Gorka Maneiro-Vozpópuli
- El PSOE es una agrupación simbiótica a mayor gloria del líder supremo, el capo Pedro Sánchez
Esta es la cuestión que últimamente me asalta, visto lo lejos que han llegado los lacayos de Pedro Sánchez en la defensa y exaltación de su líder al que rinden pleitesía, bien sean estos, socialistas, populistas, nacionalistas o independentistas, tertulianos que creíamos con cierto criterio y periodistas que, sin ser modelos de ecuanimidad y rigor, creíamos más o menos informados, o al menos con cierta vergüenza torera, aquello que lleva a una persona a cumplir con su deber de forma digna, incluso en los momentos más difíciles. No porque confíe ciegamente y sin excepción en la bondad humana y crea que la política esté libre de interesados, incompetentes y aduladores, sino porque siempre creí que había ciertos límites en la defensa de lo indefendible y que cierta decencia es lo último que debe perderse. Habiendo sido diputado en el Parlamento Vasco durante ocho años, ciertos comportamientos no pueden sorprenderme, pero a lo que estamos asistiendo desde que Sánchez es presidente del Gobierno de España, y especialmente durante los tres años que llevamos de lo que ya cabe calificar como la peor legislatura de la democracia, es algo que se me antojaba inimaginable.
Así que me pregunto qué les da Pedro Sánchez para que, a pesar de sus barrabasadas políticas y de la corrupción que lo acorrala, no se vea en ellos rastro de vida mínimamente inteligente, o sea, cierta capacidad crítica, que tampoco creo que sea pedir tanto: quizás han injerido una pócima maléfica o el elixir del idiotismo eterno, dado que el malestar no parece congénito sino adquirido, sobrevenido por causas principalmente sectarias y transmitido de manera colectiva. Es cierto que nunca fue gente especialmente brillante ni en sus mejores momentos, pero parecían otra cosa, políticos hechos y derechos y profesionales con ideas propias, al menos algunos de ellos; ahora, sin embargo, parecen los más tontos de la clase, entregados no ya a un ideario, una ideología o un proyecto que pueda ser respetable sino más bien todo lo contrario: o sea, entregados sumisamente a un solo hombre, Pedro Sánchez, que no tiene otro objetivo que salvarse a sí mismo. Y, claro, en personas de más de doce años, me resulta extraño, porque yo quiero seguir creyendo en el ser humano.
No dejar rastro
O quizás la razón sea un enamoramiento de esos que te nublan la vista y el intelecto; o un delirio pasajero que te vuelve dócil y con pocas luces; o un veneno de esos que te paralizan el cuerpo o algún órgano especialmente sensible, bien para hacer uso de tu cuerpo, para sacarte la sangre y parasitarte, o para cercenar tus facultades; o, en el caso más extremo, para devorarte y no dejar rastro de lo que un día fuiste. Los órganos que no se emplean, víctimas del desuso, bien sean físicos o intelectuales, se empequeñecen o desaparecen, así que es mejor emplearlos y darles vidilla, no vaya a ser que se atrofien y te quedes con las ganas. Porque una cosa es que cada cual pueda tener sus ideas y quiera defenderlas contra viento y marea, lo cual es respetable, pero otra es que se carezca de ellas, o que estas muten al albur de las ideas del jefe, no sólo moldeables a conveniencia sino, en muchas ocasiones, contradictorias con el programa político con el que te presentaste a las elecciones y con tu ideología. Uno debe aspirar a algo más que a ser un lacayo y a repetir lo que le dicen que repita.
Porque, además, podrían disimular o taparse, no mostrar su subordinación y dependencia con tanta perseverancia, no entrar en ciertas polémicas hasta la estridencia, no humillarse en las redes sociales, no justificar lo injustificable, o, qué sé yo, por ir a la actualidad política, no defender abiertamente a los corruptos, por muy corruptos propios que supuestamente sean. Visto desde la distancia, no parece que merezca la pena: es caer muy bajo y las consecuencias pueden ser el desprestigio para toda la vida; y aunque en el ínterin uno pueda agarrarse a un puesto vitalicio, uno tiene familia, aunque no tenga vergüenza.
¿Y si el de las joyas fuera Aznar?
Es cierto que alguna voz asoma, pero es demasiada poca cosa y siempre son las mismas. Ya lo dijo Benjamin Franklin, si todo el mundo piensa de la misma manera, nadie piensa. Y es lo que parece que ocurre hoy especialmente en el PSOE y sus servicios auxiliares. Tampoco creo que sea pedir tanto: no queremos que, de un día para otro, abracen la ideología del adversario, voten con ellos o defiendan lo que no han defendido nunca; sólo se les pide cierta autocrítica y pensamiento autónomo, sin que ni siquiera ello tenga que llevarlos obligatoriamente a presentar una moción de censura; se trata de rebelarse ante tanta traición y tanta corrupción política; se trata de que se comporten como se comportarían si todo lo que han hecho Sánchez y sus colaboradores, algunos entre rejas y otros de camino al trullo, lo hubiera perpetrado su adversario. Piénsalo unos segundos: ¿te imaginas a Aznar con joyas escondidas en una caja fuerte por valor de 1,3 millones de euros?
Si es que además no todos son socialistas de carnet y puesto público o con aspiraciones a obtenerlo sino militantes de base, periodistas supuestamente independientes o que deberían serlo, y hasta adversarios: ¿Tanto esperan recibir a cambio? ¿Tantas tragaderas tienen? ¿Tan poca vergüenza tienen? ¿Tanto dependen de Pedro Sánchez?
Lo sé. La respuesta lógica es que no ha habido ningún virus inhabilitante que haya sido insertado en sus cuerpos y que haya mermado su autonomía o su capacidad de análisis sino que todo se debe a que quieren mantener sus cargos, sus prebendas, sus puestos o sus sueldos, o que no tienen otro objetivo que obtener más privilegios para sus correspondientes territorios. O que, en fin, no tienen más capacidad que la que demuestran. O sea, lo de siempre pero a lo grande y sin disimulos, que todo vale para que no gobierne la extrema derecha que ellos voluntariamente fomentan para que el PP tengan que gobernar con ella.
Es probable que no haya que buscar elixires mágicos que expliquen su desvergüenza sino beneficios dinerarios más prosaicos y las prebendas políticas de toda la vida. Quizás al final sólo sea eso: una agrupación simbiótica a mayor gloria del líder supremo, el capo Pedro Sánchez. Qué triste, ¿verdad? Ni una novela de aventuras puede escribirse con semejantes personajes; en el fondo, todo es una farsa protagonizada por farsantes de la peor especie.