Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo
- En Irán creen erróneamente que lo que han sufrido es el poderío máximo de Estados Unidos. De nada sirven los medios si el presidente no se atreve a usarlos
Napoleón solía decir que si los oficiales al mando eran buenos, los soldados serían buenos también. Esta norma no es absoluta, pues depende de que los soldados tengan un entrenamiento básico, cohesión de grupo, voluntad de luchar, suboficiales competentes… Pero en general es un aforismo muy acertado. ¿Qué sucede cuando los oficiales son unos torpes? ¿Y qué puede ocurrir cuando el comandante supremo hace que un incompetentes parezca un premio Nobel? Pues que incluso las legiones de César o la Guardia Imperial de Napoleón parecerían una desorganizada pandilla de novatos incapaces de ganar una sola pelea.
Las fuerzas armadas de Estados Unidos siguen siendo las mismas que eran antes de que Trump llegase al poder. Es cierto que un puñado de generales y almirantes han sido destituidos, o que parecen haberse bloqueado los ascensos de cualquiera que no sea blanco y muy macho, pero el cuerpo de oficiales, la organización, las tácticas, no han cambiado. Lo que ha cambiado, y para muy mal, es el liderazgo supremo.
Bajo todas sus fanfarronadas, Trump es un cobarde, como casi todos los matones. Una y otra vez, toda su táctica se reduce al arsenal del abusón de patio de colegio: amenazas, coacciones y groserías respaldadas por un tamaño superior. La UE, para su eterna vergüenza, se dejó intimidar. Otros en cambio han plantado cara y cada vez que lo han hecho, han triunfado. Incluso la misma Europa que se doblegó en el verano de la humillación de 2025, con los aranceles del 15% para nosotros y del 0% para ellos, se impuso cuando plantó cara en el tema groenlandés. Una excepción aparente es Venezuela, pero eso se debió a la traición de la oligarquía chavista, que se doblegó a Trump y entregó a su propio líder para seguir saqueando el país.
El problema militar para EE UU es que cuando las intimidaciones no funcionan, cuando Trump se tropieza con alguien que está dispuesto a resistir al precio que sea, como la diplomacia se había descartado de antemano, la única opción que queda es usar la fuerza. Y Trump no se atreve a pelear en serio. Es cierto que ha bombardeado muchos países, pero como el matón del último curso que ataca a otro niño mucho más pequeño, sabiendo que su víctima no va a devolver los golpes. Si de repente el agredido empieza a repartir ‘leña’ con todas sus fuerzas, o aparecen sus hermanos al rescate, aunque todos sean unos canijos, el matón prefiere siempre blancos más fáciles.
Pero el dirigente supremo nunca lo es todo, ni siquiera en las dictaduras. Por debajo de él habrá siempre unos ministros y jefes de Estado Mayor, que deben atemperar los impulsos y los devaneos del líder. Por desgracia, el secretario de Guerra, Peter Hegseth, ha demostrado ya que tiene la cabeza llena de pájaros, nublada por toda clase de arcaicos prejuicios. Hegseth sirvió unos meses en la Guardia Nacional y estuvo un breve periodo en primera línea; es por lo tanto un ‘landser’, un soldado con experiencia real en combate, pero ese periodo de muy poco le ha servido. Hegseth busca la fantasía recurrente de un ejército de ‘rambos’, muy viriles, muy anglosajones y muy blancos, como en las películas del siglo XX sobre la Segunda Guerra Mundial. Si acudes a documentales sobre aquel conflicto, lo que encuentras es un ejército de reclutas, muchos de ellos jovencitos flacuchos, mandados por oficiales que eran civiles como ellos unos pocos meses antes. Un ejército que aplastó a los que iban de ‘machos’, los nazis, por su organización, su adaptabilidad táctica y su poder industrial.
En muchos casos, Trump ha buscado pelea con países que para EE UU carecen de importancia, de manera que si los gobiernos de Brasil o Dinamarca plantan cara, no merece la pena el esfuerzo necesario para doblegarlos. El problema con los iraníes es que el control del golfo Pérsico es esencial para Washington, de manera que abandonar la partida no es una opción. Irán es una dictadura tan reaccionaria como la saudí, aunque esta sea amigo de la Casa Blanca y los iraníes no. Brillan por su ausencia los derechos laborales, sindicales, de las mujeres o de las diferentes minorías étnicas que suman casi la mitad de la población. No son una víctima del imperialismo norteamericano; son una potencia imperialista y militarista, cuyos designios hegemónicos contra sus vecinos árabes chocan con otro imperialismo rival, el de EEUU.
La paz no es posible porque los líderes iraníes, igual que Trump y Hegseth, están cegados por la soberbia y la ideología. En Teherán creen erróneamente que lo que han sufrido es el poderío máximo de EE UU, porque Trump no se atreve a más, y esa es la clave de todo el asunto: de nadan sirven los medios si no existe la voluntad de usarlos. Esa es la incompetencia militar de Trump.