Gabriel Sanz-Vozpópuli
- Tres años después ya hay más gente al otro lado del muro que en el de Sánchez y su nuevo Frente Popular contra el fascismo
La mejor metáfora del fracaso de lo que empezó en las urnas un 23 de julio de 2023 es ese Carles Puigdemont en horas bajas, todavía huido en Bruselas tras el referéndum ilegal del uno de octubre de 2017 y hoy arrasado en lo electoral por una Alianza Catalana que más parece un spin off de la película que interpreta el independentismo ante el mundo desde hace quince años.
Por mucho que el Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea (TJUE) haya dictaminado que la polémica Ley de Aministia –esa que Pedro Sánchez dijo que nunca aprobaría y luego aprobó- no contraviene la normativa comunitaria, raro será que el Tribunal Constitucional dictamine antes de octubre los recursos pendientes y que el Tribunal Supremo levante la orden de detención contra Puigdemont antes de 2027. Justo para votar un nuevo Gobierno.
Resultado práctico más probable: el ex presidente de la Generalitat huido no volverá a poner un pie en Barcelona hasta que haya otro gobierno y con Alberto Núñez Feijóo de presidente, según todos los sondeos. ¿Para que habrá servido, entonces, la legislatura? Solo para dos cosas: Para que el inquilino de La Moncloa haya estado en ella otros cuatro años y para subir el Salario Mínimo Interprofesional cuatro años mas.
Ni presupuestos ni Ley de Vivienda
Punto final. Ni Ley de Vivienda que iba a acabar con el principal problema de los españoles,, ni, por descontado, presupuesto alguno apoyado por una mayoría parlamentaria digna de tal nombre han visto la luz. No se puede soplar y sorber, contentar lo mismo a Junts per Catalunya o PNV que a Podemos, por mucho que en 2023 convalidarán tú continuidad solo para no ver un Ejecutivo popular con Santiago Abascal de vicepresidente.
Eso, las coaliciones negativas, se deshilachan en el mismo momento en que cumplen su función de dique dizque democrático. La prueba del nueve es que hace muchos jueves que no hay sesión de aprobación legislativa en el Congreso; solo los martes convalidación del Decretos-ley que, en una democracia no presidencialista, es una forma más que cuestionable de aguantar con tal de no convocar a los españoles a las urnas de nuevo.
Son las paradojas de aquella nueva política frentista que inauguró el presidente del Gobierno en la sesión de su investidura, noviembre de 2023, tras fracasar dos meses antes la investidura de Feijóo por falta de votos. Allí, Sánchez anunció a los españoles algo que ningún presidente antes que él hizo: iba a construir un “muro” para hacer frente, nada menos, que al partido ganador de aquellos comicios, el PP, y a su socio Vox.
Pues todo parece indicar que hoy, tres años después y cuando nos disponemos a enfilar los últimos meses de esta desdichada legislatura –meses basura, nunca mejor dicho, porque no se va a aprobar nada reseñable-, ya hay más gente al otro lado del muro que en el de Sánchez y su nuevo Frente Popular contra el fascismo.
Se acerca el fin de “la pesadilla”
Y hay más gente porque buena parte de las clases medias urbanas ilustradas que votaron PSOE durante décadas, en el mejor de los casos, hoy están en la abstención activa, en el castigo a Pedro Sánchez y sus ministros, y en el peor, se han ido ya al PP. estos últimos no son menos de medio millón, probablemente más a estas alturas de la película.
Lo revelan todas las encuestas, no lo digo yo, que el partido guía del Gobierno, y eso que está haciendo desaparecer todo rastro de Sumar y demás, está en una fidelidad de voto de sólo un 65%, inédito; salvo lo que proviene de ese CIS dirigido por José Félix Tezanos que, en un alarde de independencia al frente del organismo demoscópico, acaba de revelar lo que le dicen sus vecinos: “No os rindáis, no más españoles de rodillas ni encarcelados” (sic); vamos, como si todo lo que no sea continuidad de Sánchez fuera la reedición del clima prebélico de 1936.
Bien es cierto que no todos en el actual PSOE son Tezanos u Óscar Puente, no todos están a favor del muro. Emiliano García-Page y otros muchos que hoy andan con perfil bajo -pero hablan con los periodistas en privado- abominan del guerracivilismo y cuentan los meses, los días y si me apuran, las horas para que pase lo que muchos consideran “una pesadilla” (sic) en la historia del partido.
Saben que el próximo proyecto, o vuelve a las señas de identidad de la socialdemocracia, la transversalidad interclasista de los años 80 y 90 que les dio porcentajes de voto superiores al 40% en muchas elecciones -no solo las que tenían a Felipe González como cabeza de cartel- y se alejan del discurso obrerista y populista del sanchismo, o el sucesor de Sánchez tendrá mucho más complicado recuperar el poder.