Jesús Cacho-Vozpópuli

  • El nuevo primer ministro ha llegado al cargo lleno de generalidades capciosas pero sin un programa concreto de Gobierno

En un golpe palaciego urdido en las sentinas del Partido Laborista, sin mediar elecciones generales y ni siquiera refrendo del Parlamento, los británicos tienen desde este lunes un nuevo primer ministro en la persona de Andy Burnham, ex alcalde de Manchester, en sustitución de un Keir Starmer a quien el laborismo se ha quitado de encima tras el fracaso en las últimas elecciones municipales y la acuciante amenaza de pérdida del poder. Es el séptimo inquilino del 10 de Downing Street en los últimos diez años, exactamente desde el dramático triunfo de un Brexit que volvió al país del revés. Burnham, 56, es un populista de izquierda radical, un pico de oro de rostro amable, obligado desde ahora a enderezar el rumbo de un Reino Unido hoy casi ingobernable, víctima de un crecimiento raquítico (el 0,9% estimado para este año), con la renta per cápita estancada desde hace 20 años, un Estado del Bienestar imposible de financiar, acuciantes problemas de vivienda, con una sanidad que no funciona, un sistema judicial colapsado, un antisemitismo desenfrenado y unas fronteras convertidas en un coladero por la inmigración, que ha perdido, además, esa «especial relación» que mantenía con el gigante americano por decisión de Donald Trump. Una antigua gran potencia venida muy a menos, cuyo parecido con la situación española es más que asombroso. Pero como de la Historia nunca se aprende, los británicos vuelven a insistir en el socialismo, una fórmula tantas veces intentada como fracasada. Andy Burnham podría muy bien ser el último clavo en el ataúd de Gran Bretaña.

Tras la humillante derrota en las municipales del pasado 7 de mayo a manos de Los Verdes y sobre todo de la derecha dura de Nigel Farage, el gran triunfador del lance, el laborismo, que había logrado una abrumadora mayoría parlamentaria en las generales de hace menos de dos años, decidió darse una especie de autogolpe decapitando al serio, pragmático, frío como un témpano Starmer y colocando en su lugar en Downing St. al popular ex alcalde del Gran Mánchester para intentar dar esquinazo a lo que parecía el definitivo hundimiento de la izquierda británica. ¿Y quién es este chico? Pues un radical muy cercano a la extrema izquierda, un populista de libro, que presume de no pertenecer a esa elite británica que jamás ha asomado la nariz fuera de las fronteras de la City a pesar de haber pasado buena parte de su vida en Westminster, y hombre típicamente de partido, un apparatchik que ha hecho toda su carrera en el laborismo y en cuyo activo como gran conquista figura el haber arreglado el viejo problema del transporte público en la segunda ciudad británica. ¿Haber sido un buen alcalde, un tipo simpático y cercano a la gente, de una ciudad habitada por de 2,8 millones de personas (con su conurbano) es suficiente pasaporte para dirigir un país tan complejo como Gran Bretaña, de 70 millones de habitantes, sobre todo si tenemos en cuenta que las competencias de los alcaldes británicos son muy limitadas en comparación con las de sus colegas españoles, por ejemplo? Mucha gente razonable lo pone en duda, pero eso es todo lo que hay hoy en el Partido Laborista. No hay más.

Lo que nadie discute a Burnham es su condición de excelente comunicador, un pelín cursi hasta rozar lo empalagoso, pero un auténtico pico de oro, asunto esencial en la política de nuestro tiempo dominada por el control del «relato», que este pasado lunes, en su breve primer discurso como premier a las puertas del 10 de Downing Street, se dirigió al país improvisando, sin ningún tipo de chuleta, algo que parece haber impresionado mucho al inglés medio. Naturalmente un tipo sumamente ambicioso -el parecido con nuestro Pedro Sánchez es más que llamativo- que fue diputado durante 16 años y ministro en los Gobiernos de Tony Blair y de su sucesor, Gordon Brown, y que llegó a intentar dos veces el asalto al liderazgo del partido, en las primarias de 2010 y 2015, y en ambas fracasó, primero ante Ed Miliband, y después ante el rojo Jeremy Corbyn. Más parecido con Sánchez. «¿Qué partido no querría tener a un comunicador como Andy para salir a la calle y trasladar a la gente el mensaje del gran trabajo que el laborismo está haciendo en favor de los británicos?», se preguntaba días atrás Steve Rotheram, íntimo de Burnham y alcalde de Liverpool. Las semejanzas con Sánchez son asombrosas, también su aparente desprecio del Parlamento. El nuevo premier, en efecto, podría haber convocado sesión extraordinaria para someterse a una cuestión de confianza, asunto que hubiera ganado de calle, pero esas technicalities propias de las viejas democracias parlamentarias no deben haberle parecido necesarias. Desde luego es un tipo inteligente, mucho, y doctorado por Cambridge, un asunto que le aparta de nuestro pedestre presidente, un tipo incapaz de redactar una mediocre tesis doctoral sin recurrir al plagio.

Y bien, ¿qué quiere hacer Andy Burnham con Gran Bretaña? ¿Qué políticas pretende poner en marcha? ¿Cuál es su proyecto de futuro para el país? Pues eso es un gran misterio, pero el nuevo primer ministro ha llegado al cargo lleno de generalidades capciosas pero sin un programa concreto de Gobierno. Asombroso. Más allá de repetir su «éxito» en la gestión en el Gran Mánchester (sus exégetas se han apresurado a patentar un nuevo término para definir lo hasta ahora inexistente o desconocido en él: el «manchesterismo» o lo que eso signifique, que parece aludir a la necesidad de una radical descentralización administrativa en el país quizá más centralista, más que Francia, del mundo, sacar el poder de Westminster y Whitehall y llevarlo a la campiña inglesa), poco se sabe de las verdaderas intenciones del nuevo premier. Frases alambicadas que suenan bien pero parecen vacías de contenido, con ideas imposibles de plasmar en una ley, como que «Los laboristas no hemos estado a la altura y necesitamos mejorar. Lo haremos. Convertiremos este momento en un punto de inflexión para Gran Bretaña, impulsando los mayores cambios habidos en los últimos 40 años: un nuevo modelo político y un nuevo modelo económico». La nada con gaseosa. De modo que a Andy Burnham hay que juzgarlo por los signos externos, más por lo que parece querer decir que por lo que realmente dice. Y lo que sugiere su cháchara no es nada bueno. De momento, ha encontrado a la culpable de todos los males que hoy aquejan al Reino Unido de la Gran Bretaña: Margaret Thatcher. La señora Thatcher, primera ministra que fue entre 1979 y 1990, es decir, hace más o menos cuatro décadas, y en segundo término, aunque muy lejos de la «dama de hierro», Tony Blair, el socialista «de derechas» vendido al thatcherismo. ¡Acabáramos!

«En la década de 1980, Gran Bretaña tomó algunos caminos equivocados», sostiene Andy. «El poder político se centralizó, el poder económico se privatizó y gran parte del país se desindustrializó. Y aún no se han recuperado. Muchos ciudadanos sienten que siguen en declive y que no tienen la capacidad de revertir la situación». Hay en este émulo de Corbyn una cierta añoranza por una supuesta edad de oro pre-Thatcher, cuando el Estado lo controlaba casi todo, desde los ferrocarriles hasta la telefonía, pasando por el agua, la electricidad, los autobuses, los ferrocarriles, incluso las aerolíneas y la agencia de viajes Thomas Cook. Era el resumen de una Gran Bretaña ineficiente y mal gestionada, un país que no funcionaba entregado a un estatismo feroz donde la responsabilidad final de los desastres no era de nadie. La realidad es que aquellos años fueron una desgracia para el país. En 1976, por ejemplo, se aprobaron tres presupuestos, y el deterioro de la situación financiera, lastrada por un gasto público desbocado, llegó a tal punto que el último ministro de Hacienda, John Healey, se vio obligado a solicitar un préstamo del FMI. Al final de los setenta, el tipo impositivo máximo era del 83%, el mínimo del 33%, la inflación rondaba el 20% y se perdieron 29 millones de días laborales por huelgas en 1979, año en que los Torys recuperaron el poder. La verdad es que las drásticas medidas que Thatcher se vio obligada a tomar en la década de 1980 fueron necesarias para reparar el daño causado por el laborismo (con ayuda de  conservadores como Ted Heath, todo hay que decirlo) en la década anterior. ¿Pretende Andy Burnham devolver Gran Bretaña a la década oprobiosa de los setenta?

De momento el nuevo inquilino de Downing Street ha tomado ya algunas decisiones, tal que suprimir el IVA de la factura eléctrica que pagan las familias, sin duda una muy buena noticia para los hogares británicos, rebajar los impuestos a los típicos pubs ingleses (The Telegraph ha llevado a cabo una pintoresca campaña titulada «salvemos nuestros pubs»), y prometer una rebaja sustancial del precio de los billetes del transporte público, medidas con un claro componente populista ligadas a esa perenne tentación pro-subsidio que distingue a todo socialista que se precie. Del programa real de Gobierno de Andy Burnham seguimos sin saber nada, seis días después de su nombramiento. Ha prometido, eso sí, presentar «un plan decenal para el país a finales de este año que abordará la reforma educativa, la reindustrialización, la construcción de viviendas sociales y la ayuda a las familias más desfavorecidas». ¡Un plan decenal, como en los mejores tiempos de la planificación centralizada estilo URSS, y para finales de año! Los síntomas, repito, no son nada buenos. Se vienen nacionalizaciones de servicios públicos esenciales, empezando por Thames Water, que abastece a 15 millones de personas en Londres y está controlada por intereses privados. Ayudas sociales a la dependencia y a los mayores sin recursos, construcción de viviendas a cascoporro «para acabar con la desgracia de la gente sin hogar» (¿el Estado convertido en el gran promotor, además de constructor, inmobiliario británico?) y así sucesivamente, sin olvidar la inevitable lucha contra el cambio climático como prioridad absoluta y, sorpresa, mano dura con la inmigración, que en esta hay que competir con el facha Farage.

Ni una palabra sobre el crecimiento del PIB, sobre cómo apoyar el crecimiento económico o rebajar las cargas sociales a las empresas para que puedan crear empleo. ¿Y cómo financiará todas estas medidas «sociales»? Misterio. La respuesta, sin embargo, está clara: con más deuda pública, con más subidas de impuestos o con una combinación de ambas. La vieja utopía socialista, llamada, como siempre, a terminar en tragedia. Un recetario de promesas que, de llevarse a cabo, pondrían las variables «macro» británicas patas arriba, y ello al servicio de ese éxtasis del populismo que consiste en ofrecer soluciones pretendidamente simples a problemas complejos. Un «Mesías sin mandato» como alguien le ha calificado ya en la prensa británica. Y un tipo bastante más peligroso para Gran Bretaña que su antecesor en el cargo, Starmer, porque, aunque ambos son las caras de una misma moneda, el sombrío legalismo de Starmer no dejaba de representar al establishment de la izquierda británica, mientras que Burnham es la fachada sonriente y amable de ese estatismo enemigo de las libertades individuales, un auténtico apóstol de «lo público» que se presenta sin corbata, que se hace llamar «Andy» y que se sienta al revés en una silla para explicarse mejor. Alguien que deliberadamente cultiva una apariencia, incluso en su vestimenta, elegante y discreta, diseñada para diferenciarse del formalismo de Westminster, pero un izquierdista enragé, un lobo con piel de cordero dispuesto a imprimir al laborismo un claro giro a la izquierda. Se vienen malos tiempos para Gran Bretaña y para Europa: el viejo bipartidismo que a derecha e izquierda anilló la representación política desde el final de la II Guerra Mundial está desapareciendo, arrollado el Partido Conservador por las huestes de Farage, y asediado el Laborismo por unos Verdes que se han adueñado de las tradicionales banderas de la izquierda. Aquella despensa liberal que desde el sur de Europa siempre admiramos, tanto en Washington como en Londres, parece agotada. Los Dioses nos asistan.