Amaia Fano-El Correo

No hace falta tener un gran olfato político para saber que las movilizaciones sociales no nacen por generación espontánea. Hay que crear antes un clima propicio, para lo cual se agitan símbolos, se reavivan viejos debates y se invita a la ciudadanía a tomar partido. Así es como se construyen los cambios de ciclo. Y basta unir la línea de puntos para intuir que algo de eso se cuece ya en Euskadi.

Durante décadas, el nacionalismo institucional vasco había silenciado el debate soberanista. Los quehaceres de la gestión institucional y los acuerdos con el gobierno de Pedro Sánchez —que supo atraer al PNV hacia una lógica de influencia en Madrid más que de confrontación con el Estado, prodigándole «el abrazo del oso»— desplazaron los ideales y aspiraciones del malogrado Plan Ibarretxe, relegado al olvido y casi proscrito en el propio partido que lo impulsó, y el reconocimiento de la nación vasca o el derecho a decidir dejaron de ocupar el centro de la conversación pública aparcados ‘sine die’. Pero ese tiempo parece haber llegado a su fin.

La ‘Declaración de Bergara’, con los ediles de PNV y EH Bildu recordando la ley que abolió los fueros y el movimiento de alcaldes de 1976, y el renovado impulso que el aval del TJUE a la ley de amnistía ha insuflado al independentismo catalán los han devuelto al primer plano ante la proximidad de un nuevo ciclo electoral, en el que Pedro Sánchez previsiblemente hará de la España plurinacional uno de los ejes de su campaña para las generales frente a quienes defienden una visión más uniforme del Estado, una última estratagema para intentar seguir en La Moncloa «hasta 2031 y más allá» con el apoyo de sus actuales socios. Lo que vuelve a situar a los nacionalismos periféricos en una posición estratégica.

Bajo ese prisma se entienden mejor algunas de las decisiones adoptadas por los dirigentes del PNV en torno al euskera o a la celebración de la final del Mundial de fútbol que apuntan a una misma lógica: volver a situar la cuestión identitaria en el centro del debate público para enardecer y movilizar al electorado nacionalista. Lo cual sería perfectamente legítimo, si esa estrategia de ‘calentar la calle’ no tuviera las consecuencias que hemos visto.

Reivindicar la oficialidad de la ‘euskal selekzioa’ no es el problema. El nacionalismo siempre lo ha hecho. Lo cuestionable es que desde las instituciones —que deberían representar a todos los ciudadanos y no solo a quienes les votan— se transmita la idea de que celebrar los éxitos deportivos de España constituye una anomalía, alimentando una fractura que termina enfrentando a unos ciudadanos con otros. Los representantes institucionales tienen la obligación de rebajar tensiones, no de generar marcos que las favorezcan. Pero PNV y Bildu han decidido jugar el partido antes de que empiece a rodar el balón.

Lo llamativo es la facilidad con la que ese discurso aparece o desaparece de la agenda política vasca. Durante años, el derecho de autodeterminación quedó sepultado porque «convenía» priorizar la estabilidad institucional. Hoy vuelve a exhibirse y a instrumentalizarse porque el contexto político vuelve a hacerlo electoralmente útil. Pero quienes peinamos canas hace ya tiempo comprobamos que ese soberanismo discontinuo es solo un ‘canto de sirena’ que puede nublar el juicio de algunos de quienes lo escuchan poniendo en riesgo la paz social. Después no vale lamentarse.