió a todas las tropas extranjeras (26 mil estadounidenses y canadienses) abandonar territorio francés. Consideraba que el país estaba siendo subordinado a los intereses de Estados Unidos y que se veía cuestionada su independencia en política exterior.
Y todavía pesa la gran brecha que supuso la guerra de Irak en el año 2003. La alianza se desgarró a raíz de que Alemania, Francia y Bélgica rechazaran la petición de EEUU de dar apoyo militar a Turquía. El gobierno de Washington calificó de “lamentable” la actitud y les acusó de socavar la credibilidad de la Alianza, provocando poco después que Turquía invocara por primera vez el artículo cuarto del tratado.
‘Hablar Trump’
Todas las brechas anteriores fueron fruto de decisiones militares muy concretas, pero la actual va más allá, con un Donald Trump que arrastra dos mandatos de reproches y amenazas que están obligando a los socios a hacer contorsiones diplomáticas públicas, equilibrando la respuesta entre el pragmatismo y la docilidad.
Y aquí entra Mark Rutte, el Secretario General de la OTAN. Su misión más importante es aplacar la furia de Donald Trump y conseguir que se mantenga dentro de la Alianza.
Sus 14 años al frente de diferentes gobiernos en los Países Bajos, negociando ante coaliciones aparentemente irreconciliables de izquierda y derecha, lo han convertido en un negociador especialmente hábil. Además, por todos estos años, mantiene una relación personal fluida con el estadounidense, una cualidad que hoy vale casi más que cualquier conocimiento estratégico.
Quienes trabajan en la sede de la OTAN explican que buena parte de su labor consiste precisamente en apagar incendios antes de que se propaguen y evitar así que los líderes se manchen las botas con enfrentamientos directos personales. Como diría la Alta Representante de la UE, Kaja Kallas, Rutte «habla Trump».
El año pasado, el presidente estadounidense hizo públicos varios mensajes aduladores que el Secretario General le había enviado, un episodio que algunos aliados consideraron humillantes. Otros, sin embargo, lo interpretaron como parte de una diplomacia pragmática que exige tratar con un líder altamente inflamable que exige darle la razón y reconocerle los méritos: muy bien, lo haces fenomenal, tienes toda la razón.
Un análisis de The New York Times concluía que una de cada seis intervenciones públicas de miembros de la Administración estadounidense incluía elogios a Trump, agradecimientos o críticas a sus adversarios políticos. La lealtad y el reconocimiento se han convertido en una herramienta de gobierno para quiénes aspiran a influir sobre él. El enfrentamiento directo no tiene cabida en su gobierno.
Detrás de esa forma de actuar muchos ven aquella Teoría del Loco que popularizó Richard Nixon durante la guerra de Vietnam. Consiste en proyectar una imagen de dirigente imprevisible, capaz de cualquier cosa, incluso de lanzar un ataque nuclear, para llevar al adversario al límite y obligarle a ceder.
Si esa lógica guía su política exterior, discutir con él mediante argumentos técnicos o acudir al choque, como ha hecho España en los últimos meses, sirve más bien de poco a nivel común. Otra cuestión es el rédito doméstico que se pueda extraer de este enfrentamiento.
La estrategia pasa por convencer a Trump de que Europa está haciendo exactamente lo que se exige para estos tiempos y envolver el mensaje en el idioma que entiende para evitar nuevas tensiones con un líder al que, hasta ahora, ningún europeo o miembro de la OTAN ha sabido entender y ni mucho menos aplacar.
Rutte se ha sumado a los miembros del Gabinete norteamericano. Los elogios a Trump ocuparon un espacio en cada respuesta que concedió en su rueda de prensa tras la cumbre en Ankara: «Este presidente ha sido capaz de resolver esto» [el compromiso militar]; «Trump tenía razón» [sobre la necesidad de reforzar la defensa en el Ártico]; «su liderazgo ha sido extremadamente importante»…
Puede ser sumisión, rozar la humillación como apunta algún aliado, pero se trata de sortear una crisis provocada por uno de los presidentes más inestables de la historia con las herramientas que, hasta el momento, han funcionado. Algunos, como el canciller alemán Friedrich Merz, valoran esta aportación: «Es el mejor Secretario General que podríamos tener para estos tiempos», apostilló tras la cumbre.
La OTAN ha sobrevivido a Suez, a De Gaulle y a la guerra de Irak. Hoy, necesita cerrar o, al menos, calmar, la crisis más prolongada de su historia reciente provocada por una incontinencia acusatoria de un presidente que amenaza con hacer saltar por los aires la unidad y la confianza de la Alianza.
Sólo Mark Rutte tendría la llave para amansar a Trump y conseguir que la potencia más poderosa del grupo mantenga su compromiso de defender a todos sus aliados cuando se requiera. Y sin necesidad de que otros se manchen las botas.