- Nadie del fuste moral del filantrópico coleccionista de joyas acepta ser conducido gratis y en soledad al calabozo. Pero, ¿a quién por encima de él podría endosar el catalogador de nubes los años de cárcel que se corresponden con las cifras de lo robado o desfalcado?
Zapatero no es fiable. Para Sánchez. En el hombre que hizo de sus hijas parapeto para blindar los tejemanejes financieros que hoy acaban en imputación judicial, ¿podría nadie, de verdad, fiar confianza alguna?
Hay una vieja y venerable tradición siciliana que dicta que aquel que rompe el eje diamantino del honor familiar debe ser por todas las familias condenado al ostracismo. No es un sujeto seguro. No es siquiera un sujeto. Para nadie. Menos que para nadie, para sus superiores. Apenas cabe un matiz a esa fina perspicacia palermitana: que, en este caso, el plural sobra. Porque el sujeto que hizo de sus hijas pantalla para turbios apaños de dinero no tiene «superiores». Tiene «superior». Uno sólo. El gobernante, en función de cuyas dádivas a no muy claras empresas, era pagado al austero conseguidor su ecuánime porcentaje. UCO y juez llevan ya detectado –joyas aparte– un flujo de dinero oscurísimo que sobrepasa los tres millones de euros. Lo más grave es que todos –digo «todos»– sospechan –o más que eso– que estos tres millones son apenas el chocolate del loro. Y que la partida sería se ha jugado en torno al petróleo del eje Caracas-Pekín, a través de bancos chinos judicialmente impermeables.
Zapatero no es fiable. Tal es la machacona cantilena con la que los fantasmas de la Moncloa han venido amenizando los crepúsculos de julio en palacio. Cómo amenizarán las bellas noches estrelladas que el idílico refugio en La Mareta les tiene programadas. Nadie del fuste moral del filantrópico coleccionista de joyas acepta ser conducido gratis y en soledad al calabozo. Pero, ¿a quién por encima de él podría endosar el catalogador de nubes los años de cárcel que se corresponden con las cifras de lo robado o desfalcado? No hay cuestión de Estado más urgente que esa para el único, para el One que todo lo sobrevuela.
Y, no nos engañemos, el tal One no es animal de arriesgar partícula subatómica alguna en sus beneficios propios por mor de vagas debilidades sentimentales hacia los caídos. Sobre todo si el alivio sentimental hubiere de ejercerse hacia un viejo amor, ahora ya más muerto que vivo.
En las películas de vaqueros de mi infancia, ante un letal asalto comanche en campo abierto, los del séptimo de caballería se parapetaban en círculo, haciendo saco terrero de sus caballos muertos. En Moncloa, andan cerrando su círculo propio de cadáveres a modo de trinchera. Sólo que no con caballos. Un conmilitón moribundo es un colchón más eficiente para flechas envenenadas. No, no es política lo que se anuncia en septiembre. Es una de vaqueros. Serie B. Con mucha sangre, con demasiadas vísceras. No hay ternura que aquí valga. A desalmado, en política, nadie va a ganarle la partida a Sánchez. ¿A no ser Zapatero?
En el cálculo del presidente, el último parapeto, el último saco terrero erizado por las flechas enemigas, es su siempre sonriente mentor en paraísos terrenales. ¿Aceptará el idílico profeta del «amor por el bien, el ansia infinita de paz y la mejora social de los humildes» (2017) este tan bondadoso, apacible y humilde sacrificio que le ofrece el ahora todavía Jefe?
Puede hacerlo. Y pagar, entonces, él solo toda la cuenta penal que a la «organización criminal» se le imputa. Puede. Confieso que no tengo nada claro que se avenga. Puede también tomar nota de su amigo Julito o del colega Aldama. Y cantar solemnemente. Con la misma solemnidad boba de siempre.
Agosto se cierra con el inicio del fin de Zapatero. Penúltimo escalón. ¿Disparará hacia arriba? Nadie lo dude. Como el escorpión que, aupado sobre la rana para sortear el río, clava su aguijón en el lomo de su cabalgadura, el destino de Zapatero –idéntico al de Sánchez– es matar. A todo cuanto se interponga entre él y la impunidad. ¿Cuál de los dos desenfundará más rápido? Todos habremos de verlo. Es para septiembre, el duelo. Pero que nadie olvidó el nombre del árbitro en este «OK Corral». The End. Conde Pumpido.