Mikel Buesa-La Razón
- En la pugna de la sepiolita versus el saltamontes, parece que la decisión del gobierno de Ayuso ha sido acertada
En esto de la ecología tenemos armado un cacao de padre y muy señor mío. Ahora lo vemos con ocasión de los incendios forestales, que se están mostrando como un indicador del fracaso de una política medioambiental inspirada en el ecologismo radical, según el cual han de limitarse drásticamente las intervenciones en el medio natural. Como si no fuera cierto que éste ha sido modelado por el hombre y los seres vivos que lo pueblan se han adaptado a ello en el curso de la evolución. Ahora resulta que, en Madrid, cerca del estadio del Atlético, hay una cantera de sepiolita que, por esos avatares extraños que hace tiempo experimentó la minería, llevaba cerrada casi veinte años. Y hete aquí que aquello se llenó de agua, formándose unas lagunas que, según la Consejería del ramo, presentan problemas de seguridad e incumplen las exigencias para ser un humedal protegido. Pero eso no importa a las asociaciones ecologistas, que, según dicen, han descubierto allí múltiples especies, entre ellas, la del saltamontes «Saga pedo», un depredador carnívoro, catalogado como en peligro de extinción. El caso es que la sepiolita se ha revalorizado, pues ya no sirve sólo para cama de gatos, sino que tiene múltiples usos industriales, algunos de ellos muy avanzados, como la fabricación de ánodos para las baterías de los vehículos eléctricos o de los cables ignífugos empleados en las infraestructuras ferroviarias. Y, claro está, los propietarios de la mina han decidido volver a explotarla bajo un proyecto que implica la restauración de los huecos que deja la extracción del mineral, de manera que dentro de diez años habrá allí un parque periurbano para disfrute de los vecinos y de las especies que se acomoden a su configuración. Como han obtenido los permisos correspondientes, el ecologismo radical ha levantado la voz reclamando la protección del saltamontes y en contra del progreso minero. Aclaremos que el aludido insecto pulula por Miraflores, Galapagar, El Berrueco y, según un reciente descubrimiento, Colmenar de Arroyo, con lo que su reproducción está asegurada. Así que, en la pugna de la sepiolita versus el saltamontes, parece que la decisión del gobierno de Ayuso ha sido acertada.