Ignacio Camacho-ABC
- El verano acerca el mandato a su desenlace. Y hasta los sanchistas más leales empiezan a barruntar un fin de ciclo inevitable
Por muy acostumbrado que esté a surfear contrariedades como precio del afán de agarrarse al poder y resistir en él a base de equilibrios inestables, no ha sido éste un buen curso para Sánchez. Y no tanto porque las encuestas le sigan augurando una debacle sino porque el mandato ofrece signos objetivos de fuerte desgaste, evidencias de que esta vez le va a costar mucho forzar una carambola que cambie el desenlace. Intentarlo lo va a intentar con todos -y todos significa todos- los trucos que tenga a su alcance, pero existe un sólido estado de opinión en que hasta sus partidarios más leales se empiezan a convencer de un fin de ciclo inevitable. Y en consecuencia están perdiendo la confianza y preparándose para una etapa de serias penalidades.
El presidente ha conseguido instalar en al menos una parte de la opinión pública la idea de que no pasa nada porque el Gobierno no pueda gobernar por falta de mayoría parlamentaria. Lo importante, viene a decir a los suyos, es que continúe siendo posible bloquear la alternancia a ver si el tiempo abre una remota oportunidad de remontada. Está dispuesto a sufrir la agonía de un goteo de imputaciones y condenas, incluso de sus familiares, para tantear la suerte en busca de una ventana de esperanza. Y sabe que al menos unos seis millones de ciudadanos lo respaldarán hasta el final de esta aventura desquiciada que ha desembocado en la derogación práctica de las reglas, usos y convenciones de una democracia. Sólo que con ese voto identitario no basta.
Tal vez la corrupción haya amortizado su margen de coste electoral y la sangría que comenzó con los ‘putisobornos’ de Ábalos se haya cerrado por cansancio ante la sucesión de escándalos. Puede que muchos simpatizantes de la izquierda hayan asimilado el argumento de la persecución judicial y el golpe blando. Sin embargo, aunque el muro de la polarización impida el trasvase a la derecha, no ha cerrado la brecha del desencanto ni la del descrédito de un dirigente que tiene inhabilitado a su hermano, condenado a un ministro, encausada a su esposa y procesado a todo su entorno áulico. Ése es el verdadero balance de este año, que todavía puede cerrarse con el partido imputado.
También se está apretando el margen de la contraofensiva. Moncloa conserva la hegemonía propagandística gracias al dominio de la televisión oficial pero la organización socialista, descabezada y bajo escrutinio de la justicia, no está en condiciones de movilizar su otrora eficaz maquinaria política. Y los socios ofrecen pocas expectativas; Esquerra, Bildu o el PNV respiran más resignación que optimismo, Sumar se ha desplomado tras el bluf de Yolanda Díaz y Puigdemont, amenazado por la crecida de Aliança Catalana, ha desertado del bloque ‘progresista’ donde el sanchismo lo quiso encajar al regalarle la amnistía. El calendario de la legislatura es ya el librillo de liar tabaco de Delibes, a punto de mostrar la hoja roja de la despedida. Aunque Pedro no la arrancará sin desencadenar antes una última sacudida crítica.