Irene González-Vozpópuli

  • Hay que acabar con esa ideología que ha perseguido, arruinado y desmantelado el mundo rural en España

Hay algo que se desgarra en el corazón al ver cómo arde tu tierra, al escuchar a las personas del campo español con la voz rota de frustración y desolación al haberlo perdido todo, por no dejarles salvar nada. Un dolor por España que hace sangrar la identidad del hombre y de una nación, no quedará enterrado en el silencio de la injusticia de este régimen entre el globalismo y las autonomías. Porque no solo los incendios se apagan e invierno, hay que acabar con esa ideología que ha perseguido, arruinado y desmantelado el mundo rural en Europa, y especialmente en España.

No es casual que las primeras políticas, y las más feroces, dictadas desde la Unión Europea contra Europa, hayan sido las dirigidas a desmantelar el sector primario europeo, porque es el sector que no sólo nos da independencia alimentaria, sino que es la expresión máxima de la identidad del hombre con su tierra, con su patria. Un agricultor o un ganadero cuida esa tierra que le da de comer a él, a su familia y a su comunidad. La relación del hombre con la tierra que trabaja produce un vínculo sagrado que le lleva a arriesgar su vida si hace falta por salvar lo suyo de cualquiera que se lo quiera arrebatar o lo ponga en peligro. Ese amor por la tierra que nos lo da todo, la tierra que trabajaron nuestros antepasados, en la que están enterrados nuestros muertos, en la que soñamos que jueguen nuestros hijos y esperamos que prospere cuando descansemos en ella.

Un ser sin identidad

Toda patria tiene una tierra, sin ella los hombres no echan raíces, no se comprometen con su cuidado y trabajo. La identidad, por tanto, lejos de ser algo malo, es lo que da muchos frutos en la Viña al permitir echar raíces profundas en una tierra fértil trabajada por el hombre. Toda la agenda globalista climática, impulsada desde hace décadas desde Europa, va dirigida a acabar con el aspecto más profundo de la identidad, con las fuertes raíces que sostienen el árbol de la comunidad en España, a desgarrar esa unión del hombre con la tierra, con su patria, a generar un desapego, un rencor por una tierra que ya no es rentable, que no da nada, salvo disgustos con la burocracia o los ladrones. A arrasar con el vínculo sagrado de la gratitud a la tierra y a los animales que nos dan de comer, a que despreciemos esa virtud y abracemos el vicio de la desidia y desapego a la tierra que cuidaron nuestros antepasados para nosotros.

La generación del hombre absurdo sin identidad, al que le da igual que le quiten todo lo que no sabe que tiene, como es la patria, empieza separándole de su tierra, sentado en un sillón esperando que le lleguen tomates de Marruecos sin sentir gratitud por el agricultor o ganadero de Ávila. Ese ser absurdo sin identidad por su tierra al que no le importa que haya placas o almacenes de datos de lobbies y grandes corporaciones transnacionales arrasando la tierra por la que lucharon quienes nos precedieron y gracias a la que hoy estamos aquí. Un diseño donde las máquinas son dueñas de nuestra tierra. El globalismo climático no es más que un sistema de extracción de recursos y bienes de la clase media trabajadora a cuenta de unos pocos en la élite burocrática financiera que se están forrando con nuestra desgracia.

Esa vinculación con el suelo, esa virtud de la gratitud que genera el patriotismo requiere que la tierra nos dé de comer, que sea rentable. Hace décadas que se subvenciona al agricultor para que no coseche, al ganadero para que sacrifique sus vacas. España empieza a depender de países terceros y tercermundistas para llevar pan y leche al hogar. Nosotros que fuimos la huerta de Europa importamos ahora tomates de Marruecos y compramos el 35% de la leche fuera.

El éxodo forzoso

Una legislación que persigue, asfixia y arruina al sector primario ha provocado que España pase de tener el 46% de población que vive de lo rural al 16%. Un éxodo forzoso hacia esos infiernos que son las actuales ciudades, multiculturales, con chabolismo vertical, donde el hombre pierde su conexión con lo que le trasciende, con el sentido de su propia vida al convertirse en un ganado en el transporte para producir lo justo que le permita pedir comida a domicilio. Una vida sin sentido la de los desposeídos sin identidad. El perfecto fanático climático.

En España han ardido pueblos enteros, un verano más. Y esto quizá sea el verdadero cambio que no ocurría hace décadas cuando ocurrían otros incendios. Y no es bueno acostumbrarnos a este nivel de devastación, que no es más que un superficial reflejo de la destrucción del país y la absoluta vileza de los desalmados que nos gobiernan y cuantos los defienden en los medios. A estas alturas sólo los fanáticos con más ideología que cerebro o los siervos de lobbies climáticos insisten hasta la saciedad, como cualquier mentira que ha de ser fijada, en culpar de la devastación de los incendios a un cambio climático que achacan a la actividad del hombre, a que exista básicamente, y por la que debe ser castigado con crueldad.

En España no arde lo que tiene que arder. Juro que recuperaremos nuestra tierra, como forma de defender nuestra patria.