Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
  • El Gobierno provoca o deja crecer las crisis para explotarlas en su propio beneficio. Hasta que no se entienda no saldremos de esta

La invasión marroquí de Ceuta del 30 de julio ha seguido el modelo de la Marcha Verde con innovación digital, a cargo de Facebook y TikTok. Todas las evidencias apuntan a la autoría del gobierno marroquí: miles de asaltantes acarreados en vehículos tutelados por la policía. De las declaraciones de los vigorosos jóvenes entrados en masa en la ciudad se deduce que les habían prometido una estupenda acogida en Ceuta y visados con billete para el ferry a Algeciras, e incluso partidos de fútbol gratis.

Sólo el cretinismo estructural de la sincronizada española puede insistir en que se trataba de una “crisis humanitaria” causa de una estampida espontánea, o que es la consecuencia de la estrafalaria sentencia del Supremo prohibiendo “devoluciones en caliente” de los entrados a nado. Ha sido una agresión calculada de Marruecos a una España inerme bajo el gobierno de la corrupción, sitiada por la justicia pero aún al mando de todo.

El desarme unilateral de España

Si añadimos la fecha escogida, la fiesta nacional de la monarquía alauita, el cuadro queda completo: es un mensaje de Rabat tanto a la opinión marroquí como a la española: “no pararemos hasta echaros de Ceuta y Melilla, y queremos que sea Sánchez quien nos las entregue”. Marruecos tiene apoyo de Estados Unidos e Israel, sin olvidar el de Francia y los intereses estratégicos europeos: nadie quiere desestabilizar Marruecos en pleno caos mundial, y menos con España de retirada de su propia soberanía. Mientras, Sánchez puede pavonearse de su magnífico aislamiento de conciencia mundial del progreso, y de las inversiones chinas. Porque ni siquiera tiene el islamista tratándose de “tierra musulmana”.

Las facilidades de los asaltantes para entrar en Ceuta sin apenas oposición de una policía desbordada pese a las advertencias al Gobierno de signos inminentes de avalancha desvelan lo peor de esta historia: que el Gobierno lo sabía, o al menos se lo temía, y en vez de oponerse prefirió prometer colaboración favorable a los intereses de Rabat. España se ha desarmado unilateralmente frente a Marruecos, como frente al islamismo en general.

¿Creen que exagero? La misma noche del asalto Pedro Sánchez puso un tuit donde ni acusaba a Marruecos de incumplir sus obligaciones, ni garantizaba la defensa de Ceuta y Melilla. Al contrario, Sánchez escribe: “Es el momento de construir soluciones, con responsabilidad y cooperación”. Quédense con estas tres palabras claves: momento, soluciones, cooperación. ¿Por qué es el momento? ¿Qué solución hay distinta a la soberanía española de Ceuta y Melilla? ¿En qué más hay que cooperar con un país enemigo de la propia soberanía?

Al fondo, Gibraltar

Demostrado hace tiempo que la Constitución es papel mojado y la democracia parlamentaria una cáscara vacía, Sánchez tiene un modelo oportuno de “soluciones” para Ceuta, y es el de Gibraltar. Sin debate parlamentario, como en el abandono del Sáhara, el Gobierno acordó abandonar la reivindicación de la soberanía de la Roca, quitó la valla y aceptó la libre circulación según las normas de Gibraltar y el Reino Unido. Traslademos ahora esa “solución” a Ceuta y Melilla: derribo de las vallas porque no pueden defenderse, permitir la entrada de marroquíes sin control aduanero, y por tanto aceptar que sea Marruecos quien, como ha ocurrido en el asalto, controle unilateralmente la frontera y los movimientos.

Pensemos ahora en Ceuta y Melilla convertidos en “gibraltares españoles”; en esta era de la posverdad, no importa que sean españolas desde hace seis siglos. En ese caso, cooperar con Marruecos significará pactar el abandono de ambas ciudades: reducción al mínimo del ejército, porque no sirve contra civiles desarmados, y finalmente transferencia de la soberanía a Marruecos siguiendo el modelo del Sáhara: por los hechos consumados. ¿A quién iba a molestar algo así en el juego geopolítico?

Estado de sitio

La razón principal de la existencia de los Estados y las fronteras es la defensa de su soberanía sobre territorios, personas y cosas. Si renuncia a ejercerla, el Estado desaparece. El nuestro casi ha desaparecido ya de Cataluña y País Vasco, cuna, laboratorio y escenario de los experimentos de demolición política de España. Pero esta vez la degeneración va más allá: al permitir sin apenas resistencia que una masa imponente de marroquíes tomaran al asalto las calles de Ceuta, con saqueos incluidos, el Gobierno ha experimentado la renuncia a la soberanía en las ciudades norteafricanas. La renuncia llegará cuando de facto sean dos ciudades marroquíes de las que habrán emigrado la mayoría de los “nativos” (como medio millón de pieds noirs franceses acabaron huyendo de Argelia). Entonces el argumento justificativo será que no es posible defender una ciudad contra la voluntad de sus habitantes. Y por la paz, ya se sabe: cualquier renuncia es poca.

Supongamos que, pese a todo, estalla la violencia en Ceuta o Melilla, sea por desesperación de sus vecinos o por provocaciones de terceros (Rusia, por ejemplo, tiene mano muy larga en África). En tal caso, Sánchez dará con la solución de su único problema actual: ¿cómo suspender indefinidamente las elecciones que le echarán a la calle?: con el estado de sitio. Es imposible que no se haya hablado de esta salida en las reuniones de Moncloa.

Según la Constitución, bastan 176 votos del Congreso para declararlo, y la Ley Orgánica correspondiente concede al Gobierno un poder prácticamente ilimitado durante su duración, porque consiste en dar todo el control a una autoridad militar dependiente del Gobierno, suspendiendo las garantías constitucionales (¿nos acordamos de los generales colaboradores de la cúpula de la Guardia Civil?). La investigación de la corrupción, tan duramente peleada por jueces e investigadores, pasará a mejor vida. La Constitución es nefasta controlando al Gobierno, pero muy generosa dándole todo el control sobre nosotros.

Del Estado de corrupción al Estado fallido

Nos asomamos a la fase terminal del Estado carcomido por la corrupción sistémica. Estamos cerca del Estado fallido, como ha descubierto con alarma la Unión Europea (más atacada por Sánchez que Marruecos). La mafia gubernamental acorralada va a dar la batalla hasta las últimas consecuencias. Me pregunto si realmente nos damos cuenta, y si estaremos a la altura. Tengo muchas dudas viendo a la oposición y a los teóricos invocar la Constitución y el reglamento del Congreso como un “detente bala”. A propósito de Ceuta, Miguel Tellado denunciaba que “el Gobierno siempre llega tarde a las crisis”, cuando la verdad es que el Gobierno provoca o deja crecer las crisis para explotarlas en su propio beneficio. Hasta que no se entienda no saldremos de esta.