Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

  • Representa el tenue hilo que aún nos enlaza con los nobles valores y esperanzas de un pasado no tan remoto

Si uno entra en YouTube, una de las redes sociales más poderosas, y busca vídeos con la palabra “Gaudí” en el título, dará con miles de ellos en todas las lenguas del mundo, y la inmensa mayoría con un entusiasmo por el arquitecto catalán que roza la veneración del milagro. Google estima que las menciones indexadas con “Gaudí” oscilan entre 50 y 80 millones. Todo un fenómeno que sugiere cosas interesantes sobre este fin de época y el cambio cultural en marcha (a la gran cultura las épocas salvajes le van mucho mejor que las blanditas). Porque Gaudí, que siempre ha tenido su sitio en los manuales de historia del arte y la arquitectura, se está convirtiendo en algo mucho más trascendental. ¿Quizás en símbolo de un renacimiento en curso que religue modernidad con espiritualidad, tras el largo paréntesis de posmodernidad materialista vulgar, neodadaísta o woke? Quizás.

Las tres originalidades del arquitecto

No es ningún secreto que la inesperada popularidad planetaria de Gaudí ha ido de la mano de la consagración de la Sagrada Familia por el Papa León XIV. Pero este hecho es una regla de la sociedad del espectáculo digital de masas. En efecto, solo lo que existe en internet se puede considerar real hoy en día, pero internet exige que sea espectacular. La gran ceremonia de consagración papal de la Sagrada Familia, con los reyes y todas las autoridades imaginables -incluidas las ridículas que presumían de no pisar nunca una iglesia-, brindó sin duda la ocasión y contexto adecuados para convertir la noticia en revelación digitalizada.

Revelación de la indudable categoría creadora de Gaudí, pero también de algo muy raro: la terminación de una enorme catedral católica en pleno siglo XXI, y además financiada en buena parte con los ingresos del turismo. Para el resto del planeta, la Sagrada Familia es, desde hace años, el edificio más representativo de nuestro país, donde hay tantos excepcionales.

La catedral es sin duda la obra maestra de Gaudí no solo porque así lo quiso él al final de su vida, sino por ser la síntesis de las que son, pienso yo, las tres grandes originalidades del autor: el uso de las técnicas constructivas más avanzadas para expandir las formas del gótico, el estilo cristiano por antonomasia; el arte de vanguardia puesto, sin trampa ni cartón, al servicio de una concepción tradicionalista de lo católico; el empeño, a contracorriente y en apariencia más medieval que moderno, por hacer renacer la religión como columna vertebral de la sociedad.

Barcelona; de la quema de iglesias a la catedral mundial

Empecemos por el final. En la segunda mitad del XIX, Barcelona no solo era la ciudad industrial más importante y burguesa de España, sino también el buque insignia del anarquismo revolucionario rabiosamente anticlerical, aficionado a dar fuego a las iglesias. Gaudí era católico tradicional y catalanista, pero se mantuvo al margen de las grandes corrientes políticas del periodo. Su concepción del arte era vanguardista, pero él no lo era de ningún modo al estilo de los ismos de la época, sino alguien con un talento excepcional para poner técnica avanzada al servicio de concepciones que parecían periclitadas y muertas. Era, pues, un renacentista solitario.

La fértil y extraña tensión entre el ser tradicionalista y el arte de vanguardia surge de inmediato comparando la Sagrada Familia con obras de intención comparable hacia la misma época, como el Sacre Coeur de París, en Montmartre, o la catedral de La Almudena en Madrid. No hay color ni aproximación posible. Los de París y Madrid son intentos de regreso al pasado mezclando fragmentos de estilos en un pastiche abigarrado (sobre todo, la pobre catedral de La Almudena), mientras que Gaudí supo cómo preservar para el futuro valores que juzgaba eternos contenidos en nuevas formas (enseñando de paso cómo hacerlo a Le Corbusier, Jorge Oteiza y otros artistas con pasión metafísica, incluso a Franz Gehry).

Se comprende sobre todo en el interior de la iglesia, el espacio donde se despliega en toda su grandeza la visión de Gaudí. La escala y las osadías son plenamente modernas, pero gracias a la ingeniería avanzada llevan a la conclusión lo que los maestros medievales solo podían en parte: convertir la luz en espacio, y viceversa, y la geometría vertical en orgánico crecimiento arborescente. Gaudí es el heredero del abad Suger de Saint Dennis, fundador del gótico, que definió la iglesia ideal como ese espacio donde “el alma se eleva hacia lo verdadero a través de lo material, y, viendo tanta luz, renace del abismo donde estaba sumergida”.

La derrota del posmodernismo relativista

Eso asombra al mundo en la obra de Gaudí: la modernidad impecable empeñada en reconectarnos con antiguas visiones de lo absoluto. Para apreciarlo no hace falta ser católico devoto, ni siquiera religioso en sentido tradicional (aunque entender los símbolos exige, desde luego, conocer el catolicismo); basta con sumergirse y dejarse llevar por la experiencia de la contemplación, que además es facilísima en la Sagrada Familia, inmensa concavidad de luz, color y bosque de impulsos verticales rodeados por una montaña artificial. Pura experiencia de claridad, elevación y propósito.

La claridad, la elevación y el propósito, que da sentido a la vida, son valores altamente demandados tras el largo reinado de nihilismo, oscurantismo y relativismo que ha servido, mejor o peor, como dislocada columna vertebral de la alta cultura tras el romanticismo. En la era de la cultura heroica, esta deconstrucción general de los valores tenía su impulso legítimo y su propia grandeza. Pero cuando se convirtió en cultura oficial y oficialista en las economías avanzadas, en especial tras mayo del 68, la épica degeneró a farsa. El artista heroico, en lucha contra el mundo de las convenciones superficiales, decayó a juglar de lo políticamente correcto más convencional que se pueda imaginar. Lo que va, en fin, de un Malevich soñando su hombre nuevo en el infierno soviético, a la gansada de Maurizio Cattelan pegando un plátano a la pared de la galería para un mercado ávido de novedades, que ha suprimido la esencial distinción precio – valor.

Gaudí, en cierto modo, representa el tenue hilo que aún nos enlaza con los nobles valores y esperanzas de un pasado no tan remoto. El mundo intenta recogerlo en la esperanza de que ahí radique lo nuevo y bueno para un mundo que se derrumba bajo montañas de quincalla y escombros de esperanzas fallidas. Pero me da que la Sagrada Familia tiene más futuro que el actual Museo Reina Sofía y tantas instituciones de catequesis woke por el estilo.