Mikel Buesa-La Razón

  • Primero fueron los nacionalistas, quienes, con el Pacto de Lizarra, se asociaron a ETA, mientras el gobierno de Aznar –en minoría parlamentaria– no pudo ir muy lejos hasta que se revalidó en una segunda legislatura

En esta ocasión, la efeméride del asesinato de Miguel Ángel Blanco ha tenido una especial proyección sobre la sociedad española. La multiplicación de homenajes al concejal de Ermua y la película de Jon Sistiaga han sido las claves del recuerdo de aquellos acontecimientos en los que una buena parte de los españoles nos movilizamos para tratar frenar la ejecución anunciada de aquel joven cuyo nombre ha quedado para la historia. Es esa participación masiva de ciudadanos frente al agónico anuncio emitido por ETA, la que ha dominado el recuerdo. Ciertamente, ello supuso un cambio radical frente al miedo –y, también, la indiferencia– que hasta entonces había infundido el terrorismo. Cambio que, en aquel día aciago, dio lugar a conatos de asalto a las sedes de Herri Batasuna, que, sin embargo, fueron refrenados por quienes, desde las instituciones, temieron un desenlace violento. A esa unidad de la sociedad civil frente al terrorismo, se la conceptuó como el «Espíritu de Ermua». Parecía un viento huracanado, pero quedó reducido, en poco tiempo, a una brisa suave. Los asuntos políticos, en cambio, se desarrollaron con un ímpetu arrollador en contra de lo que, desde las plazas y avenidas de España, en concentraciones y manifestaciones, habíamos pedido, incluso con lágrimas, quienes participamos en tales sucesos. Primero fueron los nacionalistas, quienes, con el Pacto de Lizarra, se asociaron a ETA, mientras el gobierno de Aznar –en minoría parlamentaria– no pudo ir muy lejos hasta que se revalidó en una segunda legislatura. Luego vino el fracaso electoral de la confluencia PP-PSOE en los comicios vascos, de cuyo resultado llegó el giro socialista –retirando a Redondo y encumbrando a López– a la búsqueda de un entendimiento con el MLNV. Este cuajó tras el 11-M con un mediocre presidente –Rodríguez Zapatero– a la búsqueda de un Viernes Santo con el que emular a Tony Blair. Tuvo dos logros relevantes: alargó seis años la campaña terrorista y legitimó la representación política de sus ejecutores. Cuando se retiró, un Rajoy, abrumado por la crisis financiera, se desentendió de aquel lío, dejándole el muerto, tras la moción de censura, a un Sánchez deseoso de retratarse con los herederos de los asesinos. Al final, lo que queda de Ermua es sólo nostalgia.