Mikel Buesa-La Razón
- Si la violencia se adueña de las calles, todos –nacionalistas incluidos– podrán ser sus víctimas
Para el nacionalismo vasco, el éxito de la selección española ha resultado especialmente irritante. Tanto más cuanto mayor es su radicalismo, de manera que mientras unos se han limitado a desoír la demanda ciudadana sobre la instalación callejera de pantallas frente a las cuales celebrar las victorias, otros se han lanzado a agredir a quienes exhibían su afición, como ha ocurrido en las tres capitales provinciales y en otras poblaciones menores, destacándose, entre ellas, la navarra Berriozar. Este caso ha llamado la atención porque quienes apoyan a los agresores de un grupo de militares, lo justifican diciendo que se trataba de fascistas, como si esa afirmación fuera razón suficiente para ensalzar la acción y eximir de cualquier responsabilidad penal a sus actores. Claro que también están en ello los nacionalistas moderados que escurren el bulto como si los pronunciamientos previos de sus dirigentes –el lehendakari Pradales y el presidente del EBB Esteban– no hubieran contribuido a despertar la belicosidad. Así, la consejera de Gobernanza, María Ubarretxena, ha rechazado «el aprovechamiento político» de aquellos ataques, como si las aludidas declaraciones de los jefes del PNV no hubieran tenido ningún carácter político.
A mí, estos acontecimientos me han hecho evocar la carta que Simone Weil –entonces militante anarquista que había combatido en la Columna Durruti durante la Guerra Civil– le dirigió a Georges Bernanos tras leer «Los grandes cementerios bajo la luna». En ella, le recordaba al escritor francés que no solo los franquistas habían cometido horrendos crímenes en su represión sobre los republicanos, pues también estos –ella incluida– habían participado en semejante aquelarre. En su texto, Weil afirmaba que «cuando las autoridades temporales y espirituales colocan a una categoría de seres humanos al margen de aquellos cuyas vidas tienen un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar». Y añadía que burgués, terrateniente y, especialmente, fascista eran los términos que llevaban a una condena irremisible ejecutada por quienes se veían «rodeados de sonrisas alentadoras… sin correr el riesgo de ser castigados». Fascista, esa es la palabra talismán que ahora también se repite como el mantra que dispensa cualquier culpa. Pero si la violencia se adueña de las calles, todos –nacionalistas incluidos– podrán ser sus víctimas.